lunes, 13 de septiembre de 2010

¡Me levantaré e iré a mi padre! (Lc 15, 18)

Por: Sebastián Alberto Barrera S.

Durante la modernidad el hombre creyó encontrar un foco de luz, cuya fuerza parecía infinita y en la cual puso toda su esperanza, basada en un desmedido deseo de progreso, que como derrotero indiscutible la razón era garante. “Nunca en tinieblas”, era el presupuesto indiscutible. Al moderno le aterraba la oscuridad, aquello que no se pudiera articular o desbaratar a la luz de una disertación.

El sol de la razón empezó a marcar el camino a la libertad, igualdad y también a una fraternidad que quería ser asegurada por los gobiernos que eran corolarios de emancipaciones cuyo estandarte era la razón y el deseo ingente de coronarla como dueña y señora del mundo, como lo reflejó la Revolución Francesa.

Las ideologías y aventuras modernas, alimentadas por la “voluntad de poder” como lo denomina F. Nieztzsche, tanto las ideologías burguesas como las revolucionarias, terminaron en formas totalitarias y violentas, quedando así inscrito con sangre en la dialéctica histórica, el detrimento humano que han causado los extremos en el pensamiento y en la praxis.

Pero, preguntemos por un momento: ¿dónde quedó Dios en todo este ofuscamiento del hombre por la razón? ¿Podremos decir que el ser humano llegó a la cima de su libertad? ¿A razonar de tal manera de comprender su mundo como un todo, compuesto por semejantes y donde la igualdad, el orden y la responsabilidad son valores que brotan espontáneamente de la voluntad ilustrada del hombre?, en fin: ¿la modernidad hizo más hombre al hombre? Juzguen ustedes mismos: en la primera guerra mundial, murieron 10 millones de personas, hubo 19 millones de heridos y 34 millones de mutilados.

Mendigando salidas a este vacío interno, se ha intentado buscar agentes que al menos con su castigo haga sentir que se vive, por ello algunos se han postrado ante el pecado disfrazado de placeres “hermosos” a los ojos. Como hijos rebeldes y orgullosos que han partido de casa, el hombre se niega en volver a su Padre, donde sabe encontrará el amor y la libertad que lo hará de nuevo un hijo amado, irrumpiendo el perdido color divino que dará sentido a la existencia insípida en la que se ha caído.

La búsqueda de una razón para existir en la actualidad, no es otra cosa que la nostalgia del Padre, de su abrazo y su perdón, como el hijo pródigo de Lucas, porque se ha fracasado al confundir la verdadera libertad y se ha tocado fondo, compartiendo el alimentos con cerdos, porque después de la belleza, el dinero, el poder y el placer, sólo quedamos nosotros frente a nuestra triste imagen desvanecida y desfigurada por el falso amor. Sólo en la prisión de los brazos del Padre, seremos verdaderamente libres.

1 comentarios:

  1. Una de las características de la humanidad es la ingratitud que lleva al inconformismo; cuando somos desagradecidos, no esperamos en Dios y tomamos decisiones apresuradas que nos pueden llevar hasta a la ruina.
    LUCAS nos enseña que este hijo ingrato Ideo un plan: “Yo quiero salir de la ruina y lo primero que voy a hacer es ir a mi padre y pedirle perdón”. El conocía quien era su padre y sabía que era misericordioso. Dejó de ser exigente.

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