martes, 7 de septiembre de 2010

HORACIO DORADO GÓMEZ


Joven, y abandonado murió Simón Bolívar

Sólo cuarenta y siete años tenía cuando murió el “Genio de la libertad”. ¡Qué tal que hubiese vivido más! Los dos últimos años de la vida de Bolívar están llenos de amargura y frustración. El más grande hombre de América murió prácticamente solo. Bolívar no tuvo a su lado nada más que un grupo de amigos, contados en los dedos de la mano. En medio de siete personas, después de haber dado libertad a miles y miles de suramericanos. Simón Bolívar fue abandonado a su suerte. Destituido de todos sus cargos por la oligarquía grancolombiana. Había logrado llegar a Cartagena a esperar el buque que lo alejaría de tanta ingratitud. “La ingratitud es hermana de la traición”. Puede decirse, si en vida Bolívar fue el hombre de las dificultades, en su muerte fue el hombre de la ingratitud, así lo presentía en sus escritos:

El 9 de enero de 1824 en carta que le dirigiera al Coronel Vicente Aguirre, escribió: “La ingratitud es el crimen más grande que pueden los hombres atreverse a cometer”. “La ingratitud me tiene aniquilado el espíritu habiendo privado de todos los resortes de acción. (Carta a José F. Madrid, 16 de agosto de 1829. Un desengaño vale más que mil ilusiones. (Carta al Dr. Estanislao Vergara, 25 de septiembre de 1830).

“Los asesinos, los ingratos, los maldicientes y los traidores, han rebosado la medida de mi sufrimiento. No hay día, no hay hora, en que estos abominables no me hagan beber la hez de la calumnia”. Simón Bolívar.

Para su mayor desgracia, recibió la noticia de que Sucre, el más capaz de sus generales y tal vez el único que podía sustituirlo, había sido asesinado en Berruecos, a los 35 años de edad. Algunos textos relatan sobre su noble amigo, el mariscal Sucre, que nunca se supo quién le preparó la emboscada de la muerte. Sin embargo, otros autores, describen que el asesinato de Sucre fue como una “Crónica de una muerte anunciada”, ya que el mismo fue planificado y ejecutado en las Montañas de Berruecos, cerca de Pasto el 4 de junio de 1830 con alevosía, ensañamiento, ventaja y premeditación, allí permaneció su cadáver por más de 24 horas hasta que los pobladores de las localidades cercanas le dieran cristiana sepultura. Si el mariscal se hubiese ido por Buenaventura, allí lo esperaba el general Pedro Murgueitio para darle muerte; si optaba por la vía de Panamá lo acechaba el general Tomás Herrera, y desde Neiva lo vigilaba el general José Hilario López. El Libertador, que rara vez se equivocaba en sus sentencias, exclamó: “...Yo pienso que la mira de este crimen ha sido privar a la patria de un sucesor mío...” Bolívar que estaba enfermo en la costa del Atlántico, al conocer el luctuoso suceso, exclamó: “¡Santo Dios! ¡Se ha derramado la sangre de Abel!... La bala cruel que le hirió el corazón, mató a Colombia y me quitó la vida”.

En las postrimerías de su muerte, se alojó en la Quinta de San Pedro Alejandrino, de propiedad del español Joaquín de Mier. Allí pronunció aquella invocación a la ironía: “Jesucristo, Don Quijote y yo hemos sido los más insignes majaderos de este mundo”.

