lunes, 22 de noviembre de 2010




 

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombia

He quedado maravillado con el video que publicó Citytv en eltiempo.com el pasado miércoles. Siempre que se habla del talento que existe en el ser humano, se suele referir a algo casi sobrenatural. A la demostración pública de poder sacar de su cuenco una idea que llegue a ser práctica, o sea, que sirva mucho y a muchos. No quiero decir que solo algunos tienen talento. No. Todos lo tenemos pero pocos lo demuestran y algunos si una vez en la vida lo ejercitan, a eso lo llamarán “sonarle la flauta”.

Talento era una moneda en la época de Babilonia y de Alejandro Magno y equivalía a un peso de 34 kilogramos de plata y en la época de Jesucristo a 6.000 dracmas, como nos dice Wikipedia. Hoy, ya desaparecidas esas monedas, su concepto equivale a inteligencia brillante como el oro. No basta tener cerebro para pensar y no expresar lo que es “claro y distinto”. Es necesario que el pensamiento se haga útil, se socialice y circule luego como una moneda en el mercado.

Nos quejamos los colombianos de que los inventos nos los roban y que no vale patentarlos. Tal vez por eso vemos que muy pocos sacan cabeza para publicar su ingenio. Parece que nos diera miedo o vergüenza dar a conocer las ideas locas que ruedan en nuestro cerebro. De pronto, la TV nos muestra a mujeres y hombres que en el exterior progresan y reciben reconocimiento por sus aportes a la ciencia y a la tecnología. Más bien, nos hemos acostumbrado a retomar los modelos y formatos, los paradigmas y estándares que nos llegan del extranjero.

Ahora, el joven Carlos Arturo Torres, estudiante de Diseño Industrial de la Universidad Nacional ha presentado el concepto de un carro escualizable y comprimible, realizado a escala y lo ha llevado a concurso a la compañía automotriz Peugot que lo seleccionó para llevar esta innovación con su marca al Salón de Shanghai.

Nuestra educación en los niveles de primaria, bachillerato y universidad poco están impulsando a los jóvenes a emplear su talento para el desarrollo de la tecnología en el país con ayuda de la investigación, con los ojos puestos en las necesidades de la industria y los recursos disponibles o adquiribles en el mundo. Porque si los elementos indispensables para un proyecto no se encuentran en nuestro medio, las universidades y la empresa privada, organizaciones internacionales y el Estado deben cooperar para conseguirlos donde estén.

Hemos sido tímidos en estimular la curiosidad y la sed de creatividad que tienen muchos jóvenes que hemos conocido y tenido en nuestras aulas. Los hemos dejado pasar y hemos desaprovechado sus talentos. No hemos hecho lo que debimos para que sus anhelos se cumplieran. ¿Detrás del joven Carlos Torres qué maestros o tutores o empresas habrá?

De profesor en una universidad conocí a un rector que decía que no era función de su Universidad formar para las empresas a sus estudiantes. Que tocaba a las empresas formar a quienes necesitaban. Con este criterio cualquier intento de innovación se coartaba, incluso el propio concepto de universidad entraba en cuestión.

11.11.10 - 9:20 a.m.

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