N. Sandoval-Vekarich
No tenían más armas que piedras para arrojar contra los intrusos. Aparecieron de improviso, como caídos del cielo, sembrando confusión y muerte. Toda libertad amenazada reclama su defensa, toda noche impenetrable demanda la aurora. La palabra es un don sagrado, es mantra, cultura de un pueblo que evoluciona con el hombre mismo. Poesía, canto, danza, acción están allí y no hay cosa más sublime que escuchar las voces de los niños en la escuela: "Hua Llahuellahdi la ilaha illa hua"(1) y el muecín que responde desde lo más alto del alminar: "¡El Muhaimin! En Nur!”(2). Nadie huye. Las fuerzas se repliegan con el devenir de la historia y mientras el bosque persevere los ríos no perderán su caudal. No importa que los soldados negros hayan roto a patadas las puertas del templo; no importa tampoco que los rubios soldados del imperio hayan destrozado a martillazos los huesos de las manos que arrojaron las piedras. ¡Alah es grande y poderoso! Alah, akbar!
No era admiración, sino sorpresa como las mezquitas en la hora santa "bismi Llahi Rah´manir Rah´in." (3). Allí estaba, hidra impenetrable y terrible a pesar de la advertencia mortal del Hadith: ¡El Khabir! (4) en esa tempestad que sacudía la mar.
La colosal figura de la mujer, toda ella de mármol, se yergue impetuosa sobre la pétrea superficie de la bahía, la mano derecha en alto desafía el horizonte, tácita amenaza, a la vez tentadora condescendencia para con todos aquellos seres que tratan de aproximarse. El cordero en la trampa, el lobo que acecha. Quizá no sea antorcha la que arde en esa mano derecha, más bien hachón de estopa y brea inflamable, empapado de odio velado y cobarde; la siniestra, menos veras que la otra, aprieta contra el pecho, a nivel del torso donde se supone debe de estar el corazón, el Gran Libro Negro de las Lamentaciones. Hay una indescriptible dualidad. En la profundidad del hemisferio convive lo irracional, lo que destruye y a la vez exalta. En esa efigie se concentran elementos propios del primitivo cazador de fieras que idealiza la fugaz aparición del futuro en los trazos conceptuales, sutiles y toscos, sobre las paredes de las cavernas, lo sublime irrealizable para el lobo siempre avizor aún en la más apacible de las contingencias. El mito es posible cuando la mentira trata de ser más grande que la verdad, la falsa historia lo alimenta, hasta entonces cuando se alcance a descifrar el mensaje oculto del universo que solamente intuyen los seres superiores obligados a vivir en el exilio, en todas las patrias ajenas en donde constantemente el hombre reclama la pureza de la luz y la claridad de las aguas.
Los sobrevivientes del naufragio intuyeron a medias la razón de la mentira, observándola desde lejos, sobre la cubierta de la cañonera, la adivinaron como una sacerdotisa, la posible salvación transmutable en su largo y blanco atuendo de vestal, alba transferencia que será roja en los talleres de las fábricas, amarilla en el fuego de las calderas, de los bosques y torres que arden al asedio constante e inevitable de las incontenibles furias devastadoras del tiempo, prisioneras de si mismas en los relojes de afiladas muescas. Finalmente llegará la ruina de todo principio, de toda ecuación, el espectáculo gris de la destrucción irracional, la ceniza que precipita el decurso del sol y de la noche, el polvo de la gran e inevitable mentira que se mantiene en pie por fuerza de la inercia, violencia intrínseca que consume desde dentro ese hermoso cascarón que se levanta en la bahía, falsa imagen que otea la navegación de una incierta nave portadora de hipotéticos maderos de cedro y pino, condicionados para el rescate de un pueblo, en época muy lejana, presente siempre en el drama de las guerras.
En la distancia es la desviación ilusoria del templo por construirse, obra terminal que pondría en libertad a los esclavos. Señuelo de los calendarios. La supuesta llama de la antorcha reclama una pretérita guía marítima, un punto de orientación para los mercaderes de allende el horizonte. Nunca el fuego fue un altar en su mano derecha, inhiesta más como una lanza, una tenebrosa advertencia. La amenaza está latente en la siniestra. No hay ninguna ley escrita. Anástrofe del que impera. La transcripción de los símbolos puede ser equívoca, la razón y el derecho están en la fuerza. Gentes sin patria quisieron hacerla suya sin alcanzarlo nunca, no hubo rizomas ni raíces que la alimentaran fuera del recuerdo que traían de otro mundo perdido en un gran incendio donde las bestias depredadoras hicieron suyos todos los predios. En el cuenco de la honda, la piedra misma es un arma letal por muy pequeña que sea, los gritos de rebeldía no serán jamás acallados en contrapartida por la muerte, porque no existe, ella misma deja de ser un muro inexpugnable y salvando su propia sombra se repetirán los gritos recogidos del pasado hasta convertirse en un delirio incontenible de revueltas.
