Horacio Dorado G.
Vuelvo a mis cuentos viejos. Evocando la chanda que se adapta a los nuevos tiempos. Ni los perros o mascotas bien mantenidos, se libran de la sarna. En mis tiempos, cuando los portones permanecían de par en par, espantaban al grito de ¡Zape de aquí, carajo! Ahora la usan para nombrar personas, animales o cosas: ¡Chite perro chandoso!, ¡Chávez, es una chanda! ¡Anda en una chanda de R-4!...
Escabiosis, le decía la ´jai´, la gente de medio pelo la denomina alergia, pero es el mismo carranchil o siete luchas en el lenguaje de los pobres. Chanda o carranchil, son granos en la piel. Los produce el ácaro Sarcoptes scabiei, que ataca a 300 millones de personas al año, causa común de dermatosis alrededor del mundo. Transferencia de parásitos que se hace por contacto cutáneo directo, y hay paso de esos ácaros por la ropa interior o de la cama.
De allí viene el nombre de la galleta típica en forma redonda, crocante, de aroma deliciosa y sabor exquisito. Producto tradicional que ha servido de energía a varias generaciones: las famosas “Chandosas”. Aún existen, yo no sé donde las preparan, pero sí se donde las venden bien ricas, por el rumor que corre de boca en boca entre amistades y la familia.
En “Popaianum”, las galletas “chandosas” que hacía el viejo Pascual antes, eran mejores que las de ahora. Eran dulces, pero el queso ralladito encima, le daban un rico saborcillo salado. Contaba Pascual, que un día, después de haber amasado las galletas dulces, al sacar una manotada de queso rallado, cayeron varias migas de queso encima de una bandeja llena de galletas crudas. Para no perderlas, resolvió hornearlas así con el queso desparramado. Al quedar roñosas las bautizó: “chandosas”. ¡De los errores nacen los inventos!
Las “chandosas”, las vendía en la pastelería “El Horno San Jaime”, don Sinforoso, las que “resbalábamos” con fría y rica avena, después de la salida de cine del Teatro Municipal o del Valencia. También las comíamos en “La Trampa”, un pequeño local al lado del Teatro Popayán, “bajadas” con la avena que vendía “El Paisa”. Este era un hombre robusto, barba sin rasurar y de piel rojiza y casposa que ahora sabemos era soriasis. No nos causaba asco, que este señor metiera su mano sin lavar después de recibir billetes y monedas para servirnos un jarro de avena. Podía más el mensaje de la barriga que la soriasis de “El paisa”. A la salida de cine, engullíamos con inmenso placer esas ricas galletas, sin importar las altas dosis de calorías, ni que en su elaboración emplearan azúcares refinados, ni tampoco la casposa cara del paisa. ¡Qué carachas¡ qué aumento de índice glicémico, ni qué contagio de chanda. Embuchábamos todo tipo de pastelillos de carne y tamales con ají, ofrecidos a grito herido por “bombillo” Castro; delicias que ahora sólo babeamos ante tanta prohibición.
Civilidad: ¡Ah, qué tiempos aquellos, tradiciones, gentes y gustos!

Lo que halucina es que seguimos todavía en un limbo gastronómico sin precedentes; no sabemos comer, y sin GASTROSOFIA lo único que producimos son Panzas que nos anclan en ínsulas en los antípodas de la Buenaventura: ni siquiera con el café fuimos capaces de parir un gran momento de civilización...
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