Reinel Gutiérrez
No se ha logrado establecer plenamente el motivo por el cual la mujer da cantaleta, arma tan peligrosa que muchos sufren al recibirla.
Tal vez sea cuestión de género, algo genético, de costumbre, tradición, o cultura. Ella por no tener la fuerza y el arrojo para actuar físicamente, y defender así su entorno, entonces emplea el único musculo que no se encalambra como lo es la lengua.
Todos los maridos le temen a la cantaleta, ya sea al llegar de trabajar, al arribar a la casa a la madrugada, o por no ayudar a los menesteres del hogar, aparte de sus obligaciones económicas y conyugales.
Lo cierto es que si la esposa, novia o compañera, no suelta 5 mil o más palabras por minuto, no se desahoga, y a veces un palabrazo duele más que un golpe con el cenicero o la lámpara. El afectado en estos casos solo tiene que agachar la cabeza y oír la sarta de señalamientos culpas y pecados que ella dice que él ha cometido. En esto se menciona a la familia de la víctima, como la suegra (vieja alcahueta), los hermanos y primos, (borrachines y vagos), y los amigos en general.
En lo que sí puede haber consenso entre médicos, sicólogos, siquiatras, esposos, y hombres en general, es que la mujer dentro de su esencia necesita hablar bastante.
Vale la pena entonces darle más libertad, que salga de la casa, y se convierta en narradora de fútbol, o pastora evangélica, oficios que pueden ser una terapia.
Una señora al llegar a la casa después de narrar un partido entre el América y Millonarios, o Real Madrid y Barcelona, con tiempo reglamentario y alargue, no le quedan ganas de pronunciar palabra alguna, así tenga motivos para reclamar cosas al esposo. O en el otro caso, una predicadora después de sermonear 3 horas en el culto, lo más posible es que regrese callada y silenciosa a su hogar.
Vale la pena darle la oportunidad de que salga y hable todo lo que quiera, y si no tiene cabida en los estadios y los templos, entonces en la plaza pública como dirigente de la política.
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