domingo, 13 de febrero de 2011

Un poema de Mario Vargas Llosa

Gloria Cepeda Vargas

El número 69 de la revista “Arcadia” (noviembre-diciembre de 2010) publica un poema de Mario Vargas Llosa titulado “Estatua viva” cuyo contenido transcribo parcialmente:

I - Tengo un revoltijo/ en la cabeza/ pensamientos/ un sombrero de/ púas y barrotes/ descascarados/ y la imagen de/ una pierna/ fragante de/ mujer/ (digo fragante/ pero podría decir/ también/ suculenta/ voluptuosa/ aterciopelada/ núbil o/ febril)

II – Decir que no vivimos/ porque somos de madera/ piedra o bronce/ es una/ infame calumnia/ Hablo en plural/ pensando en/ mis hermanas:/ habitan en el/ corazón de las/ pinturas/ de los poemas/ en las acrobacias/ de las bailarinas/ o aparecen/ y desaparecen/ disgregadas/ diseminadas/ intensas/ inefables/ invisibles/ en los efluvios/ de la música.

III – Confinada en/ este parque/ de sauces/ castaños/ senderos de grava/ césped/ y bancas de madera/ tengo una existencia/ llevadera/ quieta y tranquila/ aunque no exenta/ de compensaciones/ y sorpresas/ No me molesta/ que los perros/ me orinen/ levantando/ una pata…

Y después de vaticinar: “Cuando a todos/ estos humanos/ se los hayan/ comido/ los gusanos, finaliza diciendo: yo seguiré/ aquí/ lozana/ y joven/ desafiando/ al tiempo/ con la serenidad/ de las estrellas.

Después de malquistarme con este torrente de lugares comunes, concluyo en que no es lo mismo un novelista que un poeta. El autor no dice nada nuevo acerca de las indefensas estatuas. Del avezado hilador de palabras monumentales (“Conversación en la catedral”), de cuestionamientos verbales más incisivos que el bisturí (“La fiesta del chivo”) o de ensayos donde el analista y el erudito se dan la mano (“Historia de un deicidio”). De constatar la médula del escritor planetario, del repasador gustoso de historias familiares, del hombre que estira y encoge el resorte de las palabras como le viene en gana. Después de seguir el periplo que arranca en Lima con “La ciudad y los perros”, pasando por un burdel de Piura en “La Casa Verde” (Premio Rómulo Gallegos), para quedarse hasta ahora en esa sobrecogedora denuncia de la explotación colonial de África, América-Congo y Perú que es “El sueño del celta”. De repasar una lista casi interminable de reconocimientos literarios y dignidades académicas concedidas por las más prestigiosas universidades del mundo como datos tomados al azar en su copiosa vida de escritor; de recordar que desde 1990 con Octavio Paz, las letras españolas no habían sido reconocidas con el Nóbel y saber que él es uno de los cuatro escritores ungidos con el máximo galardón literario en Suramérica, asombra que no haya visto la trampa que le tendía la más huidiza y taimada de todas las expresiones orales: la palabra poética.

La palabra es un caballo chúcaro. Hay que domarlo con sudor, tenacidad de yunque y plegamiento de cera. La obra literaria del peruano es una deslumbrante construcción episódica donde la prosa literaria encuentra su razón de ser, visión directa y minuciosa del que intenta colonizar el mundo a través de un lente de laboratorio sin el adelgazamiento de papel de seda que exige la exploración poética. Y no es asunto de disecciones o digestión de circunstancias. Mario Vargas Llosa es uno de los escritores más sólidos con que cuenta actualmente esta lengua nuestra, tan llevada y traída, podada y acrecida en la agonía de un mestizaje impuesto a sangre y fuego, pero la gestación y alumbramiento poéticos son otra cosa.

Quizá sorprenderá que alguna desconocida voz de provincia ose denostar en forma descarnada el producto poético de alguien consagrado por la crítica mundial. Hasta en las armaduras más sólidas suelen aparecer fisuras. La poesía, como la luz, fue antes que cualquier despliegue de palabras. La novela, el cuento, el ensayo para no hablar de la escritura pragmática, llegaron cuando ya el camino había sido colonizado por esa sinfonía inefable, dueña de todas las definiciones y de ninguna, dulce pájaro antiguo como la vida y el amor. Por eso la poesía reclama ser entrevista sólo por el tercer ojo del poeta. “Tiempo que huye de sí y a sí mismo se alcanza”, dijo de ella Quessep. Tiempo sin tiempo mensurable. Universo creado sólo para el oído-pescador en ese mar terrible que golpea más allá de los sentidos.

El libro, editado por el Taller de Libros de Artista de Luis Ángel Parra y María Eugenia Niño en Bogotá en una edición de noventa ejemplares, contiene el poema de Vargas Llosa con tres litografías del artista peruano Fernando de Szyszlo y vale doce millones y medio de pesos. El libro es una obra de arte y como a tal hay que mirarlo. Un producto exquisito que seguramente satisfará a los más exigentes coleccionistas de objetos bellos y casi exclusivos. Sólo su espléndida estructura y el aura que ostenta merecidamente el autor del poema, justifican su existencia.

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