Gloria Cepeda Vargas
El 26 de julio de 2004 se cumplieron los primeros cien años del nacimiento del poeta Luís Vidales. La hacienda Río Azul en Calarcá, Quindío, lo precipitó a un mundo que no tardaría en volver boca abajo con palabras distintas a las que regurgitaban los cazurros molinos de Colombia.
La primera guerra mundial había terminado. La llamada Revolución Industrial se adueñaba del mundo. Sindicatos, obreros, oficinas y nuevos capitales financieros aparecían como protagonistas de una página hasta entonces inédita, con la máquina como dueña y señora de un tiempo sometido al huracán industrial y burocrático de post guerra.
El arte se enfrentaba a propuestas subversivas de Breton, Jorge Braque y Pablo Picasso, las que al descoyuntar el tótem centenario, se derramaron convertidas en un monstruo voraz.
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León de Greiff y Luís Carlos López decían adiós a los últimos coletazos del modernismo. Lejos quedaban la uniformidad y el balanceo parsimonioso del discurso poético en Colombia. Al sur del continente, voces como las de Vallejo, Huidobro o Borges, avizoraban lo crucial del instante. Pero los suyos eran esfuerzos individualizados a pesar del fugaz Ultraísmo o del choque demencial de Vallejo. Entonces, y a instancias de Luís Tejada, apareció en Colombia en 1926, la primera edición de “Suenan Timbres” -emblemático poemario de la edad de una parte del planeta- y se instaló el surrealismo literario con Luís Vidales a la cabeza.
No es de extrañar que la crítica del país lo ignorara. En una sociedad que no había salido del cascarón, los poemas de ese libro eran un sacrilegio. Deberían transcurrir cincuenta años para que en 1976, con su segunda edición, fuera reconocido como lo que es: expresión necesaria de ruptura, acorde con la marcha de un mundo que se transformaba irreversiblemente.
Para entender la importancia que revistió el año de 1926, es preciso hurgar un poco en la historia del siglo XX: Creación de la Primera Confederación Obrera en la Argentina, último período de la hegemonía conservadora y despertar de las masas obreras en Colombia con gigantescos oradores de plaza pública como María Cano, nacimiento del Partido Socialista Revolucionario antecesor del Partido Comunista Colombiano, episodios de barbarie medieval como la Masacre de las Bananeras en 1927; aparición del sicoanálisis de Freud, nuevas teorías políticas como el marxismo, osadas incursiones de Dalí, genio y dolor de Chaplin, todo esto y más sobre un fondo surrealista recién entamborado y a dos o tres años de distancia de los “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” de Neruda, de “Poeta en Nueva York” de García Lorca y de “Trilce” de César Vallejo. Colombia aportó dos libros de dimensión continental: “La Vorágine”, de José Eustasio Rivera y “Suenan Timbres” de Luís Vidales, ambos publicados por primera vez en 1926.
“Suenan Timbres” trajo un aire refrescante a la poesía colombiana, cuya última ventana fue abierta por José Asunción Silva de cara al modernismo. Entregó a los poetas nuevos escenarios y frescos interlocutores, privilegió lo dinámico sobre lo estático, proscribió del verso llanto y nostalgia excesivos, rescató el giro lúdico y travieso, apenas pulsado con anterioridad por León de Greiff y el tuerto López. Sus cuentos y ensayos son ejemplo de literatura urbana y conversacional en Colombia y fragmentan, textual y oralmente, el marco de nuestra narrativa.
Entre el silencio de esta casquivana memoria colombiana, se cumplió hace siete años el primer centenario de tu nacimiento, viejo y respetado Luís Vidales. Descansa en paz, si es que en esa “Filosofía del tropiezo” que te llevó a la cima, es posible dormir definitivamente.


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