FABIO ARÉVALO ROSERO MD
Cuando se trata de gobernar y tomar decisiones apropiadas, el carácter y la autoridad son imprescindibles. Tener carácter significa actuar con autonomía, libre de presiones, con criterio y por principios. Los políticos tradicionales, como la mayoría que nos gobiernan, son pusilánimes y timoratos, manipulando con sus errores y tonterías al pueblo. La autoridad legítima está dada por los argumentos, la formación, la capacidad, la experiencia científica (probada) y la estructura del individuo. Los improvisados y aristócratas ejercen autoridad por la fuerza, la amenaza o por ostentar una posición de poder utilizando al ciudadano que no se da cuenta que está siendo engañado.
Esto no permite el desarrollo y progreso de las regiones, lo cual se refleja en el avance de la miseria y la pobreza, las mínimas oportunidades de educación y la falta de acceso a una digna atención en salud. La gente se vuelve conformista, sometida, expectante a las migajas que le puedan dar y con una baja autoestima. Se incuban resentimientos esgrimiendo armas como la agresividad, la indiferencia y el chisme. El gobernante que busca satisfacer intereses propios y de sus partidarios, pasa de agache indolente sin nada qué mostrar en verdadero desarrollo humano y en calidad de vida.
Los áulicos no son más que entes hambrientos, insensibles, que azuzan al “emperador” apoyando estas causas con justificaciones a proyectos que pueden ser vistosos, pero que no resuelven problemas sociales. Gobernantes o políticos que con su séquito no hacen más que oprimir y someter a la sociedad para que esté a su servicio, pero mostrando de manera rimbombante obras, acciones manipuladoras y un falso desarrollo. La gente siente, reniega de su situación, pero no toma decisiones políticas adecuadas por la alienación a la que es sometida.
Pero no es tarde para reiniciar y contribuir con el aporte propio como ciudadanos para cambiar los esquemas de gobierno nefastos, con una gran revolución ciudadana que debe iniciar en nosotros. Para ello es menester recordar a quien ha sido considerado como el símbolo del buen ciudadano, un dechado de honestidad y sabiduría: Benjamín Franklin. Como legado nos dejó hace casi 300 años una lista de virtudes con las cuales cultivó su carácter y mostró autoridad como líder y ciudadano. Fueron el secreto de su éxito, veamos:
Templanza: No comer hasta el hartazgo ni beber hasta la exaltación.
Silencio: No hablar más de lo que fuera útil para los demás y para uno mismo. Evitar las conversaciones insustanciales y frívolas.
Orden: Dar un lugar a cada cosa y un lapso razonable a cada ocupación.
Resolución: Resolver lo que se debe hacer, y hacer sin falta lo que se resuelve.
Frugalidad: No hacer gastos que no beneficien a otros y a uno mismo; no desperdiciar nada.
Laboriosidad: No perder tiempo. Ocuparse siempre en algo útil. Suprimir las actividades innecesarias.
Sinceridad: No valerse de engaños perjudiciales. Pensar con buena fe y justicia. Hablar con la misma intención.
Justicia: No dañar a nadie ni injuriarlo. No negar los beneficios de que uno sea deudor.
Moderación: Evitar los extremos. No resentirse por injurias más de lo que éstas merezcan.
Limpieza: No tolerar la suciedad en el cuerpo, ni en la ropa, ni en la casa.
Tranquilidad: No preocuparse por tonterías o accidentes comunes e inevitables.
Castidad: Usar los placeres del sexo solamente para regular la salud o crear una familia; nunca por lujuria en perjuicio de su paz y reputación.
Humildad: Imitar en lo posible a Jesús y a Sócrates.
Intentar cumplirlas es nuestro aporte, pero es también nuestra responsabilidad elegir a líderes y gobernantes, que sigan milimétricamente estos preceptos. Solo así tendremos derecho a la libertad, la igualdad y la felicidad.
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En lugar de Franklin y su filosofía prêt-à-porter, ahí está la obra de Montaigne, que harta falta que te hace la distanciación lúdico-reflexiva: le monde est une branloire perenne!!!
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