N. Sandoval-Vekarich
El Gran Wulam Bdu había tenido sus premoniciones aquella noche cuando en lo más profundo de la selva rindió culto a la memoria del Gilam Wulam, su glorioso antepasado que supo conducir de victoria en victoria a sus huestes. Los gigantescos árboles se cerraban en lo alto formando una bóveda siniestra y era difícil precisar el brillo fosforescente de los mil ojos de la noche. El silencio era como el rumor del agua, como el golpe seco de un cocodrilo al desplazarse de su perezosa inercia hacia el profundo charco que no era otra cosa que el reflejo oscuro de la noche. Era la noche propicia de los Gilam Gilam para abandonar el oculto lecho de la tierra. Al pronunciar las palabras mágicas del conjuro, el agua aprisionada en la media luna de la calabaza le anunció las imágenes del pasado y las advertencias del futuro. Vio así el Gran Wulam Bdu las enormes piraguas infladas por el viento rompiendo las mareas, sintió el tronar de los bastones y el estridente golpear de las cadenas.
En su agitado sueño apuraba imágenes que le inyectaba su memoria a trescientos años de distancia. Vio las oscuras sombras imprecisas correr despavoridas frente al tronar de los mosquetes, el temblor de las rodillas ya hincadas ante tan poderosos señores anémicos y la realidad de los grillos atando los pies contra el vientre de madera de la nave. Eran centenares que estrangulaba la asfixia y que por orden del capitán eran arrojados a las aguas. Sobrevivían los más jóvenes, los niños, hasta desembarcar al otro lado del inmenso lago, frente a un paisaje similar que no estremecía el rugido de los leones pero que envenenaba la selva y las flechas disparadas por otros hombres de cobre, que nunca antes conoció el Gran Wulam Bdu.
Y el capitán sobre la proa era espectador del combate entre las bestias marinas que con la velocidad de la centella, se arrojaban con furia unas contra las otras formando sobre la superficie del agua coronas de espumas de un matiz purpúreo. Pero de todo el riesgo de la expedición el saldo le era favorable y no faltaría mano de obra para las minas del virreinato.
Como un fogonazo de magnesio retuvo la imagen. El hechicero tenía los mismos rasgos de su abuelo, aquel que gustaba de golpear al declinar las tardes su poderoso tambor para acompañar ese nostálgico canto de reminiscencias jamás experimentadas. Era el abuelo un negro inmenso de anchas espaldas y nervudos brazos que había tallado en el tronco de un árbol una máscara antropozoomorfa con las fauces de un tigre y los ojos rasgados y enormes donde relumbraba sobre la blanca córnea un punto luminoso y negro. Ese tronco, hueco, fue cubierto con la piel templada y seca de un macaco. Su abuelo tenía la rara habilidad de extraer de ese instrumento primitivo y salvaje terribles voces que le recordaban los llamados de la jungla. En un momento de lucidez esas voces encontraban el eco de una flauta lejana que respondía al tam-tam.
Al principio, al escucharlo, los papagayos eran al unísono un estrépito de voces. La selva se multiplica entonces en las plumas rojas y verdes, azules y amarillas de las escandalosas aves. Eran golpes secos, monorrítmicos que alcanzaban intensidad al vibrar intermitentes uno tras de otro como si cantaran una extraña canción cuyo sentido fue intuyendo cuando su padre le habló de los socavones de las minas y de los exóticos hombres negros en cuyos plexos el sol se reproducía como en aquellos vidrios refulgentes regalados por los hombres blancos.
Y el negro golpeaba desaforado con movimientos rítmicos y acompasados. El tambor respondía al lamento agudo y penetrante del saxofón como si extrajera peces de plata de las botellas de vino, peces de oro que eran como chispas brillantes desde el fondo de las copas de whisky. Ella lo miraba desde la esquina del bar y sintió de pronto una laxitud que le halaba las piernas y ponía choques eléctricos en las puntas tibias y excitadas de sus senos. Lo estaba deseando con la misma intensidad con que respondía en lo más profundo de la selva, cuando la flauta se abría paso por entre la escandalosa asamblea de los papagayos y sobre el vientre le deslizaba la lasciva caricia de una lengua que la poseía insistente y lentamente. Su abrazo fue poderoso y un halo salobre la desgajó de un golpe seguro y firme que le penetró en la carne con un armazón de sangre.
Su curiosidad de hembra la llevó un día a las proximidades de la mina, la atrajo la sólida fortaleza de carne oscura en la misma medida como le pareció repugnante la lasciva debilidad del hombre blanco, diluido en su lechosa sensación de molusco.
Se imaginaba el zarpazo, el asalto de la fiera. No podía, no debía ser como esa caricia casi femenina con que la poesía el embajador de Irán sobre los felpudos almohadones de piel de camello. Se lo había disputado con la hija, hasta que logró que ella se fuera a Nueva York. La Colombiana de Aviación ganaba así una aventura para delectación de los pasajeros mestizos que iban a rendir culto a la fuerza y la violencia. Ahora, desde el fondo de su vaso de whisky, le parecía ver también al holandés, un lebrel rubio y elegante que la atraía con su olor a lavanda y la boquilla de marfil, larga y fina, donde quemaba sus cigarrillos egipcios. Pero era la misma sensación de molusco con un trasfondo musical de Tchaikovsky y el voluptuoso abrazo que moría al haber iniciado los estertores del principio. Sentía ya el ataque, el ariete brutal desgajando las puertas con ese golpe pausado y monorrítmico del tam-tam. Frente a la oscura boca de la mina sólo la blanca córnea de sus ojos rompía las tinieblas, hasta que se separó de ellas, entonces fue hacia él empujada por una fuerza que la arrastraba a la borrasca.
