domingo, 2 de enero de 2011

EL MÍNIMO SALARIO DEL VICEPRESIDENTE GARZÓN

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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

Mínimo es el superlativo más pequeño del adjetivo bajo. Y a eso juegan el gobierno, los empresarios, los comerciantes, los sindicalistas y ahora últimamente, las nefastas “cooperativas” de trabajo, que ni son cooperativas ni son de “trabajo”, sino de solo lucro. Juegan a ver con qué salario más bajo pueden sobrevivir los trabajadores que lucran con su sudor y salud la ganancia y los productos para sus empresas.

En mala hora, a ocho días de acabarse el año, el Vicepresidente exsindicalista, Angelino Garzón ha salido a hacer pública una alternativa que parece una idea razonable y equitativa. No sabe uno por qué los sindicalistas se han “indignado” por esta propuesta sana.

Ha dicho el bonachón vicepresidente que debía diseñarse un esquema diferenciado de salarios “mínimos” para salir del atolladero del único que existe. Él propuso que hubiera una gama de escalafones salariales para los diferentes trabajadores. Para los no calificados o mano de obra rasa, para los tecnólogos o de media capacitación, para los profesionales que han invertido en educación universitaria completa, para los muy calificados como magísteres y para los doctorados o PHDs. Y para los ejecutivos con experiencia y palmarés nacional e internacional. Y la idea no es simplista ni traída de los cabellos.

El trabajo engrandece al hombre y es lo que hace al hombre, dijo el filósofo de Tréveris. Es lo que hace diferente al mono, al caballo de orejeras y al buey del arado, del hombre que piensa y se educa. Entre más capacitación, más cerebro incluido en su fuerza laboral tenga, puede y merece un mayor reconocimiento económico. No puede ser que gane lo mismo el que llega por primera vez sin experiencia y sin ningún conocimiento previo de su oficio que quien ha cursado seis o diez semestres o quien se ha quemado las pestañas haciendo un magíster o un doctorado o quien puede mostrar que su ingenio supera, incluso al de sus futuros jefes.

No cabe, pues, en el seso que se despeluquen los flamantes representantes de la fuerza laboral de país, rechazando este lujoso manjar que ha servido en plato oficial el convalesciente Vice. Extraño servicio le prestan a la sociedad para que los méritos, la educación y la experiencia no sean tenidos en cuenta para establecer unos nuevos parámetros que reconozcan la equivalencia monetaria entre trabajo calificado, que contiene un valor agregado, y el no calificado.

No es discriminación social decir lo anterior. Cada quien puede aspirar según su edad, sus estudios demostrados, su experiencia y habilidad. A cada cual se debe pagar según su talento, como decía el evangelio cristiano. La existencia de un solo rasero salarial, en cambio, sí es discriminadora, porque ignora e iguala a quien se esfuerza, se prepara y gasta su peculio o el de sus padres para ascender en la escala social con quien es un bisoño en cualquier arte u oficio. A esto fue lo a que se llamó - y suena mal decirlo, pero es la verdad -, que es un raponazo, o que causa una “plusvalía” inhumanitaria y grosera para los patronos y una “minusvalía” para el trabajador, inaceptable e insostenible.

La propuesta de Angelino Garzón cae en el ambiente trabajador inerme como un rocío, como una esperanza que hay que cultivar solícitamente para concertaciones venideras.

Coletilla: ¿Por qué a los pulpos concesionarios de los peajes sí les regalan un aumento del 5 por ciento, sin concertación, y apenas el 3.4 al trabajador raso y con invierno?

31-12-10 - 10:32 a.m.

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