N. Sandoval-Vekarich
La gran aventura comenzó aquel día cuando en un viejo armario, olvidado en un cajón, encontré un cuaderno de dibujo que nunca había sido utilizado, pero como tarea a realizar estaba allí la imagen de un soberbio y hermoso caballo blanco. Corrí feliz a mostrarle a mamá el hallazgo, entonces le pedí que tomara un lápiz y escribiera lo que yo iba a decirle. Tendría quizá menos de seis años de edad, aún no iba a la escuela, por lo tanto no sabía leer ni escribir.
Quedó maravillada mamá de mi fantasía, que no estaba tampoco muy lejos de lo que ella había aprendido en su infancia en un colegio de monjas en Ragusa, un colegio que en su vecindad tenía la presencia de un monasterio de albas paredes que hacían contraste con el cielo azul y el verde mar de Dubrovnik. Lo que ella había aprendido de una de las monjas, nacida en Rumania y educada en el Banato serbio (su padre era un sacerdote ortodoxo, muy versado en historia antigua), que el caballo era el animal sagrado de las tribus que de pastorear ovejas, en aquel entonces, aprendieron a defender sus tierras teniendo como aliado a este noble animal que les permitía desplazarse con la velocidad del rayo. Nada de raro ni de extraordinario tenía entonces que los asociara con el sol, con el dios de la luz, así los grandes héroes, los grandes guerreros y conquistadores a través de todos los tiempos, desde Lesandar*, llamado Alejandro Magno, hasta Napoleón y Bolívar, son iconos colocados a lomos de caballos blancos.
Mamá entonces me habló de un antiguo imperio que reinó por toda Europa* y gran parte de Asia, dejando las huellas de su grandeza, de su sabiduría y de su arte en los pueblos que le procedieron cuando empezó a declinar y a perderse en la tradición oral y sus reyes y reinas en seres y dioses mitológicos. Pero el idioma, la lengua primigenia de los sabios y de los aedas de aquel imperio de gigantes se diluyó para enriquecer el vocabulario de las nuevas culturas que emergían de sus ruinas.
Años más tarde en casa de Antun Mitrovich, un yugoslavo de Mostar, un ingeniero radicado en Colombia, en Cali, casado con una periodista, quedé deslumbrado con las imágenes de unas bellas revistas editadas en Italia, imágenes de diferentes pueblos, localidades, rincones, valles y provincias de Yugoslavia. Recordé a mamá cuando me hablaba del inmenso y maravilloso rio Danubio* que fue el camino fluvial por el cual los descendientes del imperio de la luz se diseminaron llevando sus conocimientos a otras lejanas tierras. Finalmente llegué a Serbia. Mitrovich hacia realidad mi sueño de conocer las “fantasías” de mamá. Entonces también mi curiosidad me llevó a Grecia. Quería ver en vivo, en carne viva, las esculturas de Praxisteles, pero fuera de los mármoles, de los mosaicos y frisos, de las incrustaciones en los muros que fueran palacios y residencias reales, no las vi ni en las calles ni en ninguna de las plazas y ágoras griegas, me parecían esas mujeres ante todo las huríes del mundo árabe, de mediana estatura, rollizas, culibajitas y de vulgar presencia, no esas arrogantes y soberbias mujeres que aun deslumbran por su hermosura en las más cercanas llanuras del Danubio, donde en épocas remotas habitaran los discípulos de Apolo e hijos de Iana Sandiana, la Diosa Blanca.
Ya en la Universidad de Belgrado me hacía la pregunta, no eran pueblos ni gente que apareciera de la noche a la mañana con una alta cultura y un idioma de fuertes raíces cósmicas en el siglo VII. Mi profesor, el arqueólogo y humanista, Branko Gavela, me habló entonces de los Pelasgos, el origen de la civilización que retrata tan austeramente el australiano Gordon Childe, asi también por ese lado llegué a tener conocimiento de esa imponente obra capital y definitiva del rumano Nikolae Dansusianu “Dacia Prehistórica” que fielmente relata la revolución neolítica que asentada en las cuencas del Danubio* fue la cuna de la civilización.
Notas.*** Fuente: Ljubomir Kljakic: “Oslobodjanje Istorije I-III” (Liberación de la Historia)
Les: dios de los antiguos pelasgos, y Dar: presente, obsequio, regalo. Por la pronunciación de su idioma los griegos suelen añadir o reemplazar por una vocal algunos nombres o términos, así tenemos al príncipe Lesander, hijo de Filipo Makeda, convertido en Alesandar.
Danubio: Okeanos Potomus, asi llamado en la antigüedad.
Berlín surgió del nombre y sitio en Spandau de la fortificación de un poblado pelasgo llamado Dobrljin. Roma fue construida en los túmulos y ruinas en el Palatino de un asentamiento de los pelasgos. El Partenón sobre las ruinas de un templo pelasgo, etc.
Vincha y Lepenski Vir en la cuenca del Danubio, en Serbia, centro comercial y minero del neolítico.

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