EL ABURRIMIENTO TIENE LA CARA SERIA
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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Hallé esta mañana al aburrimiento muy cerca de mi silla. Acababa de levantarse, porque tenía encima su piyama y no se había lavado la cara. Sus cabellos estaban desarreglados, unos colgaban descaderados y otros volaban al garete sin control. Su mirada estaba huidiza y sus labios se hallaban sellados, como arca de banco con siete llaves. Su cabeza, con su frente, caía sobre el abismo de la indiferencia y hacía que todo su cuerpo luciera como desgonzado, cansado, sin nervio y sin vigor alguno.
Le pregunté por qué esa cara. – Así soy, me dijo. Nunca podrá ver a un aburrido que se muestre contento y con la sonrisa a la orden. Cuando me encuentro aburrida, siempre me encontrará lo mismo. Desanimada, sin ganas de caminar, de trabajar, las ideas no llegan, y si llegan, me ven así y se alejan.
El aburrimiento tiene nombre de varón pero su cara es de mujer abandonada. Es un estado emocional que visita de vez en cuando al ser humano. Lo padecen hombres y mujeres y no se salvan de él ni los pobres en sus hambres, las reinas durante su reinado ni los payasos en los camerinos, antes de salir en público. Como dirían los actuales filósofos Nule, el aburrimiento es un virus pasajero inherente a todos los mortales. Porque también ataca al perro casero, al gato, al paciente burro y a los ratones cuando no hay queso ni panela.
Padecer de aburrimiento es un evento muy aburrido. Uno anda desprogramado, sin ganas de tomar un tinto. No quiere uno ni responder el teléfono y ni abrir la página de un libro. Quisiera en vano que el reloj detuviera sus agujas y su tono y que las moscas salieran más rápido de la sala. Ni siquiera le dan ganas al que lo sufre de echar un motoso y descansar. Todo es incoloro, insípido e inútil para calmar el sopor y la falta de energía. Ni le provoca a uno tomarse una cerveza o un whisky. Todo se nubla, se hunde en la penumbra y hasta el tiempo no sabe que hacer a nuestro lado.
No. No es un mal grave. Menos mal que no llega a ser de pronóstico reservado ni da rasquiña o inflamación. Si llama usted a EMI o a urgencias lo amenazarán con sacarlo del listado de la gente seria. ¿Quién dijo que el aburrimiento es lo mismo que la abulia, la hipocondría o la misantropía? No. Menos mal que es un estado intermedio entre el guayabo común y eso que llaman consentiditis. Porque apenas llegue la novia, la esposa querendona, la mamá, con la sonrisa y la mano suave, la cara se iluminará y el aburrimiento saldrá corriendo como si estuviera en paños menores.
Quien ha tenido el aburrimiento cerca no sabrá en el momento qué hacer ni para donde coger. Pero quien lo ha tenido, sabrá que el remedio llegará sin comprarlo o llamar por teléfono para que venga a nuestro lado. Pronto se abrirá la puerta de la sala o de la casa y un abrazo sencillo o un beso bastarán para ahuyentarlo y dejar al paciente más saludable que una rosa encendida o que un niño comiéndose un helado.
El aburrimiento lavará su cara, se peinará, desaparecerán los nubarrones y el sol resplandecerá de nuevo.
09-04-11 - 12:27 p.m.

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