EL MALIGNO PODER DE ATAR Y DESATAR
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
leodequevedom@gmail.com
Gobernar las conciencias y los actos de los humanos no es un oficio digno. Solo a los dioses en la mitología se atribuyó esa función tan entrometedora. Y, por excepción y don de ellos, se atribuyó en la literatura y en el cine a brujas, hadas y ogros el poder leer los pensamientos y gravitar sobre las conductas de hombres y mujeres.
Pensar, conducirse por si mismo, dirigir sus actos y energías en tal o cual sentido, capacitarse para tal oficio, es potestad de cada ser humano. Se discute hoy si la eugenesia y la eutanasia, el aborto en ciertos casos, son extensiones del uso soberano del cuerpo de cada individuo dotado de discernimiento y libertad, mientras no perjudique a la sociedad ni a bienes superiores.
Desde la antigüedad se transfirió el poder de los dioses de sacrificar vidas humanas para honrar su divinidad. Y los filósofos justificaron que los gobernantes pudieran nombrar jueces y pretores para castigar hasta con la pena de muerte a malhechores, ladrones, salteadores, conspiradores y enemigos de los regímenes. Las diferentes culturas y sociedades fueron admitiendo, como la cosa más transparente y sabia, que hubiera verdugos, inquisidores, sayones, guardias personales, SS y KGV, escuadrones suicidas que causaran muertes.
Hoy nos parece obvio que existan jueces, fiscales, funcionarios de inteligencia que puedan espiar, jurisdicciones civiles y militares que legalicen ingresar hasta el fuero interno de los ciudadanos y auscultar en cárceles, aeropuertos y retenes intempestivos.
Este poder sagrado de revolver vísceras, de averiguar con detectores y sensores conectados en aparatos sofisticados que no tuvo en el medioevo la inquisición, de intimidar con voz de trueno y mirada cruel, con luces, golpes y sentados por horas los sindicados, no parece cosa de sabios ni de humanos. Parece un aparato salido de mentes infernales que amaestraron sus intestinos a ver sangre, oír lamentos y solazarse viendo cómo sufren sus víctimas.
Peor trabajo es aprovechar estos cargos, remunerados por el Estado, para realizar componendas para aliarse con el crimen y tarapetarse en los despachos de lado de tramposos, asesinos y defraudadores. Todo detrás del poder del que alguien está investido. Atar y desatar, como fue dicho una vez muy solemnemente, es poder divino otorgado para perdonar o no ante dioses y mortales. Poder para dictaminar si alguien es inocente o culpable, si debe estar tras las rejas o gozar de las delicias de estar libre sin que lo cubra una sospecha.
Qué gran prerrogativa se concede hoy a quienes acaban de graduarse, a quienes no se les hizo examen de ética ni han probado el famoso detector de irregularidades. Ni se examinaron sus antecedentes ni amistades. Un juez, un fiscal, un procurador, un contralor, todos tienen la varita mágica de poder decir si esto es blanco o gris, salado o insípido, borracho o lúcido o de transformar lo malo en bueno ante los ojos atónitos de la sociedad que ve tambalear sus instituciones y que la corrupción sigue contoneándose erguida por cualquier lugar. Y todo se disculpa porque hay una ley que fue fabricada y aprobada en el Congreso.
18-01-11 - 9:48 a.m.

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