LAS FLORES DEL JARDÍN O EL PARQUE
Foto APen: http://www.semana.com/Home.aspx
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
En el Parque del Arándano en Washington el fotógrafo de la AP captó una flor morada mirándose al espejo en unas lágrimas de lluvia que colgaban de una rama deshojada por el otoño. Podría parecer vanidosa la enorme flor del fondo, pero al periodista le pareció toda una noticia el espectáculo que ofrecía la escena. Se detuvo, puso el ojo en la mirilla, hizo clic sobre el hecho y nos lo trasmitió a los lectores para que gozáramos de esta pequeña maravilla.
El registro de esta flor en una revista nos puede resultar una grata sorpresa en medio de multitud de noticias intrascendentes de política, de farándula y de delitos. El ojo se detiene y disfruta entonces porque el ser humano necesita descanso espiritual mientras camina, lee o está metido en el trabajo, mientras va por un parque, va de viaje o se desayuna.
Ver flores es un regalo que la Naturaleza ofrece en campos y ciudades, en jardines frente a las casas, en materas en las salas o en jarrones sobre la mesa. ¿Qué fuera del planeta si día a día no brotaran orquídeas, dalias, margaritas, azucenas, gerberas, rosas o si guayacanes y cerezos no alegraran en primavera y dejaran caer sus flores como alfombra?
Las flores son mujeres vestidas de colores que suavizan el ambiente. No necesitan estar de aniversario o de festivales de folclor. Se levantan de mañana muy frescas ataviadas con falda, blusa y pañolón. Algunas llevan zarcillos, adorno en los cabellos y mueven la cintura al menor toque del invisible huésped de valles y montañas. De sus axilas exhalan aromas que inundan los recintos, los caminos y llenan los pulmones de vitalidad y ritmo.
Feliz quien es consciente de la necesidad de las flores en su vida y el que es capaz de sentir su compañía. Afortunados los jardineros, las amas de casa que plantan girasoles, geranios, novios, lirios y los riegan con su afecto. Los verán nacer como hijos, gozarán con su perfume y sus colores y los verán morir, como muere el río cuando su rumor se pierde en la lejanía de la noche.
Las flores, como las mujeres, son insistentes y se prenden de un pedacito de humedad para nacer y dar sus olores y sus besos. Afortunados de nosotros los hombres que somos un poquito de tierra y agua para dar posada a las flores y no el cesto donde se marchitan hasta los olvidos.
29-09-10 - 12:11 p.m.


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada