domingo, 3 de octubre de 2010


EL DIEZMADO CONCEPTO DE DEMOCRACIA


Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

Los griegos, inventores de conceptos, unieron en dos palabras –demos y Kratos - al pueblo, a la gente común y corriente y al poder que detenta el estado. Y desde entonces en un río de textos encontramos interpretaciones, teorías y elucubraciones fantasiosas. Se trataba en un principio de trasladar de la realidad a la mente y al uso entre los ciudadanos el sagrado matrimonio que debía existir entre Pueblo y Estado.

Cansado Rousseau en 1762 de ver la verborrea y confusión en que había caído la palabra inicial, dijo con claridad qué debía contener en el fondo esta unión de dos conceptos. “Democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Las ideas y los libros de Rousseau en su época fueron impopulares e incluso, fue desterrado a Suiza en donde fue apedreada la casa donde vivía. Concibió al gobernante como representante de la voluntad general y ejecutor de ella para elevar su calidad de vida.

Desde que el hombre comprendió que el garrote y la piedra – la fuerza bruta – no eran instrumentos aptos para guiar al hombre en comunidad, las ciudades y sus gobernantes formaron consejos de ancianos, asambleas, tribunales y ejércitos para sostener la sociedad. De esta manera nació el poder y se concentraba en el faraón, el emperador, el tirano, el sátrapa, el senado, la magistratura y los sacerdotes. El pueblo estaba lejos, entre calles empedradas, en suburbios y en los campos. Pagaba la décima parte de su producción – los diezmos -, y su vida estaba a disposición del “alto” gobierno. Valía más un novillo. Su suerte estaba ligada a la liberalidad o los hígados revueltos de sus príncipes y regentes.

Cientos de naciones surgieron de guerras y tratados y constituciones y leyes han ido dando forma a banderas, escudos y formas de “gobierno”. Unas se llaman monarquías, otras federales y otras presidenciales. El poder es un juego que sus gobernantes arman como un rompecabezas y le dan la apariencia que ellos quieren. Construyen sus palacios, sus templos, su parlamento, sus leyes, su “aparato”, idean diezmos, contribuciones, impuestos de una y otra clase para su provecho y engatusan al “amado pueblo” con sus proclamas.

Siglos han pasado y si volviera Rousseau y oyera lo que se recita en las facultades de Derecho sobre su revolucionario Contrato Social se escandalizaría. En nada ha cambiado la situación que él criticó en sus obras hace 250 años. De nada sirvió la elaboración conceptual que griegos y humanistas nos ofrecieron en la palabra democracia.

El pueblo no es soberano, el pueblo ha sido un eterno cargaladrillo y soporte útil para los intereses de caciques, reyezuelos, caudillos, tiranos, de a caballo o en helicópteros y camionetas con mil escoltas. El pueblo es masa informe, es maleable como la plastilina en manos de niños ciegos, es voluble como la veleta que voltea la cola a donde el viento sople. El pueblo es gleba, es lumpen proletariado como dijeron Lenin y Marx, es raso trabajador que sólo merece un salario mínimo o un subsidio. El pueblo es un mendigo que alguna vez en medio de un trago le prometieron ser soberano y príncipe. ¿Acaso un pobre alguna vez ha llevado una corona o ha entrado a palacio para que lo llamen soberano? ¿Acaso el campesino ha terminado bachillerato o universidad y tiene voz y es oído en el Congreso o en los paros?

03-10-10 - 10:25 a.m.

1 comentarios:

  1. "Nuestras individualidades son débiles y miedosas; un espíritu de individualismo recalcitrante se replegó en nuestro fuero interno y manifiesta de vez en cuando sus antojos: se rebela de manera triste y con disimulo. La libertad de expresión ha dado oxígeno a esos recalcitrantes; éstos pueden ahora expresar por escrito, sin correr riesgos, su voto separatista. Pero en la vida nada ha cambiado. El Renacimiento, es cierto, se había orientado de manera muy diferente tornando al individualismo de los antiguos. Pero aún la edad media fue más fuerte y libre. La época "moderna" actúa a través de masas homogéneas; que éstas sean "cultivadas" o no, poco importa" Voluntad de poder II, F. Nietzsche.

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