martes, 25 de enero de 2011

 

ÍCARO VUELA EN SU TERCER INTENTO


Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

El mito del atrevido Ícaro suspendido tras el fracaso del primer intento cuando chocó, ingenuo, contra las ondas del mar, no cesó allá en Creta, hace siglos. Su padre, el arquitecto Dédalo, hábil en viajes por laberintos, le fabricó alas pegadas unas sobre otras con hilo y cera. Su forma era de pájaro. La ilusión de dominar el cielo y de llegar al paraíso pudo menos que el calor del sol y derritió sus ganas.

Otro Ícaro del aire, con más experiencia y de apellido Lindberg, voló sobre el Atlántico en un ave monomotora y quiso cruzar la mar impávido hasta el París de sus sueños. La hazaña le valió un premio de 25 mil dólares en 1927 aunque luego su felicidad la truncó la pérdida de su hijo.

La competencia y la tecnología y el ansia de volar, como en los sueños, no merman con los accidentes de cohetes, boeings y airbuses. Puede más el riesgo, el afán de rapidez y la sensación de saber que el hombre es más veloz que el camello, los caballos y el eurostar que patina sobre rieles a más de 300 kilómetros por hora. El cine nos ha mostrado, fuera de la escena de Aladino montado en ese avión sin ojos ni patas y de alas de felpa, en La historia sin fin, a seres interplanetarios fantásticos, como el perro de Michael Ende, con cara tierna y orejas como alas. En Avatar grandes pterodáctilos sirven de helicópteros a protagonistas azulados con narices carnosas y eróticas, que viajan a un planeta llamado Pandora.

Viajar por los aires ya es un lugar casi común en películas de ficción. Es sinónimo de modernidad, de libertad, de evasión de la realidad. Conlleva la sensación de liberación de la pesadez del cuerpo, de la adquisición de poderes sobrenaturales, de dominio de las alturas. En películas con personajes como Superman, Batman, El hombre araña, ya es no es sorpresa hallar a humanos volando en pequeños vehículos y detenerlos en las ventanas de rascacielos para dialogar o espiar.

La Nasa ha confiado a grandes constructoras como la Boeing, la Lockheed y la Northrop Grumman la presentación de diseños de los aviones que usaremos en un próximo futuro. La forma que la Boeing ha lanzado a la publicidad pone a soñar otra vez al hombre a montar dentro del cuerpo de un reluciente pájaro con dos y tres turbinas sobre el lomo, como paquete amarrado en una paloma blanca. Su cuerpo en V tiene sus alas tensas que parecen levitar sin esfuerzo, su cabecita lisa tiene los ojos abiertos y su boca esboza una sonrisa. No parece contener 50.000 kilogramos, o 500 pasajeros ni sostener un crucero de 7.000 millas al 85 por ciento de la velocidad de la luz.

¿Usted será tan afortunado que muy pronto en su aeropuerto suene el altoparlante y la voz anuncie que el vuelo de su sueño está próximo a cumplirse e irá junto a la silla de Ícaro?


25-01-11 - 9:14 a.m.

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