Por Alfonso José Luna Geller
Sentada en la sala de su casa en Caloto, diagonal al Instituto Municipal para el Deporte, a las 10:30 de la mañana de ayer, el fatídico primero de marzo, Aida Lucía Victoria Zapata escuchó el rutinario estrépito de un helicóptero que se posaba sobre la cancha de fútbol del municipio y minutos después despegaba habiendo dejado en manos de cuatro policías y un funcionario del banco unas bolsas, al parecer, llenas de dinero. Minutos después, mientras intentaban dirigirse hacia la entidad bancaria, ella, tejiendo unas delicadas prendas de su hija Gabriela Criollo Victoria, de sólo nueve añitos de edad, que a esa hora estaba en la escuela, escuchó unas ráfagas y explosiones, que le hicieron presentir lo peor, pues todos saben - hasta las autoridades - que Caloto ha sido atacada, arrasada, robada y destruida muchas veces, asiduamente desde hace casi 470 años, con su fundación, que fueron nueve, por todo tipo de delincuentes y potentados, y en los últimos decenios por las Farc, cada vez que se les ocurre.
Fatal presentimiento. Se desplomó a los pies de su hermana Mercedes, quien sin mayor angustia imaginó que Aida Lucía había tropezado con la máquina de coser. Pero una bala de fusil, de las miles que surcaron los aires caloteños por unos instantes, había atravesado la calle para alojarse directo en su cerebro. Sus padres, Clara y Pedro, que estaban en otra habitación, habían soñado que su hija, esposa de Gilberto Criollo Penagos, - quien estaba en su trabajo en la galería -, por su bondad, entrega a su familia, ternura y por la resolución que demostraba tejiendo un futuro amable para todos los que la rodeaban, no podría morir primero que ellos; iba a ser una anciana – apenas tenía 31 años – rodeada de nietos, esparciendo los consejos que un alma noble después de larga experiencia vital, podría irradiar para bien de todos. Era la ilusión.
Frustración auténtica, como la de millones de colombianos. Aída Lucía se sumó, sin buscarlo, ni atreverse más allá de lo que le permitía hacer su espíritu generoso, a la ya infinita lista de víctimas inocentes de una guerra que no puede contener ni la institucionalidad legalmente aceptada, ni las organizaciones pervertidas – hasta hace poco algunas con supuestos ideales políticos - que todos los días se arman con instrumentos de muerte cada vez más sofisticados, para alzarse con unas cuantas bolsas, para ellos, en medio de esta locura, infinitamente más valiosas que la vida de unos seres humanos, que no valen nada. Otros cinco cuerpos inertes quedaban tendidos en el húmedo escenario futbolístico. ¿Imprevisión, falta de inteligencia, el lugar o el momento equivocado…? Fue una masacre justificada por unos cuantos pesos. Otro capítulo más del conflicto colombiano, ayer y hoy desde el flanco izquierdo, antier y mañana, desde el opuesto, el los poderosos que cotidianamente se roban lo de todos con violencia moral y física. Y, mientras pueda sobrevivir, desplazándose por el medio, todo un pueblo inerme, única víctima eterna de una guerra que no es suya. Los victimarios acampan en las orillas, los inmolados, río abajo.
Mañana, otro entierro de otra inocente. Paz en la tumba de Aida Lucía. El Estado y nuestros delincuentes, mirando cada uno para su propio lado, ambos, simplemente pensando en la “Bolsa”, su única motivación de “Vida”. Nada más.

felicitaciones alfonso muy buena tu columna, es la cruda realidad de nuestro pais que se siue desangrando por la violencia
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