Y el tam-tam bárbaro abuelo, barbaroabuelo, tártaro abuelo, tartaroabuelo, tatarabuelo.
Era el abuelo de su abuelo. La ancha palma de la mano dilatada por el ejercicio constante sobre el parche del primitivo instrumento, la distensión del músculo probado ya en el infinito alzar y caer el pico sobre la dura piedra de los socavones, la veta de oro escurriéndose fugitiva como el relincho de una estrella espantada por las luces multicolores del Shack´s Bar Night en la Rue de Saint Germain o el Shack Shop en la Five Avenue, la piel del tigre como un trofeo por encima del abrigo tirado negligentemente sobre un tambor, el alarido de placer, el olor de la canela. Del chocolate suizo, el almacén del abuelo en la miserable calle de un pueblo, la feria con sus sombreros de paja, los ponchos rojos y café oscuro, las crenchas de los indios, las motas de los negros, los mestizos, el ron, el aguardiente, los machetes y el grito de las guacamayas exprimiendo el sol sobre los vasos, como oro fino, como whisky, y la veta de oro escabulléndose queda por entre los nervios de acero, el brazo atenazando la cintura cimbreante como un nudo de cobre y de carbón.
La perra, se dijo el capitán, al recordar la noche aquella en que la india y el esclavo de la mina formaban un nudo lúbrico de nervios en tensión. Entonces, como ahora, su disciplina jesuítica se impuso como un tapón férreo que cerraba toda vía de escape a su ira. El negro aquella vez en su alocada carrera por las trochas de la selva le había presentado la más violenta resistencia, hasta que lo vio dominado y todo su vigor concentrado en ese grotesco tambor que talló en el muñón de lo que fuera una gigantesca acacia. Más tarde supo entonces que el negro poseía extraños poderes que le sirvieron para apartar de los ojos del cacique una tela gris que le privaba de la visión de las cosas y su hija fue, tal vez, el pago por esa rara medicina, pero la hembra aborigen jamás huyó de la barraca donde hacinados los esclavos por la noche cabecean en semicírculo escuchando el golpe del tam-tam que parece seguir la cimbreante danza de la flauta.
Su posición superior a la del hombre negro le impidió disputarle la presa en un hato donde la elección era libre, del interior del continente trajo para su solaz una garrida moza que con el correr de los meses fue un hijo de hermosa estructura de bronce, a diferencia de la zamba nacida de la extraña unión de la india y el negro. La zamba había heredado esa exótica atracción por los tambores y las flautas, pero tuvo, a pesar de todo, un nombre y una gracia como el agua clara. El fue un homenaje al tenebroso jesuita fundador de la orden. Entre los dos una tarántula rubia tejía sus finas redes de cazador nocturno, distendiéndose por entre los pies mientras acompañaba el ritmo loco y desesperado de la danza, el vaivén de las cabezas a los golpes cadenciosos de las manos.
Entre los silenciosos espectadores el niño de bronce la miraba. Sentía el tacto de sus manos posadas bruscamente sobre sus ancas. Ya no era el mismo juego de antes. Ahora, al danzar, se le ofrecía. Él la aceptó entonces. Las puertas cedieron estruendosamente y arrojando el ariete penetró ciego por el botín y la abstinencia. El tiempo estaba cancelándole las deudas y su grito de placer era como el de aquel saxofón que rítmicamente al subir en una nota tensa, estremecía esas curiosas reminiscencias que el whisky de vez en vez despertaba en su ya embotado cerebro. Juraba el muchacho de bronce que su abuelo, al otro lado del mar, era dueño de riquezas inmensas encontradas en un mundo fabuloso, pero murió sin encontrar esa famosa fuente de la juventud. Más tarde fueron dueños de una tienda de ultramarinos, especializada en chocolates, vinos de Oporto y muñecas rubias. Del interior de Tunja, le llegaban los nietos, caballeros sobre las mulas portadoras de panela, del mar los grandes toneles de vino, de ron y bacalao. Mirando al saxofonista desde la esquina del bar, pensó de pronto en ese legendario Capitán de la Florida. Lo asoció con su padre, hombre sombrío con un ojo velado por profunda nube que la dio por amante a su amigo como pago de una deuda que creyó olvidada. Era volver a aquella desesperada y loca fuga por entre la selva. Sofocada por la respiración, por la estampida, cayó sobre el camino. Unos brazos poderosos la levantaron y esa sensación salobre la asaltó de nuevo. La zarpa del macho le arrancó las sedas. Un abrazo oscuro la precipitó dentro de esa voluptuosa danza del tam-tam y el saxofón, como entonces, cuando en lo más profundo de la selva el Gran Wulam Bdu la ofrendó a los Gilam Gilam.
N. Sandoval-Vekarich

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