miércoles, 29 de diciembre de 2010

SERBIA

Por OSKAR FRAYZINGER, Diputado en el Parlamento de Suiza.

Traducción del serbio por N. Sandoval-Vekarich

Colombia. Diciembre 29 de 2010

Si Serbia ingresara mañana a la Unión Europea, sería una gran pérdida para la humanidad. Se perdería una manera de vivir en donde los relojes son más livianos que en las pinturas de Dali, donde las mujeres sueñan más que Madame Bovary y los hombres más valientes que el lobo que atrapado en la trampa se mutila la pata prisionera para lograr la libertad.

Fuera de los frecuentes contactos con uno de mis viejos amigos de Serbia, mi primer y verdadero encuentro con Serbia lo tuve a raíz de la invitación que me hiciera el Presidente de la Asociación de Escritores de Serbia quien me ofreció asilo poético cuando la organización de escritores de Suiza rechazó aceptarme en sus filas. Fue este un gesto extraordinario. Por consiguiente, aun existe un país en la tierra donde sus habitantes hacen mofa de las opiniones que en bandeja sobre ellos se sirven en el mundo, un país en el cual los hombres se comprometen de antemano por una causa perdida y por situaciones similares a la mía, no importándoles las potenciales reacciones; es maravilloso saber que fuera de Suiza aun exista un país que ofrece resistencia! Fue esto lo suficientemente fuera de lo común que me impulsó a ser miembro de la Asociación de Escritores de Serbia. Desde entonces, con Serbia conformamos una pareja original, recíprocamente fascinados y cada uno de nosotros representa a los ojos del otro algo que nunca puede ser.

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SOBERBIA Y MELANCOLIA

Así sucedió que un día me encontré en Belgrado. Recorrí caminando esa ciudad un poco gris que emitía a veces un indeterminado olor a carbón y evaporaciones de cocina. He paseado por la calle peatonal de Knez Mihajla y bebí de su famoso café “turco” en Kolarac. Desde la fortaleza del Kalemegdan observé el curso de los ríos Sava y Danubio, intrigado visité el Museo Militar en cuyos paneles amarillos por el tiempo, se encuentra hasta el más mínimo detalle la descripción de los episodios de su resistencia contra el opresor otomano. Finalmente pasé algunas horas en el increíble jardín zoológico protegido por las murallas de la fortaleza de Kalemegdan.

En los ojos de los animales descubrí la misma melancolía presente en la mirada profunda de las maravillosas mujeres que pasean por los andenes, como diosas en un escenario celestial. Melancolía: esa es la palabra clave. Domina en todas partes, en el aire, en los muros, en los rostros y actitudes de la gente. Como si algo agobiara a la ciudad y a sus habitantes. Algo que no puede soportar un ser humano, un pueblo, un país. Como si todo el mundo fuera un Atlas en Belgrado, investigando hasta lo más profundo posible, descubrí la causa de esa melancolía. Es el sentimiento de quienes contemplan cómo discurren los ríos y cómo transcurre el tiempo, quedando a la vez convencidos de que nada puede cambiar su destino, que nadie los puede liberar del peso que agobia sus espaldas. Atravesando Belgrado, estupefacto ante los edificios que aun conservan las heridas de los ataques de la OTAN, pero en especial también los numerosos edificios que han sido respetados por el paso de los años. Todo es aquí resistencia, resistencia a los norteamericanos, a lo contemporáneo, al tiempo, resistencia a su propia existencia.

Para superar esa resistencia su espacio está increíblemente está repleto. Las calles, las tiendas, la arquitectura, el tránsito, todo es caótico, asfixiante, irracional. Predomina una asombrosa predisposición para hacerse cargo de la situación por absurda que sea, para hacer de todo y de cualquier cosa. Como si todo ello fuera la meta para que el eventual conquistador se desoriente en los enredos de los laberintos y dentro de ellos, después de interminables idas y venidas pierda el deseo de la conquista.

Melancolía y abrumación: son mis más fuertes impresiones sobre este pequeño país de los Balcanes mientras transito por él. Su historia empezó con una derrota que durante siglos conllevan los serbios como un escudo, imprimiéndole el carácter sagrado de una victoria moral sobre la cual han construido con tenacidad y orgullo su identidad nacional.

EN LA CASAMATA EUROPEA

Durante atroces siglos llegaron conquistadores por todos lados, desde el norte, desde el sur, incluso del mismo oriente. Turcos, austriacos, alemanes, ingleses y franceses metieron por allí sus zarpas persiguiendo una guerra tanto hacia el norte como también hacia el sur. Esos señores de la guerra solamente pasaron por allí, inconscientes de la existencia del pueblo serbio, mientras no fueron obstaculizados. Y eso era lo que los serbios han hecho con frecuencia, para confirmar su existencia y para demostrarlo ante el mundo: los frenaron en su camino. Con el tiempo se convirtió en una posición dominante: los serbios hicieron barricadas de las calles, de las tiendas, de sus propias cabezas, incluso comprometiéndose todos ellos en una lucha común. Por lo tanto todo tiene la misma imagen en este país, en sus trabajos y en su expectativa, a pesar de su largo pasado y de su rica cultura. El serbio es resistencia, campeón de las victorias pírricas, en especial de sí mismos. En esa resistencia tienen una perínclita estatura, una voluntad indomable para desafiar al destino aun cuando lo consideren inevitable. Pero tiene tal gesto tal altura y tal nobleza, por vano que sea que lo hace hermoso y sublime.

Amo a este pueblo que le opone resistencia al mundo, al destino, al tiempo que fluye, a su propio ser. Amo esa melancolía en los ojos de quienes a sabiendas de que no pueden salir victoriosos de una desigual contienda, persisten en la lucha, es la conquista misma de la belleza en la sola gesta, el triunfo del solo hecho de rehabilitar la voluntad de ser libres, la nobleza en lo imposible. Si mañana Serbia debiera ingresar a la Unión Europea, sería eso una gran pérdida para la humanidad. Se perdería una forma de vida en donde los relojes son más flexibles que en las pinturas de Dalí, donde las mujeres sueñan más que Madame Bovary, donde los hombres son más valientes que el lobo que se arranca la garra para volver a ser libre.

Serbia está siempre en guerra con un enemigo que se encuentra dentro de sus muros y se posesiona de la vida, invisible e invencible. Como un Zangaro en su fortaleza, el serbio espera siempre lo peor y lo mejor que pueda llegarle desde fuera. Hasta entonces es consciente de que todo aquello que lo aflige se encuentra en lo más profundo de su propio ser y no puede rehuirlo. Como un prisionero sublime que anhela otras cárceles, más amplias, más luminosas, más limpias. La Unión Europea es una de esas prisiones presentada en una bella forma, con la ayuda financiera del Banco Central Europeo morigerado de tal forma por los alemanes que tratan de ser europeos para no ser recordados como descendientes de los nazis. En cuanto Serbia acepte ese fraude, si acepta vender su orgullo por una bagatela, ingresaría a un espacio de cliché, estéril, funcional, sin agobios y dentro del cual sería un ser anónimo. En esa cárcel adquiriría el status de un buen y bien alimentado esclavo, además del territorio perdería su historia, sus raíces y principalmente su indomable espíritu.

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