lunes, 4 de octubre de 2010

EL RIFLE - Cuento

De “Las dos noches de un día muy largo”
N. Sandoval-Vekarich
Ediciones Radar, Bogotá, 1978

Bajo los cascos del caballo siente caminar la tierra entera, estirarse a lo largo y ancho de la llanura como un lago de alta hierba y contenerse, más adelante, en los farallones del altiplano. La geografía colombiana es un caleidoscopio roto en los umbrales pedregosos de los ranchos de paja. Se sentía colombiano, feliz de palpar toda la agreste belleza del paisaje bajo las botas, de afrontar los ríos caudalosos, de mirar casi de cara al sol el vuelo de las garzas rojas que semejaban crepúsculos voladores en el calor del medio día.

El, su sombra y su caballo van a través de la llanura, sin prisa, sin ganas de acabar el valle. El dolor de la muerte le cruza el rostro, es una ampolla purulenta en el corazón. Su cabeza es un punto impreciso para el hombre que en lo alto de la roca le mira con los ojos empañados por el resplandor del sol. Las alas anchas del sombrero le protegen del reflejo luminoso del acero del rifle. ¡Qué pequeño, qué insignificante ve en la mira de su 30.30 al hombre que a varios metros monta un ruano de patas blancas.

Cuando el ruano de patas blancas entra en el pueblo, la chiquillería corre gozosa a recibir a José del Carmen Mamula, haciendo encabritar al caballo que se resiste al puño férreo que sostiene las riendas. El ex sargento Mamula tiene una expresión amarga y tosca. Jamás le vieron sonreír los chiquillos del pueblo, pero nunca por ello quedaron sin su bolsa de dulces, ni Chola, la hijita de la lavandera, sin la muñeca de cabellos rubios y ojos azules que dice “mamá” cuando la reclina sobre el regazo. José del Carmen tiene preferencia por Pedro. Cuando estalló todo aquello, tan de repente, se hizo dueño del rifle que el hombre arrojó con ira desde la montura del caballo.

El rifle era un Springfield calibre 30.30, una hermosa pieza de armería de largo cañón de acero azulado y de culata recortada en forma de media luna. Fácil de llevar, su brazo era, con él, un solo elemento de fuerza, un resorte encajado con exactitud a sus reflejos de hombre de pelea. Se lo regaló el mismísimo Capitán Faustino Candelas, días antes de que la metralla le dejara unos cuentos perdigones mortales en el vientre.

A donde voy –le dijo-, no lo necesito.

Fue una mañana azul y luminosa, a mediados de septiembre. Naranjas amarillas y encarnadas pendían de los árboles plantados en el patio del cuartel. La tranquilidad de algunos meses atrás cedió a las maniobras de guerra. Las tácticas militares que le parecieran tan hipotéticas e innecesarias, llegaron a convertirse en un impulso de autodefensa. En las montañas andaban los campesinos en armas. Se habían cansado de trabajar tierras pobres, ajenas además. Se habían cansado de sembrar café, tan mal pagado por la agencia cafetera en este pueblo.

A la primera protesta por los malos pagos, por el hambre, por la hartura del plátano asado, los cafetales ardieron a la furia del Capitán Faustino Candelas. Asunción Puilches se alzó con toda la indiada y echó pa’l monte. Quedaron unas pocas mujeres a la siembra de raíces, de yucas y esperanzas. Cuando el Capitán Faustino Candelas apareció con su tropilla arrojando kerosene a los cafetos, la india Francisca le maldijo, le arrojó sal y con un tizón encendido trazó una cruz sobre las huellas dejadas por las botas del soldado.

-¡Maldito seas! ¡Morirás con las tripas afuera!

Y rezó tres veces, arrojando sal a la cruz que partía en cuatro la huella dejada por las botas del Capitán Faustino Candelas.

A José del Carmen Mamula le contaron la historia los soldados. Fue en esos días que corrió el rumor de que el Capitán Faustino Candelas andaba en negocios con el Patas de Cabra. Las viejas decían haberle visto una noche, en la plaza del pueblo, en charla intima con un hombre de color oscuro y ojos relumbrantes como brasas.

