Reinel Gutiérrez
Para miles de personas el mes de diciembre representa una alegría falsa, porque es una época que revive fantasías, halagos, e ilusiones.
El estado emocional se ve condicionado por las luces, la música y los recuerdos que provocan aprietos para cumplir con las exigencias en materia de ropa, bebidas, regalos y comidas especiales. La gente cree estar feliz, pero muchas veces está adquiriendo una crecida deuda, para demostrar que se tiene con qué celebrar. Incluye el arreglo de la casa, los adornos, el árbol, el pesebre y otros complementos.
Este fenómeno ocurre así el país esté despedazado por la violencia y la pobreza, y las familias vivan en conflicto permanente. Los abrazos, las tarjetas, la prosperidad deseada y el feliz año, son actitudes y símbolos subjetivos, provocados por la coreografía de la sociedad, copiada de la televisión y la farándula, que muestra un mundo color de rosa, lleno de apariencia e hipocresía. Un señor gordo vestido de rojo y sonriente se asoma por todas partes y dice que trae regalos, pero no para todos, porque prefiere a los de estrato alto y los de clase media que se camuflan como pudientes.
La emoción cunde en los niños, porque ellos no saben que los inminentes obsequios del señor Noel, o el Niño, están sujetos a las leyes de la economía, que dividen a los seres humanos en clases, así todos en los templos griten en coro "amaos los unos a los otros". Los pequeños de clase baja no entienden por qué no reciben regalos, mientras que los otros pueden jugar con la fantasía de ver entrar al regordete por la chimenea, o el santo bebé que deja los presentes debajo de la almohada. El licor entra a jugar un papel especial para crear la falsa alegría, cuando el ánimo se sobresalta y la persona cree estar en un paraíso. Pero estos festejos también ocasionan desavenencias, riñas y actos no muy normales y el balance final de la navidad y la despedida de año en muchas ocasiones es trágico, porque hay heridos, golpeados y muertos, como también carros estrellados, enfermedades, intoxicación y quemados. La exigencia social dispara la competencia entre familias y se revuelven la envidia, los odios y rencores. Añorar aquellos diciembres cuando estaban papá y mamá, había comida abundante y dulces, ocasiona depresión, por lo tanto, no es aconsejable. Ojalá entre todos se luche por una alegría verdadera.
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