La niña recordará la plaza, la mujer un jardín. Las palomas revolotean en torno para reclamar los granos de maíz y de trigo que a hurtadillas de su madre esconde en los bolsillos de la chaqueta, o bien las migajas de pan que recoge y guarda para ellas en la cartera escolar. El niño recordaba otra cosa, el hombre la espada, la venganza, el desquite. La blanca torrecilla de la muralla que no se aparta de su memoria, alta, amenazadora sin la cándida dimensión de los alminares que se divisaban por encima de las cuadradas chimeneas de ladrillo oscuro de los tejados y terrazas. El atarván, con el arma colgada del hombro derecho sujeta por una correa hacia la espalda, próximo a las alambradas de púas, simplemente desatendió la guardia. El sol de frente le hería los ojos.
Los niños encontraron la inesperada salida. La mujer descansaba ahora en el camposanto, el esposo se había perdido en los laberintos de la venganza.
Escaparon escamoteando el peligro de un disparo, tal vez eran los únicos que tenían en su sitio el corazón, lo suficientemente fuertes en ese amor recíproco e ingenuo que los protegía de toda tentación y asedio. Esa tarde se alborotaron las palomas, los granos de trigo y de maíz fueron pisoteados por innumerables pies en alocada fuga, hubo manchas de sangre en el piso empedrado, gritos indescriptibles de mujeres llamando a Dios en su ayuda. Los hombres blasfemaban escupiendo al suelo, levantando el puño contra los intrusos de verdes ojos y greñas amarillas. Luego fue denso el silencio, el día cayó a plomo en las sombras de la tarde después del inesperado impacto de los misiles.
Por entre los pliegues de las gruesas mantas de lana asoman las manos, fláccidas, sostienen a duras penas las humeantes tazas de aluminio. La caliente mixtura de té y ron de las Indias les devuelve la temperatura del cuerpo, pero no la del espíritu. En la sala de máquinas se han puesto a secar las ropas de los náufragos rescatados del mar. El reticente comportamiento de los tripulantes era unánime, nadie se explica el fatal error contra la curiosa nave que apareció así de pronto y fue echada a pique por la cañonera. El miedo va acompañado siempre del crimen y la tácita justificación del fuerte, mejor dicho, del cobarde que se ampara en los códigos de la fuerza. Tampoco hubo una explicación posible sobre la inaudita presencia de ese cascarón flotante, apareció así, impronta de la imaginación, como salido de la nada. Sin obtener respuesta a las demandas de identificación el guardacostas lanzó un disparo de advertencia, mal calculado se supone - nota ambigua en el libro de a bordo - rozó la solitaria proa que se deshizo al impacto como una caja de cartón, por fortuna las gentes se encontraban hechas un bulto compacto a babor guareciéndose de la fría ventisca bajo una pesada lona que a la vez los protegía de las aguas agitadas por el violento oleaje. Nadie perdió la vida, sí lo poco de valor que tenían, hasta los documentos mal habidos en el subrepticio embarque en aquella nave sin nombre y sin bandera que les prometía el paraíso.
Pasó desapercibida. El temporal vino a ser una especie de aliado, los chubascos apagaron el fuego que ardía en los soportes de los muros, los vigías perdieron en la noche la claridad de sus ojos. Interceptarla habría sido imposible en aquel inesperado temporal, otras pupilas escudriñaban atentamente todo movimiento sospechoso; su tarea era esa, que el cargamento llegara sin novedad a la playa. Los carros estaban listos, ocultos tras las altas dunas y la cortina de arena que levantaba el viento. La orden había sido perentoria, a nadie le habría gustado perder la cabeza en un avance precipitado y sin sentido. Esperaron hasta cuando los remeros pusieran verticales las palas, entonces bajaron silenciosos a la playa. La nave se deslizó en la arena. Ya podía contar el excelso dignatario con sus maderas de cedro y pino para complementar los dos inmensos pilares que recordaban las enormes serpientes aladas que los dioses no habían podido vencer pero si domeñadas a su antojo por un hombre sabio. Ahora nadie se explicaba esa transmutación en que las aladas serpientes rugían como tigres acorralados en una trampa y tal pareciera que se multiplicaba el sol en las escamas metálicas.
Las dos torres del templo estallaron dentro de una llama que pronto se hizo fuego incontenible y cayeron hechas polvo. No alcanzó el templo la gloria que esperaba, todo ardió en esa inesperada fiebre de poder que desde dentro los consumía hasta revertir en una impulsión que reventó de improviso llenando de humo y cenizas el aire.
