Por Alfonso J. Luna Geller
La Soberbia es un engendro que muchos cultivan intuitivamente, sin proponérselo, sin darse cuenta, ignorando que esta “cualidad” es fuente esencial de discordias, conflictos y problemas, y hasta de conflagraciones no necesarias, que se originan por la imposición de la supuesta superioridad de quien la padece. Es como un nuevo “talante” que gana fanáticos gratis a diario.
La Soberbia es un engendro que muchos cultivan intuitivamente, sin proponérselo, sin darse cuenta, ignorando que esta “cualidad” es fuente esencial de discordias, conflictos y problemas, y hasta de conflagraciones no necesarias, que se originan por la imposición de la supuesta superioridad de quien la padece. Es como un nuevo “talante” que gana fanáticos gratis a diario.
La Soberbia es diferente del Orgullo, que inclusive, debe ser fomentado cuando surge de causas nobles o virtudes. Para Nietzsche, el Orgullo es una virtud elevada, propia de hombres superiores, la cual conduce a una honestidad absoluta consigo mismo, a la valentía y superación constante. Pero la Soberbia es apenas la satisfacción de la propia vanidad, es el gozo escueto de una presunción, una fanfarronada, es egoísta, excluyente, discriminatoria. La persona afectada de soberbia jamás se “rebaja” a pedir perdón o ayuda, ni a ayudar, tampoco a reconocer errores, a atender bien a sus semejantes, ni se solidariza con nadie; por eso, se le reconoce a muchas leguas: exige y cree que los demás están en la obligación de atenderle y brindarle colaboración total en lo que se le ocurra. El soberbio supone que todos los que le rodean debieran entenderle y someterse a sus arbitrariedades, de lo contrario, deberán atenerse a las consecuencias de su impulsividad característica, pues viven siempre con sus “auto-defensas” listas para usarlas.
El soberbio es el sumiso ignorante que de sopetón escaló a otra categoría de poder económico, burocrático, político, “cultural” o social, y no quiere o no puede comprender que la virtud de la humildad, el esfuerzo, la solidaridad y la dedicación, son claves para la convivencia y el progreso de la especie humana. Consciente de sus propias falencias, el enfermizo intenta tapar el sol con sus manos endosándoles a los demás sus ineptitudes. Con esa persona, excluyéndose anticipadamente, todos tienen su culpa en el fracaso, y sólo ella, también en exclusiva, puede ser dueña de los logros alcanzados.
El peligro de la Soberbia es que contamina como peste en ciertas culturas o ambientes: son muchísimos los que deliran con ser gerentes, directores, presidentes, gobernadores, alcaldes, cabecillas, caciques, jefes de cualquier cosa, sin importar el medio para lograrlo; paradójicamente, casi nadie intenta o anhela ser un verdadero líder o adalid, no motiva ser dirigente o paladín, eso como que no paga en estos tiempos. Pero por esa actitud generalizada, estamos así, como vivimos todos; la Soberbia permea insensiblemente nuestra cultura multiplicando actores, o por lo menos, espectadores indolentes, en una sociedad inclinada a conquistar éxitos no importa cuál sea el método, si la violencia, la imposición, el sometimiento, el robo, el fraude, la trampa, mejor dicho, con todos los vicios que generalmente padecemos en estos tiempos digitales y de moderna globalización, cuando se impone el triunfo personal exclusivo como meta única para alcanzar, sin importar quiénes están a los lados, con quienes no se comparte sino que se les esclaviza, hoy por hoy, de manera virtual.
Ojalá este fin de año nos sirviera para auto-examinarnos, evaluar qué tanto del diablillo llevamos adentro, para que recuperemos la perspectiva de la moral, para que sumemos dedicación, esfuerzo, disciplina y sobre todo, humildad, en lo que nos propongamos, porque se ha demostrado que es así como obtendremos más oportunidades y estaremos edificando en nosotros y en quienes nos rodean. La humildad es poderosa porque nos limpia y nos permite mostrarnos como somos, sin necesidad de aparentar o de esconder las fallas.
Ojalá a partir del 2011, que ya comenzó, la actitud propagada que hasta ayer nos avergonzó, no encuentre espíritus que puedan seguir contagiando a las nuevas generaciones.
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