miércoles, 20 de octubre de 2010

Don Justo y la justicia del desequilibrio

Jorge Muñoz Fernández

Don Justo, personaje que ha sobrevivido a todas las desdichas y hecatombes de la justicia colombiana, que sabe de sus ruinas históricas, fugaces existencias y calamidades permanentes, me invita con su honrada y proba compañera, a dialogar sobre un tema que, en teoría, él domina con objetividad y optamos por escoger el restaurante payanés “El Quijote”, en honor al justiciero medieval.

Don Justo de entrada nos expresa que está en desacuerdo con la iniciativa de convocar a una Asamblea Nacional Constituyente para reformar la justicia, iniciativa que se cocina a la sombra del uribismo para desmontar los principios rectores de la Constitución del 91 y que tendría el apoyo de los capos que se tomaron por asalto varias de las estructuras del bloque de poder y que la justicia colombiana, con monumental esfuerzo, viene desmontado.

Amigo de las metáforas ha comparado la justicia con una danzarina, tanto que me hizo recordar el discurso del profesor de Filosofía del Derecho Roberto de Aguiar de la Universidad de Brasilia, en cuyas reflexiones señala que la justicia es una bailarina inestable, que muda de pareja en desarrollo de las contradicciones de la historia y que ha bailado con los poderosos, con los menesterosos, con los reyes, con los plebeyos, con los señores, con los nobles, con los burgueses, con los proletarios y los excluidos.

Don Justo nos refresca la memoria y nos comenta que en Colombia no hemos salido de la peste del olvido, porque en el gran baile social del siglo XXI nuestros pueblos aún no la han identificado plenamente, tanto que hacen cola para bailar bambuco y pasillo en los salones exclusivos y nos están en condiciones subjetivas de entender que existen nuevos ritmos para que la fiesta del poder salga de las mansiones de los “prósperos” y extienda sus deleites sobre las zonas periféricas y rincones de nación donde los excluidos no conocen la música del bienestar social.

“Para que haya justicia, amigo Mateo Malahora, es necesario salir de la ceguera, como en la metáfora de Saramago. Nos es fácil, porque el poder tiene portentosas habilidades y recursos para que a la pista del establecimiento político salgan a bailar, cogidos de las manos, las clases altas, medias y los sectores marginados, cuidando que nadie pretenda cambiar a los directores de la orquesta, interpretar ritmos populares alternos o sustituir a los dueños del vals de la fortuna”.

“Sin embargo, hay hechos alentadores, si el sistema judicial colombiano hubiese asumido una posición de centro y neutra, no habría dado el salto cualitativo que ha realizado en su la lucha titánica contra la impunidad, como también lo ha hecho la Corte Constitucional, garante de los derechos constitucionales, que se la ha jugado por los derechos sociales de los colombianos. Allí tenemos un ejemplo de la justicia del desequilibrio, contraria a la justicia neutra, mesurada y equidistante.

Siempre creí que Don Justo era curador del “statu quo”, protector de la iniquidad social vigente, guardián de las desigualdades sociales y director de la danza del Conde de Lampeduza. Estaba equivocado. Don Justo cree en la justicia del desequilibrio, no confunde a las mayorías con las minorías dominantes, entiende que la neutralidad política es una parodia, considera que la política se hace o se padece, que la soberanía del hombre, en el ámbito de los derechos humanos, es opacada por la soberanía de la propiedad privada monopólica y sin limitación alguna.

Razón tiene Don Justo, no hay partidos de centro, ni personas neutras, porque la justicia, en sana interpretación, no está en el medio, no es ambigua, ni mucho menos puede fungir como acróbata o volatinera; de serlo, de ocurrir, se llegaría a la conclusión de que los justos son los opresores y los injustos los oprimidos, como en las sociedades alienadas, donde las víctimas en los social, económico y político, alegremente bailan con los victimarios a la manera de una servidumbre voluntaria.

Gracias Don Justo. Ser justo es tomar partido por la vida y la justicia del desequilibrio, es derrumbar creencias insensatas y desandar historias mal contadas. Es una búsqueda lúcida y virtuosa del amor y la verdad, para que la locura de la impunidad social y política no siga confinando en los túneles de la pobreza a treinta millones de colombianos, y, peor, se aliste a imponerles las cadenas del hambre y la desnudez a los pobres que no han nacido todavía.

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