LA RANA, REINA Y MADRE DE LAS AGUAS
http://www.elespectador.com/noticias/nacional/galeria-223095-fauna-del-amazonas
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
“…como una rana
decir el propio nombre junio entero
para una charca admiradora”.
Emily Dickinson
decir el propio nombre junio entero
para una charca admiradora”.
Emily Dickinson
En el Parque Nacional Natural de Amacayacú en el Amazonas, la rana amarilla es Dama de Honor, con ojazos negros bordeados de café. Su mirada es tierna, como de fémina y sus zancas terminan en dedos largos, bien formados. Su cara, como su cuerpo, es amarilla, con pecas rojas y unas cejas rojizas detienen el grandor de sus ojazos. Su boca es amplia y cuando la abre semeja una inocente hambre.
En una porción de territorio semivirgen, donde habitan los espíritus de la selva y la tribu Ticuna, bañada por el Amazonas, el Cotuhé y el Amacayacú, por las quebradas Cabinas, Pamaté, Matamatá y Lorena, la Rana amarilla reina bajo los grandes lotos. En su reino nadan nutrias, manatíes y delfines grises y rosados. Forman su corte garzas blancas, paujiles, titíes minúsculos, jaguares, dantas, y adornan su extenso palacio exóticas flores que crecen silvestres sin jarrones en ciénagas, pantanos y lagunas.
Nuestros aborígenes veneraron a la Rana, como diosa guardiana del agua y simbolizó el origen de todos los vivientes. La cultura agustiniana levantó en la cima de la montaña sagrada un monumento a la Rana a la que celebraban ceremonias a lo largo del camino de agua llamado “Fuente Lavapatas”.
La Rana siempre se ha encontrado junto a ríos, lagos, humedales y su cuerpito baboso y su lengua larga han cautivado a niños y científicos. Su canto monocromático y gutural llena selvas, guaduales y cuencas verdes de cordilleras en las tardes y las noches. Se apresura en las mañanas, antes que los gallos entonen su llamado, a saltar sobre una piedra, estira su cuello y sin afinar sus cuerdas, le canta al alba y da gracias al rocío por la frescura que inunda su recinto.
Las moscas, zancudos, abejorros se acercan sin temor hasta su alcance y le ofrecen en el plato de su lengua sus cuerpos por comida. Nunca alguien vio a una rana flaca o desnutrida. Cualquiera pensaría que por tener una boca ancha necesitaría presas grandes. No. La Naturaleza la dotó de unas fauces enormes para tocar como una tuba, con voz grave y ronca, la canción que espera el otoño, el invierno y para alegrar la fiesta en primavera.
Los niños del campo disfrutan poniéndola sobre la palma de su mano a que dé un salto y se despeñe por el aire. La llevan en los bolsillos como juguete y son felices guardándola celosos en el jardín o junto a la alberca o el pozo de agua. La llevan a la escuela y nunca se les ocurre hacerle daño o torturarla alejándola de su fuente vital. Ellos adivinan que detrás de sus ojazos mojados y su bocota hay un canto que los acompaña durante el sueño y los despierta en la mañana.
Hoy la he visto posar para el fotógrafo de “El Espectador” sobre un tapete negro y me ha recordado que las ranas verdes, las grises, las de pepitas negras y cafés, las amarillas y las de piedra en San Agustín y en Amacayacú son el símbolo del agua y de la fertilidad, de la vida del campo y de las selvas. Por eso, saqué mis ranas que coleccioné en mi cuartito de niño y quise escribir de ellas y hacerles un tímido homenaje.
07-09-10 - 20:19 p.m.


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