miércoles, 16 de febrero de 2011

LA CABALLEROSIDAD EN EL JUEGO

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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
 
“En la mesa y en el juego se conoce el caballero”, oíamos decir hasta hace poco en las lecciones de urbanidad y decoro. El caballero cedía su turno a la mujer, corría el asiento a ellas en la mesa y callaba sus chistes flojos en su presencia. Para los banquetes sociales había reglas para comportarse con decencia. Y algo parecido se decía del juego de boxeo, golf, tenis, parqués o póker, básquet, voleibol, natación o fútbol. La camiseta por dentro, las medias arriba, no tocar la línea, no marcar las cartas, utilizar la toalla, no dar un golpe bajo.

La etiqueta se convirtió en un bicho raro al que mataron con bate en las películas los padrinos y sus cuidanderos. Allí vimos usar palillos enormes para limpiar los dientes en plena mesa, insultar a las mujeres, comer a boca ancha y con la mano, pero con sacoleva y charreteras. Las buenas maneras sobraron y jamás quedaron migajas sino sangre debajo de la mesa. La grosería tomó el lugar de ser urbano y así lo dicen las letras del regaetón, la guasca y el nuevo rock extraño.

Por eso ha causado extrañeza que a la estrella Tiger Woods le haya caído encima una sanción por escupir cuando estaba agachado junto a uno de los hoyos en un juego de golf. Y él, caballero, se ha excusado por esta falta tan grave. ¡Qué tal que sobre el escupitajo fuera a parar una bola y luego el otro tenga que tomarla en la mano! Si hasta el mesero no debe tocar la servilleta que ha de llevar el comensal a su boca.

Escupir lo hace el enfermo de tisis o cuando el odontólogo lo ordena. Es una acción muy privada para la que hay un recipiente y un lugar. Pero hoy parece una acción normal hacerlo en las canchas de fútbol, en el parque, o en la acera mientras se conversa y se fuma. Algunos jugadores alcanzan mucha técnica y lo hacen con fuerza hacia delante a dos metros o por la izquierda con los labios semicerrados. Lanzan el gargajo sin pena, sin importarles quien mira o si luego alguien caerá sobre él en el césped por una zancadilla o un traspié. Y se tapan con un dedo un ojo de la nariz y envían el moco al césped por el otro.

La limpieza o el fair play existen desde antier. No es un invento de la Fifa o de Carreño. Es un modo de ser y de vida. Y hasta el pueblo que es sabio lo entiende, a través de aquel dicho con el que empieza esta crónica. El juego es un espectáculo público al que asiste gran cantidad de gente que merece respeto. Y se juega con compañeros que son de carne y hueso que pueden sufrir lesiones. Si por equivocación, o por el arte y la emoción del juego alguien pega o se tropieza, debe ofrecer disculpas. No es parte del juego perseguir y masacrar para sacar en camilla al contrario.

En el palmarés de un jugador no debiera quedar que se hizo famoso porque escupía a distancia como un lanzador de disco o que sacó a Guío o Cabañas o a otro astro de competencia o que hizo gestos obscenos a las barras o que dio un cabezazo al árbitro o que escupió en la cara al técnico o a la cámara o que le tocó las partes blandas al compañero de al lado.

La cancha de juego, como la mesa, es lugar para mostrar calidad en las acciones, pulcritud en el trato y honradez hasta en la equivocación. El mal comportamiento es un escupitajo que se devuelve a la cara del que lo envía.

16-02-11 - 9:23 a.m.

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