domingo, 20 de febrero de 2011

PUEBLO SUFRIDO Y AGUANTADOR

Reinel Gutiérrez

El pueblo colombiano puede catalogarse como trabajador y rebuscador infatigable, según lo que se puede observar en cualquier calle. Cuando se ven muchachos en las zonas de semáforos con un garrote en la mano para golpear llantas, e informarle al conductor del vehículo si está bien o mal de aire, se piensa que es un trabajo bastante duro y de poco futuro. Ningún golpeador de llantas se ha pensionado hasta ahora. El salario depende de la voluntad monetaria de la persona que conduce. De allí en adelante se encuentran vendedores de frutas, expuestos a que la policía en un momento les decomise la mercancía por orden del alcalde.

El mandato divino dice : "ganarás el pan con el sudor de la frente", pero como los lemas políticos es un arma de doble filo, porque no explica si es con la frente propia, o la de los demás. Esto último es bastante aplicable en el medio social donde unos pocos se han enriquecido con el esfuerzo y sufrimiento de otros. La esclavitud está vigente con todas sus consecuencias, sino que lo digan los mineros.

Hay patronos capataces que sin ruborizarse pagan menos del salario mínimo y hacen trabajar al personal de 6 de la mañana a 7 de la noche.

Hay personas que tienen que someterse a acoso de toda índole, ante la necesidad de trabajar.

Existen seres humanos muy resignados, que dicen "yo vendo limones por la calle, voto por el doctor Uribe y con esto resuelvo mi situación”.

También los hay que, emplean la superstición como forma mágica de solucionar problemas, y al salir de la casa se colocan una ramita de ruda detrás de la oreja. También hacen riegos y baños, esperando que eso sea más efectivo que los programas de empleo que anuncia el Presidente Santos. Hay trabajos fatídicos como el sicariato, que ahora está empleando menores de edad aprovechando la ganga que ofrece la justicia de no penalizar los crímenes de ellos. Por una suma ínfima matan a una persona, y ese es el panorama triste que estamos viviendo. Tenemos seres que nacieron con estrella y talento para cantar o jugar al futbol y les ha traído ganancias aceptables. Están los que crean cultos religiosos y se llenan de diezmos, porque no es mentira que los pastores viajan en lujosos carros mientras las ovejitas van a pie, pero esa es una manera hábil de ganarse la vida. Las pirámides dizque pagaban las ganancias a los pocos meses, pero en los aportes a la iglesia hay que esperar un milagro para ver si un día se le multiplica lo entregado. Y de las empresas electorales ¡qué se puede decir! Ese otro gran negocio que facilita a los avivatos manipuladores de la comunidad, las condiciones para resultar electos.

La gente recurre a lo lícito y a lo ilegal para ganarse la vida, y muchos padres de familia entregan hijos e hijas a la prostitución, para obtener ingresos. Por esta época donde hay afán y premura por el tiempo se venden minutos, y en ese trabajo hay batallones de hombres, mujeres y niños que tratan de ganar el pan de cada día. Y quienes adquieren una moto, la colocan al servicio público, porque no hay otra ocupación.

Cada día la crisis aumenta por el crecimiento poblacional y la forma como se hacinan las familias en las urbes, lo cual contribuye a la incomodidad, al engaño, al hurto y la estafa. Abundan las modistas, los vendedores de agujas, martillos, dulces, los abogados, los médicos, y los curanderos.

Un colombiano sale a vender 15 mangos en el día para sostener su familia de 4 hijos, y otro delibera en el congreso ganándose 20 millones de pesos mensuales, también para llevar de comer a dos hermosos retoños. Esa es la brecha que separa a los habitantes de esta patria, sometidos a la brega por el sustento diario, y terminan enfrentándose entre sí porque el equipo de futbol perdió, u optan, ante la falta de victima para torturar, apaleando una pobre perra, como sucedió con los policías de Puerto Tejada.

En fin, la gente espera que el candidato cumpla, que la ramita de la buena suerte obre, o que el milagro ocurra. La solución no está en que la ley aplique la pena de muerte al drogadicto, al atracador, o al pobre, está en la conciencia de bienestar colectivo.

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