jueves, 11 de noviembre de 2010

Resucité, sin morir

Por Alfonso José Luna Geller

Casi nadie resucita ya. No quedan Cristos, Lázaros, Osiris ni Orfeos que se levanten. Sin embargo, el lunes 19 de julio de 2010, algunos oficiales del Curso José Hilario López, egresado de la Escuela Militar de Cadetes en diciembre de 1974, testimoniaron una ‘reencarnación’.

Dagoberto, Hernán, Manuel Alberto, Camilo y Miguel Arcángel, estuvieron en el espléndido reencuentro. Había regresado, luego de que en diciembre de 2009, en la celebración de los 35 años de nuestro grado como subtenientes se había rendido un “tributo en honor y a la memoria de nuestro Comandante de Compañía, el señor Mayor Carlos Espinoza Arguello y de nuestros compañeros de curso fallecidos… A ellos nuestro respeto y admiración…” Alfonso José Luna Geller encabezaba la lista de 14 ‘jose-hilarios’ fallecidos.

Cualquier hipótesis sobre mi desaparición era buena; inclusive, sufridor de rumores, supe muchos años después que se había intrigado sobre un supuesto ingreso mío al, ése sí desaparecido M-19 y que hipotéticamente había sido dado de baja, nunca supe si en combate. Ni lo uno, ni lo otro. La ideología del M-19 era una mezcla de populismo y nacionalismo revolucionario que nunca admití y sí sufrí como la mayoría de colombianos, porque fui formado integralmente como oficial del Ejército, profesional en Ingeniería Militar y otras disciplinas, “con sólidas competencias fundamentales en principios y valores institucionales, en función del desarrollo y la seguridad nacional”, talante que aún conservo y practico en mi vida privada, social y familiar. No tengo espíritu para traicionarme a mí mismo.

Resucité, sin morir. De verdad, la vida superó una vez más a la muerte y a la falacia, pero no completamente, porque estuve aislado de mis amigos y compañeros de formación por casi 30 años. Claro está que, como dicen, partir es morir un poco, especialmente si a donde se parte es a Santander de Quilichao. Me retiré del Ejército en julio de 1979 con el grado de Teniente. Luego de trabajar varios años en la Contraloría Departamental del Cauca, en Popayán, como Visitador Fiscal, regresé como integrante de la Unidad Fundamental de Reservas del Batallón Codazzi –en 1984- y luego, por Decreto Número 386 del 4 de febrero de 1986, el Ministro de Defensa, General Miguel Vega Uribe, “para hacer frente a las exigencias de la seguridad nacional”, dispuso el llamamiento especial al servicio activo a 125 oficiales retirados de forma temporal. Nuevamente me puse el uniforme, en la Tercera Brigada, luciendo mis insignias de Lancero y Paracaidista, entre otras, así como la “Espada West Point”, otorgada por esa Academia Militar de los Estados Unidos al oficial que en su grado de subteniente hubiera obtenido la mayor calificación en materias militares. Entre otros, también fueron llamados Gámez Enríquez, Ramírez Murillo, Romero Vivas, Zapata Vinasco, Bobreck Orozco, Meneses Obregón, Zamora Mateus, Rengifo Ramírez, en fin…

Después me desempeñé en la oficina de prensa de la Gobernación del Cauca, entre 1992 y 1998, año a partir del cual se reactivó formalmente la organización periodística y de publicidad “Proclama Norte del Cauca”, la cual se constituyó como empresa asociativa de trabajo con sede en Santander de Quilichao, y en la cual laboran conmigo, mi esposa Flor del Carmen Criollo Penagos como tesorera (¡Tenía que ser así! Había otras habladurías, según las cuales yo nunca aprendí a manejar el dinero, porque para mí lo primero eran, y son, los amigos, la buena vida, la tranquilidad, y el descanso rumbero no remunerado, y ¡así nadie progresa!, me decían. Con el tiempo me vine dando cuenta de que hasta razón tendrían, pues todavía sigo luchando por ‘progresar’.) También hacen parte de Proclama.Cauca mis hijos David, contador público-periodista, actual gerente; Hernán Alfonso, diseñador gráfico, y Diana Isabel, asesora jurídica.

Resucité, sin morir, precisamente cuando mi hija se graduó abogada. Quería también ser militar. Se me ocurrió buscar ‘palancas’ para ayudarle en su ilusión. Investigando qué hacían los ‘jose-hilarios’, descubrí que varios eran coroneles y generales de la República, y me dije: ¡imposible que alguien, sobre la faz de este planeta, pudiera tener mejores influencias para la sencilla pretensión de mi Dianita! Pauxelino, Quiroga Ferreira, Héctor Crisanto, Ceballos Mendoza, Suárez Bustamante, Galvis Corona, Dagoberto, Barón Blanco, los hermanos Reinoso Marín, Florido, Camilo, el ex gobernador Palencia Álvarez, Rodríguez Machuca, Morales Martínez, Aldemar, Bonilla García, Segundo Agustín, Hernán, José Régulo, Miguelito... El que pida más… ¡que le piquen caña!

