jueves, 6 de enero de 2011

UN ARMA, UN SOCIO DE MUERTE

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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombia

La familia, los compañeros de oficina, el arte, el silencio, el trabajo nos dan la mano, la tranquilidad y son nuestros mejores vecinos. Nos rodean y caminan hombro a hombro para nuestro descanso. La vida agitada, el transporte difícil, la vivienda apartada de los lugares que frecuentamos y el contacto con seres inescrutables en sus intenciones cada vez más nos cierran el paso a nuestra libertad individual y llegan a constituirse en peligros para nuestra integridad vital.

Oímos, leemos y nos cuentan los amigos lo que sucede en barrios, calles, bares y ciudades. Unas veces nos hablan del “paseo millonario” junto a cajeros automáticos, otras del atraco en las esquinas cuando se va en carro, se habla de las “balas amigas” entre fuerzas del orden y civiles, y ahora se agudizan los casos de niños que caen abatidos por “balas perdidas”.

Las autoridades del gobierno “reglamentan” el porte de armas, legalizando así la peligrosidad que ello implica. No todos y casi ninguno de quienes llevan un arma en la cajuela del carro o quienes la guardan en la mesa o la esconden en la bragueta o en el bolso de la parrillera tienen necesidad de protegerse o están amenazados. Lo hacen porque tienen enemigos de los que se cuidan y esperan el momento de utilizarla, para vengarse o para cometer actos delictivos. Otros lo hacen para demostrar fuerza o poder y aparecer como intocables en fiestas y reuniones o en la carretera. Además, casi siempre son individuos que no poseen control sobre sus sentimientos ni han pasado por cursos de ética o de tolerancia y respeto por sus semejantes.

Los ciudadanos del común, los padres de familia, el hombre que sale a trabajar todos los días, por lo común, nunca han tenido necesidad de proveerse de revólveres, navajas o agujas hipodérmicas para realizar sus tareas diarias. Jamás han portado armas de fuego, ni cortopunzantes ni algo parecido. Sus acciones son patentes a todos, sus actos limpios, sus intenciones son honestas. ¿Para qué llevar, entonces, en su cinturón o consigo un arma o para qué tener en el armario una escopeta, una bayoneta o una granada?

¿Podrá decirse que como hay delincuentes en la calle deberemos apresurarnos a tomar cursos de tiro y adquirir una pistola o una miniusi para estar preparados para nuestra defensa a la salida de casa o del trabajo, o para repeler a los asaltantes o ladrones cuando ingresen a nuestros hogares? Filosofía barata, pedagogía absurda, precaución más peligrosa que remedio del daño eventual que se espera.

¿Cómo evaluarán esta situación nuestras autoridades en Consejos de Seguridad cuando suceden las muertes de niños o caen soldados o civiles por balas que salen de armas ciertas, con nombre y apellido, pero que denominan “perdidas”? Perdidos en su conciencia son quienes activan el arma, perdidos en el alcohol, la droga o el odio y acompañados por un arma que los reemplaza en el acto inhumano de hacer salir una bala “al aire” o “por accidente”.

Las armas nunca serán buenas consejeras ni amigables. Las armas son instrumentos de muerte y signo de impotencia personal. La buena conducta es la clave para no tener que llevar armas encima y sentirse libre como el agua corriente.

04-01-11

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