jueves, 7 de octubre de 2010


VER, GUSTAR, AMAR Y COMENTAR


Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

Conocer ciudades, países, con sus costumbres, hablas, risas, comidas, ríos, catedrales y mercados es un placer inigualable. El avión, el autobús, el tren rápido y los propios dos pies son vehículos que hacen fácil esta tarea. El viajero sólo tiene que poner los pasajes, los ahorros, la salud y todas las ganas para pasarla bien. Ah, se supone que quien alista sus valijas tiene su partner, su pareja, su amor que lo acompañará siempre a bordo. Porque parte del paseo es compartir con emoción el paisaje que aparece en frente, la puesta de sol, la estrella rutilante, el río rebosante, la arboleda inacabable y comentar sobre su belleza, su tamaño o su simpleza. No se vive ni sabe lo mismo si no se comparte la saliva y la palabra.

A viajar nos enseñó la lectura de las aventuras de Ulises, Simbad, Marco Polo, Colón, Magallanes, Lindbergh, y Julio Verne. Y hasta Agatha Christie en el Expreso de Oriente nos incitó a viajar en tren por el silencio, la medida y el misterio que rodea el taconeo de las ruedas por sobre los rieles, el paso rápido del exterior por las ventanas y las escenas que provocan en secreto los personajes que nos acompañan.

Todo viaje tiene no sólo los ingredientes de las comidas sino las de imágenes que impactan la mirada de monumentos, cuadros, personajes desmedidos en la calle, y los sucesos no previstos por lo que jamás pensamos atravesar. Lo que después será un sartal de anécdotas de los viajes en la realidad serán incidentes tortuosos, con ribetes de peligro algunas veces.

Viajar no es comprar un tour y sentarse desde las 8 a.m. en el sillón de un bus a ver televisión, meterse en un avión a comerse las uñas por las turbulencias, o caminar detrás del guía en los museos y llegar cansados al hotel. Eso sería perder el dinero inútilmente y desperdiciar el disfrute de conocer nuevos horizontes o usos que desde casa o por Tv o internet apenas se pueden adivinar.

Habrá que ir dispuestos a ver y ver, a probar, a comparar, a admirar, a dejarse sorprender de la novedad, y a no extrañarse de que en otros lugares la gente hable y piense diferente, construya y viva de otra manera a lo que estamos acostumbrados. Encontraremos, por fortuna, hasta primates y brontosaurios de la edad de las cavernas. Rastros envejecidos de nuestro origen galáctico y muestras de la mente y la imaginación de mujeres y hombres que amaron y sufrieron y se perpetuaron en las obras que se exhiben en calles, parques y museos.

Y lo comentaremos con nuestra amada, arrellanada junto a nuestro hombro, con pelos y señales. Gozaremos sacándole punta al gorro del payaso, ponderando la belleza de una cúpula de aguja o el cuadro que más nos gustó de nuestros pintores favoritos, de la magistral interpretación de la sinfónica o de la sabrosura de la empanada a la hora menos pensada. El comentario es el remate de la fiesta, el botón que amarra a los recuerdos las cosas apreciadas. Procuraremos exprimir hasta donde el hálito permita la pulpa de cada vivencia para saborear luego sobre la almohada el placer de un viaje acompañado.

30-09-10  -  12:17 p.m.

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