TIENDA PARA OFRECER PENSIONES A PRECIO DE HUEVOS DE ORO
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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
De Colombia quisiera cantar todos los días como un ruiseñor sus vientos, sus colinas, sus ríos, su agua pura, sus árboles centenarios, sus valles, sus paisajes y cordilleras sanas. Quisiera predicar como Nietzsche del león, del burro, de los niños, de las minas de carbón que nos dan riqueza a todos y no a unos pocos ni daña la ecología su explotación malsana. No quisiera, como Picasso en Guernica, pintar una Colombia sangrante, insegura, en desempleo, con desplazados en cada esquina. No quisiera, como la Justicia, taparme los ojos para no ver lo que ocurre adentro.
Aunque señalar las lacras de la propia carne no es hablar mal de si mismo. Sirve de terapia y si el médico oye y pone remedio, la cara o el corazón abierto sana sus dolencias.
Lo que oímos por Caracol y publicó El Espectador duele más que una muela dañada, que el derrame de ácido sulfúrico de un camión tanque en un río, o lo ocurrido en Agro Ingreso Seguro. Un carrusel alegre giró y giró sin control en la propia Sala Disciplinaria del Consejo Superior de la Judicatura. Ahora bien destapan esta vergüenza los medios en su oficio noble.
Mientras a los pensionados “ordinarios” los autores de la ley 100 de 1993 condenaron al reajuste diabólico que resulta de aplicar el índice anual de precios al consumidor, a magistrados que llegaron por arte de una llamada en secreto a obrar como auxiliares de la Justicia por uno, dos o tres meses, se les ayudó a conseguir el reajuste de sus pensiones con la abultada suma de 17 millones de pesos mensuales.
¡Válgame Dios, qué veo!
a un camello le dijo un dromedario.
Tú eres en el desierto necesario,
mas la verdad, amigo, estás muy feo
con esa singular, alta joroba,
más grande que una alcoba.
¡Y el que así se burlaba y se reía,
dos jorobas magníficas tenía!
escribió el fabulista y poeta mejicano José Rosas, poniendo en boca de un camello la risa burlona porque el dromedario tenía una joroba. Si lo que ocurrió en el seno de una de las altas Cortes que vigila el buen funcionamiento de magistraturas, juzgados, jueces y auxiliares fue que perdió el norte y ese lugar se convirtió en una tienda donde se ofrecían huevos de oro como baratijas, como otrora en Foncolpuertos y Cajanal. Un escenario donde se debe aplicar la justicia a luz plena y se debe castigar a los que hacen trampas y saquean el erario, aplicó con celeridad la ruleta que elevó hasta los cielos las pensiones de sus compañeros y familiares de tertulias.
Razón tienen el Ministro Vargas Lleras y otras voces de que tal “Consejo Superior” no tiene nada de consejo ni de superior y que lo mejor es darle sepultura en cualquier sitio donde no se sienta el olor a feo y a donde no vayan otras visitas a pedir favores. Y con la misma presteza que empleó para realizar estas maniobras.
Flaco servicio le hacen a la disciplina, a la honestidad, a la transparencia estas hazañas tan olímpicas y rápidas. La historia de esta corporación no ha necesitado los veinte años para que su trayectoria deje estas huellas que denigran por si solas justamente de ella.
05-02-11 - 11.16 a.m.


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