jueves, 10 de marzo de 2011

Dos hombres bailan un tango

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Por: Ángel Castaño Guzmán

La lectura de columnistas de prensa depura, sin duda, posiciones personales sobre fenómenos sociales. El ciudadano encuentra en el cotejo de argumentos interesante gimnasia mental cuyo resultado puede, desde luego, situarlo en la antítesis del texto consultado. La ecuanimidad, regla insoslayable para el abordaje de enfoques construidos muchas veces a la ligera, escasea en la discusión nacional. Gran porcentaje de articulistas ignora sus límites y proclama disparates. La carestía de rigor necesario en análisis de la realidad contribuye a la pobreza del debate, circunscrito a la agenda noticiosa de medios masivos, apéndices de conglomerados económicos. En Colombia, país de políticos metidos en el ajetreo del linotipo, son legión los coronados con el laurel de las glosas editoriales y, por el contrario, contados con dedos de la mano los grupos de investigación reporteril.

En consecuencia, el ruido de cientos de voces camufla la monotonía de los temas. En un ambiente así, el cliché es norma.

Los intelectuales literarios, dueños y señores de espacios de confrontación civilizada, poco pudor tienen a la hora de lanzar juicios sin respaldo distinto a la dimensión del ego. El escándalo ocasionado por las declaraciones de Harold Alvarado Tenorio es apenas uno entre miles. Sin salir de las dimensiones de esta página, remito a la desatinada premisa central de la columna del miércoles 2 de marzo de Óscar Piedrahíta G. Numerosos comentarios adversos mereció la peregrina idea del veterano escritor de considerar la homosexualidad un problema humano. Oposición expresa merece, sobra decirlo, el denuesto del autor de Súmmum (2009) y Cantos de Dioneo (1968) a la comunidad LGTB. El apunte carece de evidencia científica y, más bien, huele a sacristía. Periplo sugestivo y sintomático el del poeta: de las filas de barbados y estridentes seguidores de Gonzalo Arango pasa a las del Santo Oficio.

Escribe el vallecaucano radicado en Armenia: “Es un principio pedagógico irrebatible. Niños criados y educados con el ejemplo homosexual de sus padres adoptivos van a ser personas homosexuales”. No refiere investigaciones serias ni datos probados ni mucho menos acepta matices. El mediano prestigio logrado en la cátedra universitaria de una rama del conocimiento distinta a la psicología es el cimiento del sofisma. Ningún rastro de novedad hay, insisto, en la aseveración, punta de lanza de enemigos de reformas progresistas. Asimismo, el adjetivo irrebatible y el tono dogmático de la frase obvian un hecho iterado en la historia de la humanidad: aparte de la muerte, nada hay incontestable.

El dictamen formulado líneas después de la anterior cita no resiste dos preguntas. Dice: “Ese derecho puede incrementar el homosexualismo, un problema humano que no ha sabido solucionar ninguna cultura en la historia de la humanidad”. Los problemas requieren procedimientos profilácticos. El gobierno cubano, esgrimiendo idéntico pensamiento, trató de corregir las desviaciones de Reinaldo Arenas, gay confeso, confinándolo en una mazmorra.

La notoriedad del novelista, sentenciaron miembros del partido Comunista, ejercía nociva influencia en la juventud, estratagema equivalente a la usada en el proceso contra Sócrates. En el momento de la evaluación de la vida de una persona, ¿importa con quién comparte cobijas o cuál orificio penetra en busca de satisfacción? La respuesta de Óscar, colegida de los fragmentos entrecomillados, es sí, si importa.

La base de la democracia contemporánea es la soberanía de los ciudadanos y su igualdad ante la ley. Además, si bien la familia heterosexual no garantiza una sociedad humanista —las pruebas, basta encender la tele, insinúan lo contrario—, sería completa tontería sustituirla por la homosexual. Estimado Óscar, la cuestión de fondo es el respeto legal a las decisiones individuales en tanto no menoscaben al prójimo. El resto, hojarasca.

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