viernes, 11 de marzo de 2011

DESINENCIA

Rodrigo Valencia Q
Especial para Proclama del Cauca

Me refiero a los aforismos de Pedro Vargas; no el cantante mexicano, sino un joven escritor filosófico que se graduó en ciencias políticas en la Universidad del Cauca y que está escribiendo un libro que poco a poco va completando en el curso de la vida.

Desinencia: término que, según él, hace relación al acabarse progresivo de las palabras, una idea que muy pocos aceptarán para no desmentir su cosmovisión dominada in extenso por la verborrea intransigente y mitificadora de civilizaciones a ultranza, yectas irremediablemente en el comercio cultural de los vocablos, en las boscosas mitomanías de los proyectos palabreros, en la aparatosidad deslumbradora y altisonante de la expresión afectada por la verbosidad para la nada; o para lo mucho que implica deslumbrar a través de discursomanías intelectuales propias de la academia, la reverencia, las doctas ignorancias y los cánones establecidos.

Se necesita ser disidente con casi la totalidad de las cosas, creencias y paradigmas culturales, para poder plantear una desinencia; hay que haber avizorado en la oscuridad, entrever la falsificación pomposa y rigurosa en que la tradición y el mundo han metido al hombre, cargándolo con fardos y máscaras que sólo la honestidad puede quitarnos de los huesos, nervios, neuronas y almas con sus rictus vergonzosos y alienados. Hay que ser aspirante a una asepsia espiritual y tener el coraje de denunciar los disfraces que laceran la realidad y las visiones; hay que intentar transacciones hacia lo impoluto, para dejar los lastres que hemos heredado de los siglos y las voces que moldean el tropel acalorado de las sociedades; porque, desde antiguo, no hemos hecho más que venias interminables a las apariencias, al teatro vistoso de los acontecimientos, a las miradas diversificadas que proliferan en mil tareas pero que no buscan la comunión con lo fundamental.

Somos díscolos en la previsión de lo verdadero; y muchos dirán: ¿Pero, qué es lo verdadero? ¿Acaso los sabios, filósofos y santos han dado con lo verdadero? ¿Qué tenemos qué ver nosotros, los hombres de este siglo, con lo verdadero? Es una buena pregunta para quien sea capaz de averiguarlo; y es una mala pregunta para quien no le importa ni cinco adónde nos lleva este enigma fundamental de la vida. Damos tropiezos; de tumbo en tumbo vamos cayendo en el abismo, de sombra en sombra vamos perdiendo cada vez más el alma.

Es la comedia humana, quizás, el centro de estas desinencias de Pedro Vargas; quizás no tengan lugar allí las luces de los tiempos; o quizás los tiempos están maduros para intentar la desinencia, el cuestionamiento de todos los valores y el derrumbe de los ídolos. Pedro Vargas, con su timidez a flor de piel, lo intenta; escribe sentencias cortas, la intensidad del aforismo en cada frase; nos lleva a tocar puertas que revelan la insustancialidad, lo efímero e ingenuo de los ritos consagrados; y lo hace con talento excepcional, cultivando una escritura que no existe en nuestro medio, una escritura fragmentaria que permanece aún virgen en nuestra “cultura”. Por ejemplo:

“La máxima revelación no es soportable. Estamos perdidos en el mismo instante en que ya no queda en nosotros cierto grado de… ingenuidad.” “La revelación de lo que verdaderamente somos oscurece nuestro entorno.” “Fue la mano del demonio la que ayudó al primer homínido a erguirse totalmente.” “Vivir: herirnos mutuamente.” “Revolucionario: quien tiene la más precaria referencia de la condición humana. El reaccionario también, pero lo sabe.” “Absurda odisea del mundo civilizado ésta, la de podrirse en la cima. Hasta en su manera de perecer busca la distinción, ni agonizando abandona su soberbia.” “Sólo quien no se ha enfrentado a lo esencial puede ver el mundo políticamente. Es decir, lo que hace parte de las cosas de segundo orden. La política: bulevar de la impostura.” “No se es locuaz impunemente.” “¿Cuándo coincidiremos con nuestro verdadero rostro?” “Acostumbrados a la hipocresía, la sinceridad se ha transfigurado en insulto.” “Someterse a duda uno mismo: último gesto de la carcajada.” “No existe lucidez impune.” “Existe una sumisión explícita y necesaria en toda verdadera liberación.” “La impostura siempre es solemne.” “La omnipotencia de la mirada estética es nuestra perdición.” “Callamos en el preciso instante previo en el que podrían quedar en evidencia todas las cosas patéticas y estúpidas que sirven de insumo para algunas de nuestras fórmulas.” “El formalismo (en todo ámbito) es el asesino del sentimiento.” “Lo original y fecundo muere en toda revolución.” “La ciencia: ese prejuicio… ilustre.” “Nunca caigas en la vergüenza de ofrecerle paliativos a tu soledad.”

En este estilo, el joven Pedro Vargas escribe sus aforismos. Simplemente, uno puede ver que el asombro estaba escondido en una edad tan joven como la de él, y que hay mucho espacio insondable en donde él puede recuperar más palabras acusadoras, haciendo caso omiso a toda fachada establecida.

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