No había imágenes en los muros marcados por enigmáticos logaritmos que reclamaban la presencia del generador de suertes y fortunas, tampoco esquinas ni ángulos. Construida por una tribu prisionera y rescatada por los cabalísticos arquitectos de su milenario pueblo, era la perfecta circunferencia del universo dentro de las sutiles proporciones de los dos inmensos pilares que sostenían la bóveda de un azul prístino idéntico al de las finas lozas de mármol que cubrían pisos y paredes. La nave entera había sido levantada con las valiosas maderas llegadas del Líbano en una tormentosa noche, sobre ellas se habían colocado armoniosamente los mármoles recortados en forma de estrellas que se remitían a superpuestos compases de cuadrante. Las dos columnas en si repulsaban la energía positiva y negativa hasta deflagrar en el súbito desequilibrio que puso el cielo en llamas. Aquel factor con el cual quería el hombre justificar todos sus haberes se perdió cuando el templo se desplomó en un delirio de polvo y quedó el espejismo de la enorme vestal atisbando el horizonte desde aquella bahía que daba entrada a la ficción de otro mundo que habría de resurgir de entre el fragor de las lozas y piedras que caían en forma interminable unas sobre otras. Pensaban los niños que pudo haber sido la misma historia que escuchaban del abuelo en aquel estío cuando a través de las ventanas podían ver el cielo y las cúpulas de plata iluminadas por las estrellas. Los sueños del abuelo eran los relatos del marino que perdió su barco, la abuela rebosadora de amor maternal configuraba la novia eterna del misterio de la vida que se repite en círculos ascendentes.
Para los niños los abuelos eran ese hilo de la historia que quedó trunco al morir la madre y el padre perdido en ese tumulto iracundo que hizo de los ángeles caídos los monstruos devoradores del desierto, las diablesas aladas que en vano combatió Salomón cuando construyó el Templo. Ni amuletos ni pantáculos pudieron borrar de la memoria las vírgenes sacrificadas en tan inútil esfuerzo, en esa constante demanda de víctimas, en ese afán de aplacar las iras de lo incognoscible. Los rubios soldados del imperio reían estrepitosamente de júbilo cercenando brazos y cabezas de hirsutas barbas. Los negros se bebían la sangre recogida en sus cascos de acero: "¡In God I trust!". La abuela, la gran madre de todos los tiempos, tenía la visión de otro mundo que también se hizo polvo cuando los poderosos quisieron dominar la tierra, entonces el fuego purificó y el agua disolvió las inmundicias como en aquel cataclismo del que se salvaron los gigantes de las montañas más altas.
Al morir su compañera de una inesperada fiebre maligna Gilgamesh se alzó en armas con los numerosos indigentes que esperaban, lo que nunca sucedió, que del cielo bajaran los manjares prometidos por el silencioso invasor que lento y arrogante se apoderaba de sus tierras y de sus bienes, fue entonces cuando los abuelos desaparecieron meses más tarde con todos aquellos ancianos que en el Templo cumplían sus oraciones y ritos sagrados. La escuela fue asaltada por los bárbaros de allende el otro océano. Huyeron los niños como gorriones asustados, sin encontrar ahora ningún refugio, ningún alero en ese incendio que se propagó inmisericorde por todas las aldeas. Las puertas de los templos fueron rotas a patadas y las manos de los rebeldes destrozadas a martillo por los invasores. Al escabullirse por entre las peligrosas alambradas fueron arrastrados por una turba enloquecida que buscaba la salvación en el mar, manos invisibles les ocultaron en la bodega de una extraña nave surgida casi de la nada en ese mismo instante en que una luz enceguecedora sacudió la tierra.
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El Edén desapareció al soplo de las explosiones.
La vida es una llama azul que se alimenta con sueños, deseos, amores, el odio vino del otro lado con los soldados del imperio, pero la experiencia es una sucesión de golpes, desengaños, destrucciones, tampoco es la sabiduría una manzana al alcance de la mano, la verdad no puede ser tentada por ella y cuando el hombre alcanza su dimensión comprende que existen fronteras, parcelas extrañas, oídos sordos de quienes no comparten con los demás sus esperanzas, destinado a ser recluso de las bajas pasiones en aquel sitio que no da lugar para estar por encima de las inmundicias, del excremento que genera el egoísmo de creerse el único en el misterio del universo. Las fieras conviven en hordas irrefrenables. Cuando por último la razón dejó de estar en el sólo intento de la fuga, amparándose en el olvido de lo que atrás quedaba y que no sólo ellos habían sido expulsados de su sueño, se dieron cuenta de que en esa larga travesía habían dejado de ser niños. Ella era una mujer. El era un hombre. Comprendieron así mismo que la blanca figuraba que se levantaba imponente en la bahía, no era el ángel que les daba la bienvenida al paraíso. Un terror desconocido les atenazó las gargantas, un mal presentimiento les oprimió el corazón. Recordando a los abuelos, los alminares en el polvo y las cabezas destroncadas en la plaza, levantaron los rostros hacia el cielo para implorar la misericordia del Señor, ¡El Munir! (5)
N. Sandoval-Vekarich
Belgrado, marzo 3 de 2002
1) Aquel aparte del cual no existe otro Dios
2) El Protector. La Luz.
3) En el nombre de Dios, Clemente y Poderoso
4) El Vigilante
5) El que Ilumina
Es Salam (El Salvador)




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