CASTILLOS Y CALLES EMPEDRADAS
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Los castillos fueron o monumentos a Faraones o fortalezas de reyes y señores construidos con los impuestos del pueblo para proclamar el poder y extender la memoria de los gobernantes ante sus pares, sus enemigos y la historia. Hoy se encuentran en cimas de montañas, o algunos en lugares aislados de las ciudades y allí vegetan alimañas y sólo los ojos de curiosos fijan su atención para decir: “así perece la gloria en este mundo”.
En Sintra, lugar sin igual, en las fueras de Lisboa, se halla el Palacio Pena, donde pasaba los veranos el rey don Fernando II y su familia. Llegamos allí en tren a su estación final con pinturas y grabados en su pórtico y oficinas y una tienda donde ofrecen artesanías. El Castillo está enclavado sobre una montaña poblada de álamos, pinos alargados, castaños y otras especies de árboles en reserva natural. Para llegar hasta él hay que subir y acercarse por entre recodos y empedrados que todavía se observan en muy buen estado. Hay otros cuatro castillos y mansiones espectaculares que enmarcan de romanticismo este paraje de paz y peregrinaje laico.
El rey escogió este lugar, sin duda, no sólo por su belleza natural y por el paisaje, sino por su situación estratégica para vigilar sus estadías. Para entrar allí todavía hoy se pagan impuestos en una taquilla. Y allí verá el turista vajillas, armas, escudos, ajuar de camas, utensilios de aseo, y hasta una bacinilla de plata, para depositar en ella el vulgar líquido amarillo. Sorprende un poco ver el dinero que gastaban del erario en proveerse de tanto elemento suntuario que reposa para meditación en los caprichos a que llegan los poderosos de turno.
Con todo el dinero sólo podían acostarse en una cama pequeña ella y él en su torneada cama grande. Cabían ahí y les sobraba tamaño. Sólo podían tomar un desayuno y un almuerzo, como cualquier mortal. Había monedas acuñadas con su efigie, campanillas para llamar a los criados, gobelinos en las paredes y decoraciones en el techo. Ellos saben que a sus gentes les gusta verlos en el curubito y comentar en sus reuniones sus extravagancias y excesos, como en la actualidad ocurre también con los de la gente de la farándula y el cine.
No había en su época coches y su transporte se hacía en literas y caballos. Pero los caminos de acceso fueron diseñados teniendo en cuenta la dificultad del terreno y la necesidad de protección para el soberano. No obstante se respetó la naturaleza que se conserva intacta. Se puede suponer que no había interventores, ni contralores para hacer las vías con la perfección que las ejecutaron. Parece que no había intermediarios y que no existía la coima. Hoy lucen las piedras en buen estado, juntos sus bordes, a nivel, sin que el barro se filtre por las hendiduras ni que a alguien se le ocurriera poner demanda porque se tropezó en un saliente. Los buses que prestan el servicio a los turistas transitan por este empedrado y no hay huecos ni se desajustan por tosquedades en el trayecto.
El recorrido lo hicimos en buses que pueden tomarse y dejarse en diferentes puntos con el mismo tiquete de un euro. La pintoresca ciudadela es una perla engastada en una montaña con callejuelas estrechas, cafeterías, tiendas de joyas, bisutería, telas bordadas y es parque botánico de belleza e importancia científica declarado Patrimonio de la Humanidad.
Al regreso tuvimos la oportunidad de presenciar el robo a cuatro damas que departían en el tren con joyas en sus manos, brazos y cuellos por tres raponeros que montaron una escena de las que vemos en cualquier calle de periferia en grandes ciudades. En la noche lluviosa nos fuimos de “Fado” a escuchar a Celeste María mientras degustábamos la cena.
06-11-10 - 11:32 a.m.


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ResponderSuprimirUn saludo.