EL SONIDO DEL PROPIO NOMBRE
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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
El oído es un órgano interno muy sofisticado que tienen los humanos y otros animales. Les sirve para recibir sonidos del exterior y para mantenerse en equilibrio. En él hay túneles, laberintos, membranas, cables que perciben estallidos, gorjeos, arrullos, arpegios, llantos, quejas y cuchicheos en secreto. Es un aparato tan moderno y preciso más que un celular o un mezclador de minicomponente. No produce sonidos, pero allí se oye desde el croar lejano de las ranas y el rastrilleo de costillas de los grillos hasta los requiebros y las sinfonías del Universo.
Cuando el infante nace su boca es el instrumento que lo une a la madre y por el que expresa sus inquietudes. Todavía tiene en blanco su oído, hasta que llega el notario e inscribe el nombre que le cuelgan de la oreja sus padres. Ahí empieza a resonar como el golpe de un martillo a la hora de la siesta el nombre que le repite su padre, su madre, sus tías, las enfermeras que lo miman. Su pequeño mundo interior solo oye el repiquetear en su tímpano de las letras de su nombre. Llega e impregna sus cavidades mientras le ponen los pañales y sus familiares reciben las visitas.
Mientras es pequeñín, su nombre está en boca de los abuelos, de los tíos, de cuantos vienen a la casa materna o los amigos con quienes va a la clínica o al parque de atracciones. Todos preguntan por el nombre del “tigre” o la “princesa”. Y cuando lo llaman o pronuncian esa palabra que cruza los aires como un ser alado, se siente halagado porque sabe, narciso, que es a él a quien se dirigen las miradas.
No sabemos aún cuales neuronas son las guardan en la caja fuerte ese nombre propio. Deben ser de felpa, aromadas, con membrana de campana o castañuela. Lo que sí sabemos es que el nombre que identifica nuestro yo, tiene una música acolchada, un timbre que llena un teatro o una sala de espera de un aeropuerto cuando nos llaman a la graduación o a pasar a bordo. El nombre tiene un imán que viene desde el vientre de la madre y que atrae a los compañeros en el colegio, a los novios o novias, así sea que en la lista de los directorios telefónicos se repita en decenas de páginas. El suyo es el que solo tocan sus allegados y siempre salta y se pone de pie o bate la cola como el perro con el llamado de su amo.
Nombres como Federico, Ludwig, Alfred, como Susana, Iván, Adolfo, Pablo o Juana, han entrado a la historia. Unos tienen música de orquesta sinfónica, otros de rosa y utopías, o de invenciones, de intrigas, de sabiduría, de inocencia, de terror y sangre o de locura. Detrás de ellos hay sonidos de campos de batalla, de himnos patrios en Olimpíadas, de discursos encendidos, de marchas y llamaradas.
El sonido inicial que era puro, sin tintas teñidas, va adquiriendo un tono y nuevo timbre a medida que quien ejecuta melodía hace caso al equilibrio y la armonía. O, por el contrario, las flautas y los platillos y los violines desentonarán y producirán unos chillidos que solo agradarán a quien los toca en partitura personal. Han dañado la tesitura de su oído, y su sonido se enredará en los laberintos y chocará contra las paredes del universo. ¿Usted, amigo, tiene la fortuna de conservar intacto su oído, y consigue que quienes pronuncian su nombre produzcan en su interior paz, armonía y lo hagan sentir orgulloso de su nombre, tal como lo soñó y creó el vientre materno?
02-02-11 - 5:02 p.m.


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