Ana Milena López de Vélez*
El agricultor cultiva para obtener utilidades que le permitan disfrutar de una vida digna y próspera para él y para su familia, así como para apoyar las organizaciones con las cuales se relaciona en su cotidianidad; o sea, para ser un miembro activo y aportante de la sociedad. Pero esa no es la realidad que él vive dentro del sistema y del modelo económico en que estamos inmersos en Occidente.
Esta sociedad anualmente acumula reservas – carros, casas, tierras, ahorros, acciones, lingotes de oro, pozos de petróleo, joyas, ropas, zapatos, millonarias caletas, almas y vidas – y a su vez los agricultores se perciben cada año más desposeídos, sin saber que ellos han permitido que su parcela de prosperidad – la suya, suyita - pase de mano en mano a manos de los otros.
El agricultor trabaja desde que asoma el sol. Calza sus botas, coge el zurriago, silba al perro, se encasqueta el sombrero, le da un beso a su mujer y sale para los lotes. La tierra húmeda del rocío le perfuma el alma. En su cabeza está el lote del Amarillal que se encamina hacia un proyecto del parcelación rural; el Mico, hermoso humedal que preserva lleno de pasto Pará y donde van las vacas cuando se merecen un premio; las Palmitas y las Brisas en potreros; el Medio y Tambores alquilados y cultivados en yuca; en la Casa está el semillero para tabaco que va para los lotes 1,2 y 3. Y así administra y maneja veinte temas más cada día. Es un empresario del campo, es un administrador responsable y disfruta enormemente de lo que hace. Le gusta su trabajo. Ama su trabajo.
Y sin embargo, la sociedad y los Bancos no quieren saber nada de él. Es un proscrito. Está reportado desde el listado de la Central de Información Financiera de Colombia –CIFIN – hasta la más arrugada nota que recogió del piso la aseadora del Banco. Los gerentes le rehuyen como a la peste. Ese agricultor está castigado y en los próximos cinco años no podrá acercarse a sacar ni un celular ni nada que se le parezca porque aparece con una deuda que canceló vencida por un cultivo… perdido.
Dentro de éste, nuestro modelo económico, el sector financiero tiene la razón – como lo repite por la televisión una y otra vez su representante Maria Mercedes Cuéllar - y también tiene a su favor todas las leyes que ese mismo sector ha ayudado a redactar durante años y años. ¿Qué le ha pasado a ese agricultor? ¿Qué les ha pasado a los tres millones de agricultores que quedan en Colombia? Pues que ellos han asumido todo el riesgo de producir alimentos - el riesgo más alto entre las actividades de producción - solos, solitos.
El sistema financiero, los Bancos y miles de inversionistas no quieren ni saber del riesgo de la agricultura. Hasta Vicepresidentes de Riesgo tienen ahora para que taponen cualquier crédito agropecuario que implique riesgo. Los inversionistas quieren tener sus mesas llenas de alimentos orgánicos y nutritivos, pero no quieren correr el riesgo de participar en su producción. Ese riesgo que lo corran otros, por ejemplo, los agricultores. Igual hacen los proveedores de bienes y servicios al cultivo; los grandes laboratorios – Monsanto, Pfizer y otros - venden sus productos a los ilusionados agricultores. Si la cosecha salió bien, plata para todos. Y ¿si la cosecha salió mal? Como dice Son de Cali: pagame mi plata, pagame, pagame…
No! No, no y no. El que quiera comer, que participe del riesgo. ¿Salió bien la cosecha? Salió bien para todos. ¿Llegó el fenómeno de La Niña y las aguas barrieron con todo? Se meten la mano al bolsillo todos los que comen. Y le compete al Estado con su poder legislativo proponer leyes que le den un marco jurídico y legal a este cambio. Ha de caer el paradigma de que todo el riesgo lo corre el agricultor. Ese riesgo hemos de compartirlo todos. Y si el FMI no le permite a los Estados bajo su órbita proceder así, tendrá que tratar con sus pueblos.
Se avecinan cambios que nos llevarán hasta el Agronegocio, y han de ser las organizaciones gremiales del sector – la SAC, FEDEGAN, FEDERACAFE, SAG, ASIAVA - las voceras en la búsqueda de ese cambio. Se reparte la riqueza y se reparte la pobreza… Así podremos ver, en el país que soñamos, agricultores apreciados por su comunidad, respetados por su trabajo. Agricultores que pueden ver a sus hijos crecer sanos, llenos de alegría de vivir. Parejas de esposos que puedan ir a cenar fuera, amas de casa que descansen los domingos. Colombianos cuidados en su apariencia y en su espíritu. Y disfrutar de una vida social en igualdad de condiciones con los demás, cada uno con sus maravillosas diferencias. Que la ciudad visite el campo y se llene de su belleza y armonía, y que los habitantes de la Colombia rural puedan visitar las ciudades y disfrutar de los conciertos, de su variedad de ofertas culturales y de recreación.
Por eso me ha gustado tanto la palabra “Prosperidad” que trajo a la luz el presidente Santos. La mayoría de los productores agropecuarios no son cercanos a esa palabra desde hace más de medio siglo. A mí me sorprendió y, de tanto no decirla, ahora me toca practicarla lentamente, como quien está aprendiendo a hablar…
* Ingeniera Agrónoma Universidad Nacional de Colombia; Mestre Agronomía, Universidade Federal da Bahía, Brasil

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