Había regresado al seno de la familia “José Hilario López”; formalmente, el día que hablé con el General Edgar Enrique Ceballos Mendoza, Director de la Escuela Superior de Guerra. ¡Miento! Cuando conversamos por teléfono, sospecho que él pensó que hablaba con un cuerpo fantasma que había vuelto de la muerte al mundo sensorial físico, pues hacía pocos meses a Luna Geller se le había rendido un homenaje póstumo protocolario, con misa y todo, y un engendro de tal magnitud nunca habría enfrentado mi General, ni siquiera a larga distancia. Miriza (Miguel A. Rico Zapata), coordinador general, por generación espontánea, del ‘José Hilario López’, fue el encargado para dilucidar el asunto y ponerse en contacto con el supuesto Luna Geller, pues Edgar había perdido el rumbo sobre el plano emocional-astral-espiritual frente a la posibilidad de una reencarnación o algo que en el momento no pudo explicarse. Un mes después, luego de unos pertinentes “buchannas” con el grupo que certificaría “el milagro”, sí se formalizó el re-ingreso feliz.

Agradezco a Dios la bondad de este reencuentro porque fuimos 113 fraternos oficiales subtenientes con los mismos sueños y esperanzas juveniles que disfrutamos tantas cosas similares, nos alentamos mutuamente en los momentos difíciles y juntos reímos en los buenos tiempos. En la Escuela y en campaña, sobretodo, cuando estabas triste y el mundo parecía oscuro y vacío, esa amistad eterna de los ‘josé-hilarios’ levantaba el ánimo y hacía que de repente todo pareciera brillante y pleno.

Resucité, sin morir, por la alegría serena que comenzó con el reencuentro, adquirí conciencia de que me comporté de forma egoísta con ellos. Los abandoné por tantos años creyendo, equivocado, que uno podía cambiar su formación para adaptarse a nuevas condiciones, por ejemplo en el servicio de civil o en la política, o creyendo que el periodismo tenía que ser independiente de todo sentimiento humano y noble. Estaba equivocado. Gracias a Dios, resucité, sin haber muerto.

He nacido de nuevo. Aprovecho esta segunda oportunidad para afirmar, con seguridad, que las resurrecciones sí sirven para corregir errores cometidos en la vida anterior; por eso repetiría siempre, con Roberto Carlos, que “…aunque eres un hombre aun tienes el alma de un niño, aquel que me da su amistad, su respeto y cariño; recuerdo que juntos pasamos muy duros momentos y tu no cambiaste por fuertes que fueran los vientos…”

1 comentarios:

  1. Leopoldo de Quevedo y Monroy12 de noviembre de 2010 16:12

    Hola, Alfonso Luna Geller: Salud y más Salud.

    Qué crónica tan buena, tan llena de humor y de vida sabrosa. Con que te
    habían hecho homenaje póstumo con misa y todo. Qué risa y qué sonrisa.
    De algo te sirva esa misa, Alfonso. Que te haga gastar la platica en whisky
    y en ratos sanos, con tus amigos y la familia periodística. Lo bailado, lo
    bebido y lo vivido no lo quita nadie. Sigue viviendo a tus anchas, sacando
    tiempo para disfrutar. Has demostrado que para el periodismo sobra tiempo.

    Agradable tu prosa y diamantina, clara como el agua que bebemos en
    Proclama a diario. Ya hablaran así los coroneles hoy cuando dan cuenta
    de los accidentes, los asesinatos y las violaciones. El lenguaje corrido y
    castizo es cosa dura y usar la pluma o la lengua al micrófono no es un
    juego fatuo.

    Perdón, ¿Dianita al fin pudo conseguir su sueño con tantas relaciones y
    tantos amigotes que enumeras con tan feliz memoria? Guardo en mis
    recuerdos de niño imágenes casi románticas de soldados que acampaban
    en el jardín de mi casa-escuela en Villagómez, Cundinamarca. Eso y tu
    paso con esa formación que tienes, dicen que hay un fondo de méritos y
    dignidad que salvan a esa profesión tan en cuestión hoy día.

    Me alegro y estoy seguro que también tus amigos y quienes te conocen,
    de que hayas resucitado a la conciencia de estar vivo para tus amigos, el
    periodismo con la labor social y cultural que con él llevas a cabo. Te deseo
    largos años con esa bonhomía, ese corazón abierto -como el del sagrado
    corazón - que no guarda secretos porque haces las cosas con la verdad
    y la oportunidad que mandan los cánones de la pulcritud y el respeto.

    Has colgado los arreos del uniforme, de la pistola y la charretera en buena
    hora. Por favor, ajústate bien el cinturón del humor, la mirada limpia y la
    amistad porque quienes te conocemos te queremos con la frente alta y
    la mano firme sobre las letras y la pantalla plana.

    Un abrazo,

    Leopoldo de Quevedo y Monroy

    El 11 de noviembre de 2010 18:31

    ResponderSuprimir