Tiene una suerte bárbara el Capitán Candelas –le confesaba el cabo Ulpidio- ¡no lo tocan ni las balas!

Si, tenía una suerte bárbara. Ni una baja en los combates con la guerrilla en el monte y las mujeres le caían de a montón. Pero cuando José del Carmen Mamula recibió el rifle, supo que el Capitán ya no volvería de las operaciones en la Sierra. Era un rifle hermoso que parecía respirar, palpitar en las manos, dispararse solo. Estaba hecho únicamente para eso, ¡para matar!, y ese día cuando Julián Goteras le salió al paso en el pueblo, insultándole, diciéndole que él era la causa de la malquerencia de su mujer, con el brazo levantó el índice de acero y disparó.

Juraste esperarme-, le dijo, tomándola con violencia de las negras trenzas.

Les faltaron bocas para morder los besos perdidos. Se sintió multiplicado en dos, en cinco hombres a la vez que la crucificaba en tierra. Esa noche la revolcó en la oscuridad del rancho. Julián Goteras andaba en el pueblo, corriéndola con los compadres.

Después de la muerte del Capitán Candelas pidió su baja, quiso regresar al pueblo, rehacer su vida, casarse con Susana Rosales. Pero la hembra se aburrió de esperarlo, se desesperó de contener sus ansias de hembra abandonada. Esa noche, cuando el hombre, su macho, el que nunca había dejado de ser su macho, la tomó por la fuerza, se sintió segura de él, suya para toda la vida, a pesar de que el cura había bendecido su unión con el Julián Goteras.

-¡Eres poco hombre!-, le grita Susana Rosales cuando este regresa borracho del pueblo, y añade con malicia que José del Carmen Mamula si es un verdadero macho. Ofendido en lo más hondo de su orgullo, Julián sintió crecer su sangre, rebasarse por los músculos hasta detener por las riendas al ruano del ex sargento José del Carmen Mamula, un sábado por la tarde después de vaciar con los compadres varias botellas de aguardiente en el granero de Pepe García. Zafándose de los brazos que le detienen sale a la calle y se planta delante de la bestia, agarrándola firmemente del freno.

-¡Hijo de perra!– grita, y no puede más. Un resplandor anaranjado le enceguece, siente la patada de un mulo en el pecho y, como en una lejanía, la voz de Pedro llamándole…

Le vio caer de frente, contra el polvo, sin alcanzar a comprender todo cuanto estaba sucediendo. José del Carmen le había entregado un saco de dulces al zarco Herminio cuando vio que su padre agarró con violencia las riendas del ruano. -¡papá! ¡papá!, gritó desesperado, y todo fue inútil. Quiso disparar, herir al hombre por quien sentía un cariño enorme como el amor por el otro que ahora estaba inmóvil, doblado en el polvo midiendo la muerte, pero el percutor dio en el vacío. A través del llanto vio tan solo el galopar tranquilo del caballo saliendo del pueblo.

Desde entonces cuatro veces maduraron los guayabos en el rancho y se dijo que la alegría de su madre, ya marchita por la tristeza y el llanto, era una deuda a cobrar. Quizá por eso ahora encajaba perfectamente en sus manos cuadradas. Sentía crecer el rifle, palpitar entre sus dedos el largo índice de acero señalando el punto impreciso que galopa delante de él. El sol, exactamente sobre la mira del rifle, le encandila, siente el Springfield palpitar queriendo dispararse solo. Los dedos, seguros antes, son ahora fibras inmóviles de hielo. Cuando el punto impreciso está por entrar al altozano, la mano de su madre se posa con dulzura en sus espaldas.

- Ese hombre es tu padre – le dice, sentándose a su lado con los ojos llenos de lágrimas. Pedro entonces comprende porque sus dedos no fueron capaces de cerrarse sobre el disparador y, en un momento de ira, desde la cima del barranco, apretó el gatillo.

A lo lejos, el eco devolvió el relincho espantado del caballo.

N. Sandoval-Vekarich

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