Como no podía volar como Supermán, y al darme cuenta que no poesía los poderes de los miembros del Salón de la Justicia, me hice picar por arañas, alacranes, avispas, zancudos y moscas, a ver si de pronto estos bichos, como en las películas, me transmitían sus poderes y me convertían en superhéroe, pero nada; incluso una noche de tormenta me quedé horas agarrado a un tubo de metal esperando que un rayo me llenara de poderes, pero fuera de la pulmonía, no me llegó nada. Porfiando en la necesidad de hacer parte del mundo de los superhéroes me leí un librillo para hipnotizar, entonces me dio por mirar fijamente a los compañeros de clase, que azarados, me acusaban ante los profesores de gay: ya recuerdo a Gerardo Valenzuela gritarle al profesor Maya, “profe, profe, otra vez Valencia me está mirando raro” mientras se orinaba en los calzones. Y ¡zas!, castigo. Y cuando intenté hipnotizar al profe, suspensión por tres días “dizque por mirarlo raro”. Eso sí, con un par de fuetazos de mi papá, se me olvidaron todas las técnicas de vidente hipnotizador y santa paz.
Seguí porfiando en mi deseo de ser héroe. Y fue así como pasé años en los Scouts de Colombia, realicé cursos en La Cruz Roja y terminé en el Ejército Nacional prestando el servicio obligatorio.
Pero el día que me sentí un héroe de verdad, con todas las de la ley, se dio cuando ingresé al Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Popayán. Fue un curso de entrenamiento intenso, místico, aguerrido y exigente; e incluso, a riesgo de nuestras propias vidas en pro de aprender a sacrificarnos por los demás, sin esperar recompensa, como hacen los héroes de verdad.
Recuerdo que sonaba la sirena, y los voluntarios ya graduados, salíamos corriendo dejando atrás cualquier cosa para llegar al cuartel de Bomberos a prestar un servicio siempre arriesgado, siempre gratis, siempre emocionante. En el camino, con el corazón en la mano, nos íbamos quitando la ropa como Supermán para llegar a ponernos el overol, casco, cinturón y botas. Y nos colgábamos de la máquina que salía a toda prisa aullando por las calles, sin saber muchas veces siquiera el tipo de emergencia, o a qué peligros nos íbamos a enfrentar. Recuerdo que no teníamos seguro de vida, ni salario, nada. Éramos solo Bomberos Voluntarios ofrendando nuestra vida a cambio de aplausos… o de madrazos (por llegar tarde).
Un día crecí y dejé de jugar al héroe. Pero muchos bomberos siguen arriesgando su vida para salvar a otros. En un mundo de ciudadanos indiferentes, egoístas e insolidarios, los bomberos de son una esperanza cierta de ayuda, porque son los únicos que acuden a los llamados de emergencia que la cotidianidad nos trae.
Gracias señores Bomberos de Popayán. Gracias en nombre de la ciudad por estos 60 años de voluntariado y servicio con profesionalismo y dedicación. Ustedes si son héroes de verdad.
Marco Antonio Valencia Calle
web. http://www.manvalencia.blogspot.com/
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