Un recuento de su obra militar no encuentra parangón en la historia de América. Participó en 427 combates, entre grandes y pequeños; dirigió 37 campañas, donde obtuvo 27 victorias, 8 fracasos y un resultado incierto; recorrió a caballo, a mula o a pie cerca de 90 mil kilómetros, algo así como dos veces y media la vuelta al mundo por el Ecuador; escribió cerca de 10 mil cartas, según cálculo de su mejor estudioso, Vicente Lecuna; de ellas, se conocen 2939 publicadas en los 13 tomos de los Escritos del Libertador; su correspondencia está incluida en los 34 tomos de las Memorias del general Florencio O'Leary; escribió 189 proclamas, 21 mensajes, 14 manifiestos, 18 discursos y una breve biografía, la del general Sucre. Personalmente, o bajo su inspiración, se redactaron cuatro Constituciones, a saber: la Ley Fundamental del 17 de diciembre, creadora de Colombia (Angostura); la Constitución de Cúcuta (1821); el proyecto de Constitución para Bolivia (1825); y el decreto orgánico de la dictadura (1828). No tuvo tiempo para completar su obra magna: la unidad política de Latinoamérica, la liberación de Cuba y Puerto Rico, el apoyo a Argentina contra el imperio brasileño, la Confederación Andina (1825), la ayuda a la propia España para liberarse de los monarquistas (1826), en fin, el establecimiento de una sociedad utópica, donde se logre “la mayor suma de felicidad posible, la mayor suma de seguridad social y la mayor suma de estabilidad política” (1819). En 20 años de intensa vida política, 7538 días de actividad revolucionaria, a partir de su misión diplomática a Londres (1810) y hasta su deceso en Santa Marta, casi no hubo día en que no redactara una carta o emitiera un decreto, o que recorriera 13 kilómetros diarios en promedio.

Bolívar es, en punto a letras, lo más alto de su época en lengua de Castilla, por lo que debemos llamarlo también, Libertador en literatura.


Arturo Uslar Pietri, lo describe acertadamente, así: “Bolívar no fue nunca un escritor en el sentido ordinario de la palabra. Hombre entregado en la soledad al paciente y exaltado esfuerzo de poner en palabras sus pensamientos o sus sentimientos. Escribió, en discursos o cartas, sobre muy variados temas pero nunca como obra literaria, sino como parte inseparable de su acción y de su vasta empresa creadora. Era demasiado impaciente y temperamental para ponerse a la lenta y solitaria tarea de redondear frases sobre papel. Se expresaba normalmente con brío y espontaneidad y su expresión oral no debía ser diferente de lo que escribía o dictaba a los amanuenses... La mayor parte de su vida heroica la pasó en campañas largas, en campamentos o vivacs, de paso por ciudades, donde aprovechaba el escaso tiempo para dictar mensajes, proclamas o cartas. Acaso por esta misma causa, hay tan poca retórica y tono literario en sus escritos. Es su propia habla viviente, enérgica y precisa la que queda en esos escritos.

Esa expresión escrita, tan estrechamente ligada a la vida y a las circunstancias reales, es la que constituye su poderosa originalidad... No fue en un tiempo un escritor y un pensador y en otro distinto un hombre de acción. Pensamiento, acción y palabra están indisolublemente mezclados en él. Lo que expresa, forma parte intrínseca de lo que hace y se propone hacer. Tal vez por eso mismo su frase es tan vital y poderosa y logra tan sorprendente originalidad de expresión.


Su prosa está en abierto contraste con la literatura de su tiempo... (tiene un vigor, una flexibilidad, un ritmo vital, que no se encuentra en ningún prosista castellano de su tiempo). Ni en Feijoo, ni en Jovellanos hay nada parecido a la prosa de Bolívar. La inconfundible autenticidad de su expresión le viene de que su frase brota de una fuerte y motivada necesidad expresiva... su frase pertenece a otra especie excepcional. Faisán entre gallináceas, como ejemplo incomparable del don más alto de decir. Una expresión que nunca fue un ejercicio de literatura sino la traducción en palabras de un pensamiento original y de una acción vigorosa.

En las palabras que nos ha dejado escritas... está el Bolívar vivo que tenemos... Se exalta, se desespera, ordena, impetra, desnuda sus sentimientos, salta de las palabras el fondo incontenible de ira, de esperanza y de ternura. Todo él se nos devuelve del tiempo ido en esas palabras reveladoras. Su lengua fue uno de sus mayores dones y en ella nos sigue hablando de manera conmovedora y potente. Con una virtud de palabra que muy pocos hombres han poseído en la historia”.

Especial para Proclama del Norte

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