Gloria Cepeda Vargas
“Apreté el paso imaginando los reflejos de los guerrilleros y tratando de adivinar sus pensamientos. Quería encontrar un desnivel en el terreno que me permitiera envolverme en mi gran plástico negro y taparme con hojas. En pocos minutos la selva pasó del azul grisáceo al verde. Debían de ser las cinco de la mañana. Sabía que los tendría en mis talones en cualquier momento. Sin embargo la selva parecía cerrada. Ni un solo ruido, ni un solo movimiento”. Así describe Ingrid Betancourt los incidentes de uno de sus tres fallidos intentos de fuga, en la página 26 del excelente libro titulado “No hay silencio que no termine”.
Este volumen de 720 páginas, es el resumen de una tragedia sin orillas. Esbozo de hombres y mujeres lejanos con nubes de avispones carniceros perforándoles los ojos, la nariz, los labios, la espalda; interminables caminatas hundidos hasta los hombros en un barro apestoso, ramalazo de la palabra vil, cadenas ceñidas al cuello y la cintura, hasta convertir piel y músculos en una masa purulenta, miserables raciones de arroz sucio, estrecha convivencia física donde las miserias humanas van y vienen como en una red de vasos comunicantes sin el atenuante que las hace soportables, y sobre todo la dignidad del indefenso asesinada a machetazo limpio por una maraña de circunstancias tan desconocidas e implacables que transforman los días y las noches en un desfile fantasmagórico de víctimas y victimarios, delirantes entre los desafíos de un mundo surreal: “Otro día, el espacio bajo el mosquitero se convirtió en un problema. Luego fueron la higiene y el control de los olores. Después la gestión de los ruidos. Era imposible llegar a un entendimiento sobre las más elementales reglas de comportamiento”, leemos asombrados, porque cada quien se asoma a la vida de acuerdo al panorama que lo ronda y esa Colombia que hierve como una marmita desbocada entre árboles e insectos descomunales, no es la nuestra. Su poderío recién amanecido brama como un sistema circulatorio y respirante ajeno a este laboratorio de aire domesticado donde estamos acostumbrados a nacer, vivir y morir.
La recapitulación de un episodio casi desconocido por quienes retozamos de este lado, debería ser material de lectura obligada en escuelas y universidades, ya que uno de los elementos fundamentales en la evolución de la especie humana, es la interiorización del concepto de respeto para las creencias, las propiedades, la dignidad del otro. “No hay silencio que no termine” describe de manera casi gráfica la tragedia de ese rebaño miserable que son los secuestrados de Colombia y el poder ciego de nuestros pragmatismos y egolatrías.
El libro ofrece dos fases definidas. Aquí talento y experiencia notables en el manejo de la palabra. Allá la descripción de un entorno mezquino y poderoso, donde la piel y la sangre sometidas a pruebas de resistencia extrema, lo transforman en un instrumento apto para colaborar de manera efectiva en la redención del terrible momento que vivimos.
Ingrid Betancourt pone el dedo en la llaga. Ahogados en un oleaje monótono, nuestros dirigentes duermen su sueño viejo. Los hombres y mujeres disueltos en un silencio de ultratumba, son la consecuencia de nuestras falencias humanas y administrativas. En ese relato descarnado grita Colombia, pide ayuda, se retuerce, se dobla. Ahí hierve lo fétido de nuestra descomposición humana y social, lo inútil de nuestra carta de navegación, lo fallido e inconcluso del credo religioso y político en que nos encapsulan.
“No hay silencio que no termine”, dice Ingrid. Esto no es más que un verso de Neruda. Hay silencios eternos, pozos que parecen engullirse a sí mismos. Es tiempo ya de que se rompa este sigilo que nos lleva al desconocimiento de las propias tragedias. “Era preciso atravesar una maraña de ramas gruesas y arbustos”, leemos al final de la página 540. Es necesario salir al otro lado –pienso-. Hilamos esta madeja perversa durante mucho tiempo. El silencio debe terminar.
CARTA DE CONTESTACIÓN A UNA POETISA
- Gloria Cepeda Vargas -
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Glorita: Salud y más salud.
He leído tus reflexiones del libro de 720 páginas del libro No hay silencio que no termine de Íngrid Betancourt. Estoy leyendo el libro de Stephen Hawking y Leonard Mlodinow El Gran Diseño. Allí dicen sus autores que no hay una sola realidad, la que vivimos y vemos. Lo que viven los otros y en la selva los secuestrados son otras realidades que no pertenecen a nuestro diccionario.
Tú lo estás corroborando en lo que leíste en Íngrid. La vida y la realidad allá es otra. Y nadie lo piensa así. Nos han enseñado desde Aristóteles que la "razón" ve los objetos que hay alrededor y esa es la única realidad. Nunca nos hemos asomado ni alcanzamos a vislumbrar lo que hay allá, detrás de nuestro pobre horizonte dorado.
Lo que les está ocurriendo a los secuestrados allá dentro de la maraña, ese otro mundo fabricado por las circunstancias y las necesidades primarias en medio de la escasez, el peligro, la desconfianza mutua y las condiciones casi extremas que imponen los jefes guerrilleros, es una realidad viva, distinta, no simulada ni surrealista. Es otra pura realidad que ha sido diseñada poco a poco a lo largo de los años que la guerrilla ha estado "colonizando" las montañas y la selva. Así como Tomás Moro diseñó un deseable país imaginario llamado Utopía, así la guerrilla – tal vez nunca lo pensó, pero lo está haciendo -, ha logrado fabricar un mundo que puede considerarse la medida de sus ideales.
Hasta las fieras y el follaje deben sufrir esa realidad extraña. Aquí, dentro de nuestra casa, con muebles, con aire respirable, con paisaje libre, con las comodidades que cada uno tiene, la realidad es otra. Y creemos que la realidad es la misma para todos. Así nos han lo enseñado en el colegio, en la Universidad, así lo dijo el filósofo y lo han repetido por siglos los profesores.
Los secuestrados viven esa realidad que les han ido creando, artificial pero cierta, sus captores. Ni un orinal privado, ni cómo descansar de un mal de estómago, ni como sentarse tranquilos a defecar, ni sin posibilidad de pasar sin zancudos en la noche. Cubiertos por las lonas de un cambuche y no poder divisar la Luna aunque sea en su fase nueva. Sin saber si en la madrugada habrá que emprender la retirada, haya calor o frío o lluvia o desayuno.
Cada miembro del Secretariado, cada militante, cada secuestrado ha ido amaestrando sus neuronas y administrando su mente, sus necesidades vitales, y casi sus ilusiones, a esta realidad rara en medio de un mundo lleno de tecnología, confort, resorts, playas, destinos.
Hasta los llamados indigentes transitan por en medio de los desperdicios de esta civilización exuberante. Y los jefes guerrilleros de vez en cuando salen de sus cuevas a gastar sus dólares en la otra realidad que ellos han ido borrando de sus rehenes. Pero los secuestrados sólo tienen un radio y sus esperanzas también andan sin rumbo en medio de la inhumanidad y el desatino.
11-01-11 - 10:31 a.m.


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