sábado, 18 de diciembre de 2010

DESASTRES, INVIERNO Y RESPONS-ABILIDADES

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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

Los desastres que están ocurriendo en el mundo no son castigo de la Naturaleza. Cuando por nuestra incapacidad y desgreño o por negligencia aparecen ante nuestra vista los efectos de nuestra ineficiencia o quietud o complacencia con lo que está a nuestro cargo, solemos echar la culpa a dioses sin ojos, sin voluntad ni brazos. Y en este caso nos escudamos diciendo que es el peor invierno y llamamos a otros gobiernos a que nos ayuden a cubrir nuestra vergüenza. Porque nuestras dos manos apenas si tapan lo más cercano.

¿Quién responde por nuestras in-habilidades y nuestras obligaciones, por tantos costos que se generan por los derrumbes, por las avalanchas, las inundaciones, por los diques rotos, por los equipos, por la información sumergida debajo de la tierra y por las vidas muertas de humanos y animales?

Bien ha dicho el Presidente Santos que a las Corporaciones Autónomas les corresponde mucha responsabilidad en estos estropicios que han causado las represadas y cansadas aguas. Ya ellas no pueden resistir tantas talas de árboles, tanta explotación indis-criminada de minas, tanta expoliación de fauna y flora de nuestros bosques y selvas., tanta polución por elementos químicos y quirúrgicos. Y no sólo a las Corporaciones. Al Ica, a los alcaldes, a los gobernadores, a las empresas de cementos, a las productoras de papel, a quienes vierten líquidos y desperdicios y construyen suburbios junto a los ríos. La planeación y su control en las ciudades y en las periferias en Colombia es un pandemonium o capital de los infiernos.

Los Ministerios de Minas y Energía, del Ambiente, de Protección Social, de Transportes, Invías, Planeación Nacional, el Conpes, el Dagma no previeron nunca tal hecatombe. No previeron los daños ni los costos ni las posibles demandas, teniendo a la mano indicios como los que se han descrito arriba. La Naturaleza no aguanta más despojos. No pocos serán los billones que se deberán apropiar para sanar a tantos ciudadanos y empresas nacionales y extranjeras que lo han perdido todo. Pero serán más en un cercano futuro si no se hace control, si no se cuidan más las cuencas de los ríos, los diques, las selvas, si no se castiga con severidad a los dueños de aserríos inclementes, a los que explotan minas sin tener en cuenta el impacto ambiental.

No alcemos la voz para pedirle a la madre Naturaleza que cesen las lluvias. Hay que bajar los ojos, templar las riendas y aplicar el látigo a aquellos que contaminan y arrasan las montañas, los humedales, las especies exóticas de fieras salvajes, iguanas, micos, flores, y quienes hacen quemas en los cañaduzales o dejan salir el humo por chimeneas enormes sin mitigar su furor en carros o cementeras o fumigan con aviones la tierra y los sembrados.

No esperemos que pase este chaparrón para descansar y dar gracias al cielo porque se acabó el castigo de la Naturaleza. En otros dos años, o quizá uno, tendremos efectos más duraderos y costosos si gobierno, empresarios y quienes guardan la plata en el extranjero no la sacan para blindar a la Naturaleza y protegerla. Ya no será sólo el agua y los derrumbes. Será el sol, el calor, el calentamiento, la sequía, la erosión. La Naturaleza nos hará el juicio universal. ¿Será solo una visión apocalíptica de un escéptico? No es el invierno la causa de estos desastres. Es nuestro desgreño.

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