Por: Yamil Orlando Mendoza Chacón
Antes de que pase la fiebre de la conservación ambiental y el reconocido mea culpa de nuestro esmerado esfuerzo en aprovecharnos de los recursos naturales para nuestro beneficio inmediato sin medir consecuencias presentes y futuras; quiero que realicemos una reflexión sobre una de las locomotoras que ayudarán a jalonar la economía colombiana, la minería.
La minería es una labor que de por sí, implica remoción o movimiento de suelo, ya sea a cielo abierto, en excavación del suelo o del lecho de los ríos, trayendo como consecuencia una alteración en el orden de esas capas de suelos que para su conformación adecuada, se han demorado miles de años con la participación del clima, tiempo y organismos vivos.
Observando en forma desprevenida, sin necesidad de profundizar, nos damos cuenta de que si es cierto el efecto de mejora en nuestra economía a causa del incremento de un mineral que existía sin explotar en forma masiva, con un beneficio fiscal general y económico para unos cuantos; los dueños de la maquinaria, quienes realizan la inversión y luego de ejecutada la labor, pasado el tiempo, no se observa la compensación por el daño ambiental causado, como es lo natural en todo proyecto que se presente, donde se estudia el impacto ambiental causado.
Por lo anterior, vienen a la mente dos inquietudes:
1.- La extracción de mineral realizada sobre el río Quinamayó habrá considerado la recuperación de la zona aledaña a la ribera del río.
2.- Ya estará en estudio, si la profundización del cauce del río, tuvo alguna consecuencia en la inundación de Quinamayó en el Valle.

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