sábado, 2 de abril de 2011

CELEBREMOS EL DÍA DEL AUTISMO


Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

El autismo es la enfermedad del encerramiento involuntario sobre si mismo. La causa la estrechez de la atención sobre las cosas que ocurren al exterior del individuo. Uno no se fija sino en lo que piensa, divagando y revoloteando sobre las imágenes que le presenta su rica imaginación. Mientras tanto el mundo podrá dar tumbos y el autista seguirá impertérrito y ajeno a lo que sucede fuera de él. Tendrá, tranquilo o atónito, y fija su atención en las revoluciones que como gran película aparecen en la pantalla de su mente.

El autismo lo padecen muchas personas, muchas más de lo que se piensa. No solo lo notan los padres en sus hijos y los profesores en las clases. Los adultos que andan por oficinas, por la calle, en su hogar, también lo sufren, aunque puede ser menos notorio.

Muchos niños y jóvenes son llevados a organizaciones que se preocupan por tratar en este trauma. Con cuidados, terapias y tratamientos pueden ir venciendo esta limitación que, en algunos casos, es extrema y puede llevar a accidentes y hasta la muerte. Quien tiene esta dolencia parece un ente que mira pero no ve, oye pero parece sordo, camina hacia delante pero lo hace sin sentido. Para todo está ensimismado y ausente de la realidad que sufren y gozan los otros.

De mi parte, confieso que lo tuve en exceso hasta hace poco. Tal vez mis padres en algunas ocasiones lo presintieron. Me decían que yo era muy callado, que no entendía las órdenes, que yo no acudía cuando me llamaban. Me reprendían y me preguntaban con impaciencia porqué me demoraba tanto en entender. Yo estaba entretenido en otras cavilaciones, como un filósofo presocrático.

Y ese trauma aún lo padezco. Pobre de mi amada cuando me reclama, cuando me pide que le recuerde las llamadas por teléfono, que le traiga del mercado unas naranjas, que tienda la ropa que está en la lavadora. Yo estoy oyendo a Arismendi por Caracol o estoy viendo a Racing o a Estudiantes o a Nadal por Fox Sport y no oigo nada. Y, claro, cuando regresa ella, los oficios de la casa no están hechos. Qué enfermedad esta del autismo que no le permite a uno oír, entender, pensar y hacer sino lo que a uno le conviene.

Y creo que no solo a mí sino a todo el mundo lo ataca el autismo muchas veces. A los esposos, como a mí, a los estudiantes con sus profesores, a los hijos con sus padres, a los novios con su novia, a los vendedores con sus clientes, a las autoridades con sus gobernados y a los padres con sus hijos. Cada uno anda pensando en “lo suyo”. No nos vengamos a disculpar ahora y a decir que nosotros no tenemos autismo. Todos tenemos ese virus indomable. O, por lo menos, a él le echamos la culpa de nuestros olvidos.

Este día debemos reflexionar muy seriamente sobre este trauma tan frecuente y tan personal. Rogar para que no nos visite y nos haga quedar mal. Como se hacía antes, cuando éramos piadosos y creíamos en cosas celestiales, tendremos que hacer un acto de contrición. Rebuscar allá, donde guardamos nuestros escondrijos y encontraremos agazapado el muñeco de la atención adormilado. Despertémoslo y cambiémoslo por el autismo.

02-04-11 - 9:11 a.m.

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