miércoles, 8 de septiembre de 2010


QUEMAR LIBROS ES UNA LOCURA

 
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
 
Los trogloditas en la edad de piedra no usaron papel para escribir sus memorias y dejar el rastro de su inteligencia. Utilizaron el punzón sus sucesores y lo hicieron sobre piedras y en la superficie de las rocas en cavernas para que la humanidad se asombrara de su ingenio y supieran qué los preocupaban en esa era tan primitiva y dura. Ellos jamás pensaron que a alguien se le ocurriera destrozar las piedras ni minar las cuevas de Altamira para borrar las inscripciones y el sello de su época.

La insólita iniciativa del grupo religioso, fundamentalista y fanático, que ha decidido manifestar su celo y su amor por los Estados Unidos quemando ejemplares del Corán es una barbarie. Sería inimaginable si no se hubiera ya anunciado por prensa y TV.

El emperador Diocleciano, otro fanático religioso, en el siglo tercero hizo quemar la enciclopedia de la alquimia en la biblioteca de Alejandría. En la China y en la misma Alejandría san Atanasio ordenó quemar los libros “heréticos” o que estuvieran en contra de la nueva iglesia. La sagrada Inquisición en los siglos XV y XVI, por mandato de Savonarola ordenó a los fieles entregar los libros prohibidos para hacer con ellos una “hoguera de vanidades”. Hitler ordenó la quema de libros escritos por judíos y Pinochet en pleno siglo 20 ordenó a sus tropas quemar libros políticos y de denuncia de su régimen.

Pretender quemar las ideas de Alá o de Mahoma o de anticristos o de políticos, - reproducir la quema de las torres gemelas -, es un esperpento intelectual y causa horror sólo imaginar la escena. No se puede pensar que alguien cuerdo y toda una secta se reúnan para decidir cometer otro exabrupto para saldar el horrendo desastre del 11 de septiembre. No es con cruzadas santas ni con venganza que se curan las heridas. Causa estupor que una religión recomiende a sus fieles ejercer esta arma repudiable. Porque no es un remedio ni una acción noble. En su lugar, podría haber una jornada de oración en sus mezquitas o emprender una cadena de ayuno o exigir una muestra de arrepentimiento a los culpables, algo también poco probable.

Creíamos que los tiempos de persecución de brujas y condenación del pensamiento era cosa de tiranos, de desquiciados, de épocas oscuras. No es compatible la civilidad y la práctica del respeto que se exhala en la nación de Washington y Lincoln con este acto subversivo contra unos libros que contienen sabiduría. Nos negamos a creer que el pueblo norteamericano esté de acuerdo con la rabia de estos rabinos y sus fieles. Por el contrario, haremos fuerza espiritual para que cambien la propuesta por otra racional y digna que, en lugar de avivar los odios, llamen a la reconciliación y al perdón.

Los actos del 11 de septiembre son luctuosos y para quienes sufrieron pérdidas la llegada de este aniversario causa lágrimas y revive un humano rencor. Pero, que una organización religiosa llamada a buscar la paz, el abrazo de hermanos, emprenda una acción incendiaria no puede bendecirse ni ser justificada.

09-10-10 - 10:08 a.m.

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