Rodrigo Valencia Q
Especial para Proclama del Norte
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| Ilustración: cuadro de Rodrigo Valencia Q |
La estancia, en forma pentagonal, albergaba la inmensidad; el espacio giraba; era amplio, limitaba con la noche eterna, mientras un ojo místico descansaba sobre un trípode custodiado por un gato acurrucado. Se podría decir que ese ojo vigilaba hasta el más mínimo detalle, y alguna íntima relación extradimensional había con la luna, que asomaba su cara en forma de pentágono luminiscente. El giro del ojo, sus movimientos, hacían mover también ese lugar flotante, liviano; él iniciaba un giro y el lugar le obedecía al instante; miraba hacia otro sitio, y el movimiento de todo le seguía como a una orden…
¿Qué correspondencias secretas había entre los entes allí presentes mientras dos mujeres desnudas continuaban una danza lenta, ritualística y sin fin, en medio de esas líneas y esferas que bajaban volando del cielo? El lugar, misterioso sin duda alguna, estaba prácticamente vacío, exceptuando por la alfombra de ricos arabescos, el gato, el trípode y su ojo, las mujeres y un unicornio medieval a lo lejos. (Algo debe acontecer en cualquier sitio, siempre y cuando haya un germen de voluntad primigenia; y allí parecían suceder las pulsaciones de un deseo desconocido, de un secreto fenómeno al parecer inexplicable.)
A lo lejos, otra dama contemplaba la luna; extasiada, hierática, era testigo vigía del explayamiento sin fin de ese evento; a veces profería una sílaba larga, entonada y sibilina, y entonces las líneas y esferas voladoras se inflamaban con una luz fosforescente. El lugar ensimismaba los sentidos de quien pudiera contemplarlo; acrecentaba un poder críptico, una especie de respiración con hálitos serenos; todo el sitio parecía respirar, y el piso de ajedrez ejercía un atractivo hipnótico.
En esas, la dama que contemplaba la luna gritó: “¡Ya! ¡El tiempo es el espacio, el espacio es el tiempo; han culminado las discrepancias entre ambos; el sueño no vencerá más a la vigilia!”, y después entonó nuevamente el mantram del momento. La noche giró sobre sí misma, el ojo místico ascendió al cenit, las líneas y esferas volvieron al cielo, poco a poco el gato desapareció, el unicornio caminó lentamente hacia el centro, las dos mujeres danzantes montaron en él, caminaron al centro del infinito; el piso de ajedrez se dobló sobre sí mismo, y la sacerdotisa que contemplaba la luna se confundió con la noche eterna. Poco a poco, sólo quedó el color naranja de un espejismo que desaparece, mientras un olor alcanforado disolvió ese mundo. De nuevo se oyó la voz de la mujer: “Volvemos a nuestro Ancestro Eterno… al agujero místico… La Palabra es el aljibe del tiempo… El norte es el sur, el sur es el norte, el nadir el cenit, el cenit el nadir...” Y los cuatro puntos cardinales eran la nada… La noche, la necropsia del mundo.

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