lunes, 10 de enero de 2011

HA VUELTO LA BAILARINA A SU ESCENARIO

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

Mi bella dama descolgó de paredes, puertas, mesas y ventanas los adornos que gritaban aún la navidad. El verde y rojo, las bolas de cristal y los muñequitos con cinta en su hombro volvieron al fondo de los recuerdos y del armario. El árbol verde dejó de parpadear y papá Noel ya no subirá más la escalera repitiendo: Navidad…

La sala se ha quitado su disfraz y recobra su ambiente de solaz. Ya no pasarán, allá abajo, por la calle, los diablotes con su bulla y sus tambores ni Caracol pondrá su jingle repitiendo a cada hora que llegó la navidad. Todo vuelve a su lugar y el corazón cesa en su estrés porque el tren, el avión y la carroza con venados ya dejaron los regalos junto con los buñuelos, la natilla, el arequipe y los abrazos.

La época más comercial del año deja sus frutos en los bolsillos vacíos. Las familias se disgregan y retorna el ritmo de trabajo, de afanes y la vida vuelve a mostrar sus dientes y sus halagos.

Aquí en casa, la bailarina vuelve a su sitial. Sus vacaciones de fin año la mantuvieron en reposo y debió habitar dormida en el desván en medio de encajes y algodones. Ha salido a escena nuevamente con cara cerúlea, blusa transparente carmesí y falda blanca tachonada de flores. Hará bailar los ojos de quienes la miren con su sombrero de gnomo, su mirada quieta a punto de empezar el vals y su brazo izquierdo en jarra, sobre su muslo fino.

Todos los días esperará que suene el tercer toque que indique la hora de levantar el velo de su mano derecha para girar al compás de la rutina que por días ha ensayado. El telón del teatrino familiar se correrá y la bailarina de alabastro acompañará a los invitados a gozar de la delicia de su talle y de su movimiento de reina. Su paso moderado y en armonía con el aire que le llega la hará trazar figuras sobre la mesa. Sus caderas jadearán sobre las piernas, la blusa temblará medrosa y sus pies apenas tocarán el vidrio que la mira desde abajo.

Los días pasarán inadvertidos, el calendario acelerará su pulso y los meses dejarán caer sus hojas sobre la piel de nácar de la damisela. Ella seguirá erguida y en vela, pues su trabajo es bailar sin descanso esté de noche o cuando la aurora llegue. La casa no puede prescindir de su elegancia. Ella es el centro de todos los muebles, flores, libros y cuadros de pinturas. Cuando mi amada no está, ella la representa y la recuerda con su altivez y porte.

Dejaremos que el tiempo sereno pase, que los afanes queden allá, afuera, y que la bailarina no interrumpa su actuación en el escenario de nuestros aconteceres. La acomodaremos alguna vez a la entrada para que alegre con su torso la llegada de amigos y poetas. Ella, recatada, con su rostro hacia la mano que lleva el largo velo esperará el momento de empezar su ritual de arrobamiento y magia.

10-01-11 - 10:01 a.m.

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