EL OFICIO DE UN MINISTRO
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
La palabra ministro es vieja y ya tiene arrugas. ¿La inventaron los faraones, tal vez, o los sacerdotes que administraban el tabernáculo, o los arúspices que leían el canto de los cisnes? Se denominaba ministro el que servía de intermediario en los menesteres del culto ante el dios de cada región. No era cualquiera. Había de hacer curso y ser honesto, seleccionado entre los más sabios y prudentes y ungido en ceremonia. Vestía de toga y ganaba sueldo como un magistrado.
El oficio de ministro era, pues, un servicio social y de carácter casi religioso. En la historia ha habido ministros muy famosos que han roto ese paradigma. Maquiavelo desacralizó el oficio de los ministros y lo ató a la voluntad del Príncipe. Debía mantenerlos a raya y si no coincidían con su gobierno, con rapidez debía destituirlos e, incluso, ordenar su muerte.
También los ha habido que han dado lustre al nombre. En Inglaterra Disraeli y Churchill, Talleyrand, Richelieu en Francia, Robert Kennedy en EE.UU. y Nelson Jobim en Brasil. En Colombia hicieron famosas sus administraciones, Esteban Jaramillo en la cartera de Hacienda, Laureano Gómez en Obras Públicas, Antonio Ordóñez Plaja en Salud, Rodrigo Lara Bonilla en la de Justicia, Luis Carlos Galán en Educación.
Hoy parece que los ministros se intimidaron frente a la carga o que se acostumbraron a recibir un guiño desde arriba para actuar. Pareciera que no tienen independencia o presupuesto. Los de Interior y Justicia y de Agricultura se han movido y han presentado resultados. Pero Transporte dejó fluir el tiempo y casi degenera el paro. Debió el Vice interponerse para salvar la situación. Minas y Energía mira impávido cómo se desmoronan montañas y se contaminan ríos y se desplazan los habitantes, cómo pululan las licencias para explotar minas por todo el territorio nacional. Ha dejado que Ecopetrol gane billonadas y cobre sobretasas y exima de regalías y no sepa qué hacer con tanta plata, mientras que la gasolina sube y sube.
Minambiente, - ¿existe? - mira sin rubor cómo en Tabio, hermosa población en la sabana, con aguas termales y productora de leche, se destruye para sacar gravilla y construir un hueco enorme como lo hizo el bobito Simón. Y tiene una concesión por 20 años más. El bello Páramo de Santurbán teme que sus frailejones blancos desaparezcan ante la fuerza y voracidad aurífera de las retroexcavadoras de la firma canadiense Greystar. ¿Cuánto piensa llevarse de Colombia y cuánta riqueza ecológica perderemos? De nada valen las alertas de entidades protectoras, de los medios* y de Fenalco que se oponen por razones ecológicas.
Estamos a la espera que la prosperidad y sus locomotoras arranquen. Miramos allá a lejos en la carrilera y no aparecen en la curva. El presidente Santos mantiene su tono conciliador, pero no pisa el acelerador a favor del pueblo. La ley de primer empleo, como el Plan de Desarrollo, tiene colgados micos. Los motores no han llegado a las ciénagas, ni jarillones ni diques* se empiezan a construir y ya se oyen voces en las empresas que sufrieron la inundación de enero. Las CAR parece que se han bajado por las orejas del burro y responsabilizan a otros la falta de cuidado de las riberas o cuencas de los ríos que por ley pertenecen al Estado.
¿Cómo y quién dará energía a los ministros? No será el ministro del ramo que luce mudo ante los reclamos. ¿Hará falta otra ley que les dé más autonomía o amplíe sus funciones? En Colombia somos expertos para desviar las cosas haciendo leyes como puentes que luego se caen.
04-02-11 - 17:03 p.m.


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