Los periodistas pasamos el tiempo hablando de presidentes, gobernadores, alcaldes, ministros, secretarios, senadores, representantes, diputados y concejales.
Les damos importancia a gerentes, directores, jefes de una cosa y la otra, coordinadores y capataces.
Salvamos la imagen de generales, coroneles, capitanes, brigadieres, mayores, tenientes y comandantes de toda clase.
Volvemos famosos a los deportistas, las reinas, modelos, humoristas y cantantes.
Alabamos a los industriales, empresarios, hacendados, terratenientes, ganaderos y potentados.
Veneramos a cardenales, obispos, arzobispos, nuncios, sumos pontífices, sacerdotes, sacristanes y monaguillos.
A todos los anteriores se les rinde pleitesía, como si fueran los únicos importantes en la sociedad, desconociendo a toda la masa de gente honrada, laboriosa, de buena fe y grandes valores.
Por ejemplo, una pregunta: ¿Quiénes eran Isidoro, María Rosa, Benigna, Julio César y Margarita?
Tal vez la sociedad no los distinguió porque eran personas dedicadas a la sana conciencia, a la labor diaria, y cumplidoras del deber. No portaron uniformes, sotanas, distintivos especiales, ni andaban armados. Eran mis padres y familiares, fallecidos en los últimos años, a quienes rindo homenaje, aprovechando este medio, como a tantos otros hombres y mujeres que tuvieron una vida importante, pero que fue inadvertida a la luz de la opinión pública, porque la sociedad es egoísta prepotente, discriminadora, racista y clasista.
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