ATARDECERES
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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Los días son un gran bulevar de ancho espectro. Poseen compartimientos en los que tienen cabida luces, brillos, vuelos, vientos, nacimientos, sombras, arreboles, sol ardiente o lluvia y frío. En sus horas suceden hechos, acciones, aperturas, cierres, transacciones, apretones, distensiones, acercamientos y separaciones. Aparecen ante nuestros ojos, el alba, la mañana, el medio día, el atardecer y la noche con la luna.
Atardecer. Qué palabra tan romántica, tan de los enamorados, llena de paz y celajes. El alba demora en llegar, la mañana se encarama en la espalda y casi no se acaba, el mediodía acalora y agobia la frente y la tarde resbala y poco a poco cae. Trae consigo al atardecer, su apéndice suave.
Esta parte del día está hecha para el disfrute y para la intimidad, una vez terminan los trabajos y fatigas del día. En el atardecer hasta las vacas se dirigen cansinas hacia el abrevadero y lugar de descanso. Los pájaros revuelan cañadas y arboledas para encontrarse en la bandada sobre la manigua. Las mentes se aquietan y las pasiones se relajan. Los amantes miran sus relojes y alistan su cita en el puente o junto a la reja para solazarse en el abrazo mientras observan el color amarillento o enrojecido del arrebol que se estira y desvanece.
Ni es día ni es de noche. La penumbra acompaña más que la luz y la noche. Los atardeceres son propicios para los secretos y los besos. Porque a los secretos los oculta la sombra y los deja ver el día. La penumbra deja ver la sortija y la sinceridad en la boca y en la frente. Porque los besos se sonrosan en los arreboles y se marcan así en el recuerdo de una tarde teñida de rojo moteado con gris y blanco. Nunca un arrebol fue testigo de un crimen o una mentira.
Cuando el día está cansado llega el atardecer, su ama de llaves, experta en velos, velas y luces de fondo. Prepara los seres para el reposo, templa el calor de Febo y tiñe de cobrizo color las nubes. Cierra las puertas del día y pone en sus manos el camisón a la coqueta Noche.
Cada día, como el ser humano que los vive, tiene su ritmo y su ocaso, su brillo o sus resplandores. No repite su papel como pieza de teatro al final de la jornada. Al despedirse y dirigirse a su horizonte cada día presenta una salida distinta. Paso a paso va dibujando y con gracia un escenario solemne. Unas veces lluvioso, con el arco iris entre sus piernas, otras, se aleja entre truenos y relámpagos, otras, deja salir por un hueco rayos de luz misteriosos. Por fin, como dama discreta y de rigurosa etiqueta, corre la cortina del día y entra a su recinto lejano, sin dejarse ver por el voyerista terreno.
Felices los atardeceres que permanecen en las retinas, felices los poetas que los disfrutan en sus odas, felices los amantes que gozan en la ventana bajo el velo atardecido. Benditas nubes amoratadas, benditos vientos que las mecen como cometas de colores, bienvenida tarde con líneas multicolores a las cinco en punto, benditas llamaradas sin fuego y con sabores de rubores y bocas de carmín.
11-04-11 17:14 p.m.

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