ÁMSTERDAM, CIUDAD AVASALLANTE
www.escapadasescapadas.com/.../dos fachadasyunabarca
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Mucho se dice de personas, cosas y ciudades. Chismes, cuentos de oídas y muy poco de experiencias vividas por el que riega superficialidades. Nos llenan de relatos fantasmagóricos y alejados de la realidad. Casi siempre se recurre a aspectos denigrantes o morbosos para categorizar a alguien o a lugares. Hoy hablaré de una ciudad de la que se cuenta solo lo que uno ya ha visto en la prensa y a través de fotos sobre la famosa “calle roja”. De ella se hallan muchas referencias en Internet y la gente se encandila y se hace lenguas con efusiva fantasía. Haberla visitado y probado dará el toque de autenticidad.
Llegamos a la “Gare Central” a las 2:30 en un tren rápido que partió desde Bruselas. Pasamos por Lieja y Rotterdam con superaeropuerto y olor a industria y modernidad. En esta última estuvo la cuna de Erasmo, fustigador de las costumbres insanas de la gente de arriba que debía mostrar más humanidad y solidaridad pues supuestamente tienen más que dar.
La Estación Central era una anchísima torre de babel. Gentes aturdían con su cantidad enorme y por la variedad de idiomas desde donde gesticulaban. Cierto pánico escénico sufrí y tiende uno a sumirse en la confusión y la angustia por no comprender en donde se hallaba ni por donde salir. Ni en París, ni en Madrid ni en Ciudad de Méjico habíamos experimentado esta sensación. Ni mi amada ni yo hallábamos con quien intercambiar y parecía que no podríamos llegar al Hotel Asterisk en donde habíamos reservado para una noche. Dos señoras veteranas con uniforme azul vieron nuestros rostros y nos zafaron de la incertidumbre. Nos señalaron qué buses podíamos abordar. El chofer del bus nos tranquilizó pues prometió, en francés y señas, dejarnos muy cerca. Para nuestra sorpresa, detrás de nuestro asiento estaba presenciando nuestra preocupación un colombiano residenciado allí hace 30 años y nos indicó lo que debíamos hacer. En cinco minutos estuvimos en la habitación estrecha y sin baño del tercer piso del Hotel. Al día siguiente nos cambiamos al hotel Nicolaas Witsen con baño privado, pero en el primer piso, cerca de la recepción. Me soñé que se colaba el agua de los canales por debajo del quicio de la entrada.
Sorprende la gran cantidad de gente que se mueve en las 700.013 bicicletas por las calles amplias de la ciudad. Además hay líneas de tranvías y buses cómodos que se toman en sitios predeterminados y a horas fijas. Para conocer a Ámsterdam nosotros preferimos tomar una barcarola a tres euros por persona que nos condujera por los varios canales que conducen las aguas del Río Amstel, de los 952 que existen en esta la singular capital de Holanda.
Se pone uno audífonos y en la propia lengua va observando y detallando paisaje, curiosidades y trozos de historia por donde cruza. Encontramos barcos viejos, privados, anclados indefinidamente donde viven sus dueños, con sus ropas y enseres a la vista de los turistas. Navegamos por la “bahía más grande del mundo” y vimos el puente blanco, de madera y levadizo, que protegía a la ciudad. Casas con fachadas semicuadradas, ocres, casi calcadas con el mismo estilo, con ventanas y pisos angostos, cúpulas y figuras, como la que escondió a la joven heroína y escritora judía Ana Frank.
http://www.mundocity.com/europa/amsterdam/amstel.html
A pie recorrimos calles bordeando canales y escudándonos de los rápidos viajantes en sus enormes bicicletas. Fuimos hasta el Teatro de Arte donde se ofrecía un concierto cuyas localidades disponibles oscilaban entre 65 y 90 euros y se debía entrar con corbata y traje muy formal. Obvio que nuestro presupuesto era muy corto y, por eso, Shostakovich se quedó esperándonos. Disfrutar del arte en Ámsterdam es costoso. Entramos al Museo Van Gogh y nos dimos un gran banquete, visual, por 14 euros. Menos costoso, 8 euros, fue ingresar livianos al santuario de oscuridad en que convirtió su escondite la niña Ana Frank.
Quisimos conocer con nuestros propios pasos y ojos la llamada Calle Roja, sector donde se exhiben con rubores y mínima ropa prostitutas bastante bellas. Se denomina roja porque desde las 8 p.m. hasta la madrugada las mujeres muestran sus cuerpos blancos, canela y negros y sus labios rojos, algunas muy jóvenes, a través de ventanales de luz rosada y rojiza, con tops, ligas y calzones diminutos sentadas voluptuosas en sillón o en poses provocantes. Un muchacho bilingüe en bicicarro nos permitió hacer el recorrido por 10 euros por esas calles estrechas junto a canales, bares y por entre ríos de parejas curiosas y de furtivos clientes que se colaban por disimuladas puertas. Desde el tren también vimos las mismas escenas en Bruselas, a pleno día. Esta frívola moda se ha extendido a muchas urbes europeas y es parte del paisaje y comidilla del turismo.
Ámsterdam es la puerta a Europa, nos dijeron las propagandas. A una Europa llena de agua, tulipanes, tortas, chocolates, arte exquisito, almacenes populares, industria pujante, turismo a borbotones, diversión, cocina de todos los países. Allí comimos bisté chorizo con el mismo sabor en Buenos Aires, vino de España, francés y portugués y se siente el agitar de la alegría en las noches. Una joven de unos 27 años con la bicicleta en la mano, con piel casi de cera, esbelta pero jadeante y con la vista nublada andaba casi a tientas por la droga. La ciudad no guarda secretos. Es una mujer exuberante que camina con rapidez y garbo en el día y de noche se exaspera y deja oír los latidos amenazantes de las cercanas olas del Mar del Norte.
04-12-10 - 10:15 a.m.



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