EL PRESUPESTO DE CADA DÍA
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Muy a comienzo de año me ha llegado una invitación desde Guayaquil – de esas que llegan no sé por qué al mail privado -, para que participe en un seminario para elaborar el presupuesto anual de mi empresa. Por el trazado de mi sencillo Bulevar de los días pasó relampagueando una débil preocupación. Estaré desfasado en mis previsiones y mis fondos no cubrirán el cenit de mis antojos? ¿Deberé acudir a que los astrólogos o los sabios en el seminario alcen el velo de mis pobrezas y me tasen la ración de café, pan y tango y boleros en la taberna Evocación o La Matraca?
Medité un poco sobre el asunto y dije: - La oferta es tentadora para volver a las playas del Guayas a ver cómo la alfombra de algas de colores pasa sobre sus aguas contoneándose como si nadara sostenida en un trapecio por unas cuerdas invisibles. Me quedaría absorto de nuevo de pie en el malecón hermoso y estaría esperando a que por la tarde se devolviera del paseo el río en contravía. Pero no. Ya tengo diseñado en qué gastaré mis pocos pesos durante el año. He podido vivir sin afugias excesivas y alguna vez me condecoraron por ser casi un tacaño en las cuentas de una empresa ajena.
Esto de administrar un sueldo de profesor jamás ha sido una odisea ni un trabajo para un gran contador o un equipo de expertos en finanzas. He podido sobrevivir a las cuentas bancarias, a sus costos de administración, a las facturas de impuestos y de servicios y a las alzas en la cerveza… por qué habré de aceptar que mi precario peculio sea parcelado y por ello, además, deba pagar en un curso encerrado entre cuatro paredes oyendo disertaciones y viendo cuadros de curvas y estadísticas?
Por lo general, cuando uno se matriculaba a un simposio o un seminario lo esperaba una secretaria sentada y despistada en la recepción y le cobraba la inscripción. Debía pagar el viaje, el hotel, la comida y… de aquello que me ofrecieron no me quedó algo productivo ni mejoró mi sueldo o mi peculio. Se reproducían esquemas, la gente alrededor se dormía, se ganaba por un rato la generosidad de unas palabras de los compañeros de ocasión y de vuelta a casa el balance era muy pobre.
No hay que ser muy inteligente para gastar un sueldo de maestro en este país. Hay que calcular cuanto valen los pasajes del Mío y los alimentadores, el pan del desayuno, un huevito a la semana, dos tintos en la cafetería, el almuerzo de corrientazo, un café y un roscón ya para acostarse, lo mismo para la mujer y los tres hijos, un bluyín cada semestre, dos camisas al año, un vestido de fiesta para la costilla y el regalo de navidad. Y pare de contar.
Por el contario, cuánto quisiera que algún día pudiera asistir a esas reuniones de trabajo del Conpes, del Dane, de Planeación donde se cuecen los impuestos, los salarios, los precios de intereses de los bancos, los techos de ganancia que presupuestan las empresas y lo que gastan en fundaciones y dejan de recibir por descuentos por donaciones en los planes de cada año. Y el cálculo del Dane de la canasta familiar. Cómo me agradaría ver la cara de gusto cuando sacan de su agenda la receta para mezclar precios de los productos y el aguijón de abeja que duerma a los consumidores y contribuyentes para que no protesten y bajen la cabeza.
07-01-11 - 12:05 p.m.


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