QUE EL HIJO BOBO SALGA DE SU ENCIERRO
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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
La mayoría de los colombianos, ante papá Gobierno y Congreso, somos como un hijo bobo, que ríe y no habla, que medio está vestido y come cuando le arriman la cuchara. Cuando llega a mayoría de edad le asignan en la Registraduría un número de serie y ya puede salir, de la mano de la mamá o de un tío, a votar. Para eso sí es perfecto. Hasta alguien le da tamal y le ponen un billete de cinco mil en la mano para que lo bata como una veleta.
En Colombia el pueblo es un gran hijo bobo. No piensa por sí mismo. No sabe pensar. Por él piensan su presidente, sus ministros, el Congreso y sus magistrados. Todo lo hacen, eso sí, a nombre de él. Aquí el Pueblo, el nombre, existe solo en el texto de la Constitución y en los anales de la Historia Patria. Sus bienes, su territorio, sus ríos, selvas, fauna y delegaciones, todo, es un cheque a su orden y pueden disponer a la hora que lo quieran.
Se proyectan leyes, se redactan decretos, se cambia la Constitución, se firman Acuerdos comerciales en los que se compromete al pueblo entero. El Bobo está allí, detrás de la puerta, sin darse cuenta de lo que se hace a espaldas de él. La promulgación de la ley, los decretos y las resoluciones y su validez la conocen el oficial mayor de la Secretaría y el gerente de la Gaceta Oficial. De los micos apenas sabrá el Pueblo bobo si alguien destranca la puerta por equivocación y lo ve ahí detrás arrinconado.
¿Qué el Pueblo es soberano? Pregúntele usted esto a Horacio Serpa y verá qué contesta en modismo santandereano. Es pura demagogia. El Pueblo, quizás, quedó colgado en pedazos en la guillotina, allá en la Revolución francesa cuando se acuñó el lema aceitoso de Libertad, Fraternidad e Igualdad. Rousseau nunca pudo hacer reunir esas tres gotas.
Los pueblos de Egipto, Libia, Yemen se han levantado del rincón oscuro donde lo habían mantenido por generaciones como paria. Sus papás Mubarak, Gadhafi y demás alegres tiranos han sentido el rechazo centenario. Su religión les ha servido para proclamar a gritos el Día de la Ira y salir a la calle sin velos en la cara y sin pelos en la lengua.
¿En dónde está la Prosperidad, si se aumenta la edad para disfrutar la pensión, si se ofrecen más exenciones a los empresarios, si se pauperiza cada vez más el pago del empleo, si la ayuda al campesino apenas llega con cuenta gotas, si se siguen otorgando concesiones a los mineros extranjeros, si Ecopetrol sigue enriqueciéndose como si el petróleo se estuviera importando del Golfo de México o la Florida?
El discurso no puede seguir siendo que cada día cae un narcoterrorista y que el gran mal es la inseguridad. Y en Palacio todo son risas, discusiones baratas de Pastrana, viajes a Miami, y promesas - que pasado el invierno - se ve que fueron vanas.
Ah, engaño con el pobre pueblo colombiano. Con la reestructuración de los ministerios, el Seguro Social, el DAS, el Sena, el Ministerio de Trabajo, llegará más prosperidad. El Dane certificará que la inflación y el desempleo bajaron a un dígito y que aquí no pasa nada grave. La policía dirá por los micrófonos que los cuadrantes han funcionado y la delincuencia ha bajado. Y la corrupción sigue adelante. Y se aprovechará la ocasión para defraudar más al pueblo Bobo.
Nadie certificará que el Bobo se quedará allá, tras la puerta, convencido de que afuera campea la gran prosperidad pero para unos pocos, muy distanciados del Pueblo.
16-03-11 - 16:01 p.m.

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