Son las controversias de nuestra Colombia. Un país lleno de oro que está acabando con el agua de nuestros ríos y vive enjaulado por narcotraficantes disfrazados de mineros, que vierten irresponsablemente mercurio y cianuro para probar el metal bendito que aquí es el oro maldito. Y como en la canción mexicana, llora su dolor.
Hace algún tiempo denunciamos el desastre que dejaron estos mineros irregulares en Zaragoza, Valle del Cauca. El oro destruyó 43 kilómetros cuadrados de la cuenca del río Dagua.
Entre los problemas que allí se presentan están la prostitución infantil y varios asesinatos que quedaron en el silencio y bancos y banqueros clandestinos que armaban sus carpas en las curvas de la bomba de gasolina, que curiosamente se instaló allí para surtir las máquinas de los ilegales.
Ellos ponían el precio del metal y no permitían que saliera de allí. Eso sí, instalaron un gran frigorífico como en los mejores barrios del país, surtido de carne y verduras de primera, que junto a un restaurante de pollos saciaba el hambre de los barequeros que trabajaban noche y día. Todo esto ocurrió frente al sitio Bendiciones, que por la historia vivida hasta hoy, sólo aportó maldiciones.
Visitamos las autoridades y nadie se responsabilizó. Hernán Martínez Torres, ministro de Minas del gobierno Uribe, reconoció falencias e irregularidades grandes, pero no aportó soluciones.
Permisos mal habidos, licencias falsas, retroexcavadoras ilegales que aún están allí como testigos del daño ambiental, no fueron motivo para una actuación digna de la autoridad porque estaban de salida.
El entonces comandante de la Cuarta Región de Policía, general Gustavo Adolfo Ricaurte, mostró los informes que envió a Bogotá sobre el tema. Hasta documentos de consignaciones falsas realizadas supuestamente a través de la DIAN había en la carpeta que se archivó en silencio.
Ni qué hablar del Alcalde de Buenaventura, quien a través de su secretario de prensa se comprometió dos veces a responder y nunca apareció ni emanó una orden para intervenir el sitio “porque se le convertía en un problema de orden público que él no iba a enfrentar”.
Así se acabó el río Dagua y ahora siguen los mismos con Anchicayá y todas las vertientes y quebradas que remojaban la antigua vía a Buenaventura.
Para qué hablar de Suárez, Cauca. Allí siguen en la época del tronante artesanal que rompe las rocas sin responsabilidad. Allí hay oro en beta y en polvo. Hace unos años la montaña se rodó hacia el río y causó varios muertos. Allí tampoco se ha hecho nada por parte de la autoridad ambiental. Vimos rostros extraños que se quieren meter como socios de la comunidad olvidada en un peligroso matrimonio.
El mapa del oro maldito se extiende a la costa Pacífica de Cauca, Nariño y Chocó. Los invito a que hagan el viaje en avión Cali – Quibdó en Chocó y miren para abajo el verde letal que quedó sobre los esteros o averigüen en Timbiquí, Guapi, Barbacoas, Tumaco y Telembí, quiénes son los capos de la nueva generación del oro. Aquella que quiere remplazar a nuestros ancestros africanos que siguen utilizando su barequeo con plantas que la misma naturaleza les da en la selva para limpiar el oro.
Allí van a encontrar nombres extraños en la región. Incluso leyendas históricas del desastre ecológico, moral y étnico que dejaron los rusos que vinieron con sed de oro y terminaron preñando e infectando a las mulatas que sucumbieron antes sus dólares, sus ojos claros y sus venéreas que parieron malformaciones lamentables.
Ahora, esos mismos están “trabajando” el río Mondomo en el norte del Cauca y ya casi lo tienen acabado presentando a la autoridad “licencias en trámite”, que es la modalidad para ser minero en Colombia.
Me tocó ver hace pocos días, cerca de La Pintada, la barbaridad que están realizando en el río Cauca. En el sitio “Careperro” y en la finca La Cortés, que perteneció al liberal Rafael Uribe Uribe.
Allá la montaña aurífera de Marmato se vino sobre el cauce el pasado invierno y lo llenó de oro. La playa de arena que dejó la creciente está sembrada de deshechos plásticos y metálicos que botan los “mineros”. Vi más de 200 y la romería sigue aumentando cuando les dicen que “a veces en un día se sacan hasta un millón y medio de pesos”. En la tarde las balanzas y las pesas improvisadas en el pueblo pagan los castellanos.
Esto, para no cansarlos, ocurre en esta jaula de oro que se llama Colombia, sin que la autoridad ambiental y minera haga siquiera un intento por instalar el orden. Y ni siquiera sabemos lo que pasa en las minas betas de Taraira en la frontera con Brasil, donde hace algunos años encontré mucha gente que “prefería no recordar su nombre”. Debe ser porque “todo lo que brilla no es oro”.
Texto copiado de www.rcnradio.com
Conozca el original en http://www.rcnradio.com/noticias/22-03-11/en-una-jaula-de-oro#ixzz1HRgcllM3

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